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3 de septiembre de 2015

La china de Carlitos

Estaba a punto de pedir la cuenta y abandonar el bar, cuando lo vi del otro lado de la calle, mirando por encima de los techos de los coches, mientras aguardaba que el semáforo le diera la posibilidad de cruzar. Trataba de divisar mi silueta a través de la ventana, con la esperanza de encontrarme en una mesa cercana a los ventanales. No me vio, pero yo si a él y con eso bastó para que cambiara de idea y en lugar de pagar pidiera dos café, sabiendo que eso era lo que él iba a querer una vez se sentara a la mesa.
Entró empujando con violencia la puerta, no por bruto, sino de apurado. Sus ojos se movían al compás de su cuerpo, que parecía un maniquí al que giraban de un lado a otro. Cuando finalmente me ubicó, el mozo llegaba con lo que había pedido treinta segundos antes.
- Antonito, que suerte que todavía estás - me dijo mientras me estrechaba un abrazo. Ni siquiera había esperado que me levantara, se había arrojado sobre mi cuerpo efusivamente. Así era Carlitos desde el primer día que nos presentaron, en el último año de la secundaria.
- Me quedé a esperarte, me pusiste en el mensaje que era vital para vos hablar conmigo - aún recordaba el texto en el celular, cargado de misterio, como solía hacer mi amigo con todos sus mambos.
Puso cara de apesadumbrado y se llevo las manos al rostro. Detrás de los dedos, sus labios se movieron.
- No tenés idea Antonito lo que me está pasando.
Me podría haber asustado en caso de haber sido cualquier otro amigo, pero se trataba de Carlitos. Podría decirse que el "no tenés idea" era el preámbulo esperable en toda conversación con él.
- ¿No estarás enfermo, no? - pregunté por compromiso, mientras mojaba una medialuna en el café.
- Ojalá... - Carlitos hizo una pausa, miró el pocillo delante de sus narices como si recién se diera cuenta que estaba allí, como si el humeante espectáculo que surcaba el aire frente a sus ojos no fuera producto del vapor del café caliente sino fruto de un raro truco de magia ofrecido por la superficie vieja y descolorida de la mesa del bar - ¿Para mí? ¡Gracias Antonito! Pero mirá que estoy sin un mango, eh.
No hacía falta la aclaración. Siempre estaba sin un peso encima. Y no solo lo aceptaba sino que con seguridad en unos minutos se pediría un jugo de naranja, otro café y de ser posible un tostado con jamón pero sin queso.
- A ver Carlitos... ¿por qué ojalá? - estaba esperando que se lo preguntara, así funcionaba desde siempre.
- No sabés, no sabés... - hizo otra pausa, ahora para meterse la mitad de la medialuna en la boca y luego, apurarla con un tragó de café - Hay una mina que no me puedo sacar de encima.
Mi amigo tenía un repertorio. Pude haberme esperado un "hay una mina que no me puedo sacar de la cabeza", o "la nueva en el trabajo me vuelve loco", o yendo más lejos, "la del kiosco de la esquina se pone unos escotes que hace que vaya varias veces al día a comprar cualquier cosa, no importa, el tema es ir a verla". Esos ejemplos ya los había escuchado de su boca. El que había esgrimido era otro de sus clásicos.
- ¿En el trabajo, dónde...?
- No, qué va a ser en el trabajo... en la red social esta, no me sale el nombre, la del dibujito azul, que te etiqueto en las fotos...
- Si, si, ya sé, contame... - que me etiquetaran en las fotos vaya y pase, que Carlitos me etiquetara en las imágenes que creía graciosas era un dolor de testículo al que jamás me acostumbraría.
- Bueno, esta mina empezó a seguirme. Ojo, en la red social, no en la calle - rió con ganas - Es que no es de acá, Antonito, por eso me rió... es extranjera.
- Pasemos en limpio. Tenés un contacto que no es del país que te gusta.
- Pará, pará... ¡no te anticipes! Dejá que te cuente. Si, me gusta, claro que me gusta. Es china. Así que a veces me la confundo con otras chinas que tengo entre los contactos...
- ¿Tenés chinas? ¿Dónde las conociste?
- ¿Vas a dejarme contarte? Es largo de explicar y no es el caso.
Acepté a regañadientes. ¿Chinas? De Carlitos podía esperar cualquier cosa.
- El tema es que esta china, que es muy linda, tiene un cuerpazo y unas... - abrió las palmas de las manos y las puso hacia arriba, como si sostuviera un peso imaginario - bueno, esta china habla español. Empezamos a cruzar palabras, frase va, frase viene...
- ¿Qué le decís a una china? Porque debe ser una cultura diferente, una forma de pensar distinta... - Carlitos me miraba con su mirada de "arrojar rayos", mientras trataba de contener las ganas de reírme que tenía.
- ¿Podés dejar de interrumpirme? Es grave esto Antonio.
Mi nombre de pila, sin diminutivos. Lo pronunció con lentitud, enfatizando de esa manera la criticidad de lo que me estaba por - o intentaba - contarme. Hice silencio y con un además, mientras me llevaba el pocillo a la boca, le pedí que continuara.
