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26 de septiembre de 2015

El vivero misterioso

La fachada repleta de flores invitaba a pasar. Una vez dentro las hojas verdes que colgaban de macetas elevadas formaban una especie de pasillo viviente que llevaba hasta un recinto mucho más amplio e iluminado de manera natural gracias a un techo vidriado.
Allí, sentado en un banco de madera, esos típicos de las plazas, aguardaba un señor de muy baja estatura. No era necesario verlo parado para comprender que alcanzaría con suerte el metro y medio. Sus pies no llegaban al suelo y la cabeza no sobrepasaba el respaldar. Masticaba tabaco y lo escupía en una maceta cercana.
El hombre se limitaba a estar allí, no atendía el lugar ni hablaba con nadie. Podría decirse que era algo más para ver en aquel sitio. Si uno seguía avanzando se encontraba con otro pasillo, pero ya no había plantas que lo rodearan. Muy por el contrario, era oscuro y de paredes sin terminar, en las que podía apreciarse el ladrillo sin revocar cubierto por telarañas.
Nadie se atrevía a ir más allá de ese sitio iluminado. Durante muchos días, desde que aquel extraño lugar abrió sus puertas, la gente entraba, llegaba hasta el hombre de baja estatura y al no recibir respuesta alguna, se marchaba sin saber si era un comercio, un pequeño jardín botánico o qué.
Vaya a saber quién fue un poco más allá del simple recorrido y tomó una planta con su respectiva maceta y se fue del lugar sin pagarla. La voz corrió con celeridad, como en todo pueblo chico, y tanto los previamente habían visitado el sitio como aquellos que no lo conocía, se aventuraron a su interior con el fin de llevarse consigo una planta de manera gratuita.
Parecía raro hacer algo semejante mientras el señor que masticaba tabaco sentado en el banco de madera observaba todo sin la menor intención de protestar o de abrir la boca para pronunciar alguna palabra.
Cierto grupo de vecinos se negaron a entrar. Tenían reticencia basada en sus observaciones, la mayoría con fuertes argumentos. Por ejemplo, se preguntaban "¿quién abre o cierra el comercio?" que era algo realmente enigmático, porque no se había visto a nadie hacerlo y sin embargo, durante la noche estaba cerrado. O bien "¿cómo es que uno puede llevarse lo que quiera sin que nadie diga nada?" y lo más preocupante, si es que uno lo analiza racionalmente, "¿cómo es que al día siguiente el sitio está otra vez poblado de macetas y plantas?".
De más está decir que el misterio detrás del hombre sentado en el banco de madera, al que ese grupo de vecinos jamás había visto dado que no habían entrado, era el eje principal de la negativa continua por aceptar el lugar y el acto de todos nosotros, propensos a ingresar una o dos veces al día por esa puerta tan bien adornada con flores con el único fin de hacernos de una nueva planta.
En mi caso, jamás me habían interesado las flores, las plantas, la jardinería y todo lo que tuviera que ver con el reino de la flora. Ni siquiera un cactus, que la gente usa como adorno porque apenas si tienen que recordar regarlo. Nada. Y ahora, casi como una adicción, recorría las diez calles que tenía hasta el lugar sin nombre de las flores y plantas bonitas, y regresaba portando una maceta con una planta diferente a la del día anterior.
De a poco, quiénes disfrutábamos de este ir y venir hacia el vivero misterioso y aquellos que renegaban del mismo diciendo que era cosa del demonio - entre algunos de los argumentos fantásticos que se oían a diario - nos fuimos distanciando. Vecinos de toda la vida, que sin embargo comenzamos a ver como enemigos, tomando sus palabras negativas como frases dirigidas a los que estábamos de acuerdo en que no hacíamos nada malo.
En un pueblo de tan poco habitantes, eso fue socavando la comunidad. No entrábamos a los comercios de los que estaban en contra de aquel sitio que nos ofrecía plantas a cambio de nada y ellos nos pisaban los nuestros. Habíamos tomado esa forma de hablar, ellos y nosotros. El otro bando hacía lo mismo. Y sin darnos cuenta, ni planearlo, habíamos dividido el pueblo en dos.
Pero nadie se detuvo a replantear la realidad. Se había dado así y así seguiría. Si a ellos no le gustaba lo que nosotros hiciéramos, por qué a nosotros debería importarnos lo que ellos hacían. En tanto, nosotros, íbamos al lugar, recorríamos sin prestar atención al hombre en el banco y al pasillo de paredes de ladrillos repletas de telarañas y nos íbamos con una nueva maceta y planta para el hogar.
Ya no sabía donde ponerlas, había en cada habitación, en el patio, en el exterior, incluso había comenzado a colocar en el techo. Muchas personas estaban en la misma situación. Pero eso no era impedimento para continuar con nuestros viajes diarios.
Claro que algo que no estaba en mis planes sucedió y ya nunca volvería a retornar a ese lugar. Fue en una de mis salidas en dirección a la fachada de las flores. Oscar, el kioskero al que le compraba el periódico antes que se pusiera del lado de ellos, hacía el reparto de diarios en su motoneta y en una esquina nos encontramos. El en su moto, yo a pie. Por supuesto, ninguno se detuvo. El orgullo ante todo. Y me quebró una pierna al chocarme. Él no la sacó barata, porque al caerse se fisuró el codo. Pero salí ganando yo, no tengo la menor duda.
Con la pierna quebrada, sin nadie que me ayudara, tuve que permanecer a la fuerza en cama con el yeso impidiéndome caminar. De a poco, fui testigo de como las plantas se marchitaban en sus macetas, que coincidencia o no, perdían al mismo tiempo el color y se opacaban. Había días que apenas me levantaba para ir al baño y buscar algo de comida, pero no podía regar