- La china se me enamoró. Así, de un día para otro. Le escribí un par de poemas y se cayó de culo. Parece que en china no se estila, no sé. Con lo romántico la maté. Un amor platónico, pensé. Ella en China, yo acá. Miles de kilómetros, no sé cuantos mares de por medio, me imagino que aunque sea un par de océanos también. Fotito va, fotito viene y nada más. La tecnología habrá avanzado mucho, estarán las camaritas, pero no puedo meter una mano a través del monitor. Al menos por ahora. Así que me dije, vamos para adelante con la chinita. Total... - Carlitos volvió a llevarse las manos a la cara, agachando ahora la cabeza de tal manera que la frente quedó apoyada en la mesa.
- ¿Y qué pasó, Carlitos?
Se irguió con cara de preocupación.
- Comenzó a escribirme cada vez más seguido, ya no era solo cuando chateábamos. Cada vez que abría la computadora tenía al menos diez mensajes de ella. Empezaron siendo tiernos, luego con insinuaciones, luego acalorados y finalmente, totalmente explícitos. Caliente al cien por cien la china. No te imaginás las cosas que me dice, que me propone... me pongo colorado de solo pensarlo. Pero eso no es nada...
Nueva pausa. Me miró a los ojos y de inmediato giró la cabeza hacia la barra y llamó al Ruso, el mozo. Le pidió el jugo de naranja y el tostado de jamón pero sin queso. Omitió esta vez el café, Eso significaba que luego pediría helado. Carlitos no era complejo, más bien rutinario.
- Contame Carlitos, no me dejés con la intriga así...
- Ayer me llegó un solo mensaje. Te juro que ya me daba miedo meterme en la computadora. Pero al ver un solo mensaje, vos dirás, tendría que haberme aliviado. ¡No! Al contrario.Temblé. Y no era para menos. El mensaje tenía una imagen adjunta. Casi siempre las imágenes eran de sus te... bueno, de sus partes íntimas, cosas mundanas... esta imagen era otra cosa Antonito: era el boleto de avión hacia Argentina.
Me quedé mudo. Carlitos volvió a llevarse las manos a la cabeza. Luego me largué a reír.
- ¿De qué te reís, pelotudo?
No podía parar de hacerlo, Me dolía el estomago y empeoraba al verle el rostro sorprendido por mi reacción.
Me repitió la pregunta elevando el epíteto alrededor de cinco veces. Cuando pude calmarme le arrebaté el vaso de jugo y lo vacié en mi boca.
- Es que estas cosas te pueden pasar solo a vos Carlitos, empecemos que a mí nadie me daría bola jamás y por otra parte, jamás llevaría algo tan al extremo como vos. Mirá que encararte una china...
- No te hagás el vivo ahora, que necesito que me ayuden, no que me agarren para la joda.
Volví a reírme, pero pude contenerme con rapidez.
- Perdoná, es que te imagino poniéndole candados a la puerta de tu casa... pará un poco ¿y cómo podría ubicarte la china? ¿Le diste tu dirección?
- Y claro, aproveché apenas empezamos a chatear para que me mandara algunas cositas electrónicas de allá, por correo. Viste que allá es todo más barato, porque los fabrican ellos...
- ¿Y necesitás entonces dónde quedarte?
- Diste en el clavo. Si podés, necesito lugarcito en tu departamento...
- Carlitos, hace dos años que no vivo solo, lo sabés muy bien, apenas si entramos con Margarita. ¿Dónde querés que te meta?
- Si me agarra la china, me destroza.
- Carlitos, ponete firme y hacele saber que tus intenciones eran otras, en todo caso, no sé, hagan lo que tengan que hacer y que se pegue la vuelta. Mirá que te metés en cada una vos... en el departamento no te podés quedar.
- No, pero yo no me quiero quedar, ojo, Antonito, no entendés. La china me destroza, me mata, literalmente te lo digo. En casa ya tengo adentro a la portuguesa que me hablé todo el mes pasado... ¡cómo carajo hago para hacerle entender que eso de "sos la única mujer de mi vida" era puro verso! en cambio, si vos me bancás a la portuguesa un par de semanitas, yo...

Me dio lástima el Ruso, al que seguro Carlitos no solo no le pagó, sino que seguro le encargó algo más antes de irse. Lo dejé hablando solo, como sucede casi siempre. Es que Carlitos tiene ese no se qué, que es difícil decirle que no. Pero uno la ve venir antes, mucho antes. Cuando llegué a casa y Margarita me preguntó que le pasaba ahora al paparulo de mi amigo, le resté importancia: Nada grave vida, un litigio internacional de proporciones anecdóticas.







2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Personajes muy cinematograficos. Sobre todo carlitos le pasan cosas improbables y luego llama a alguien, para pedir ayuda en forma insolita.
Interesante.
Paparulo, todo un arcaismo respetable del lenguaje informal. Me gusta más chitrulo.

Elliott Nimoy dijo...

Este cuento tiene eso que me gusta de la vida en general: sus detalles increíbles, tan disparatados algunos que casi casi formarían parte del terreno de la ficción.

Lo increible descansa en lo mundano, suelo decir.

Muy bueno Neto.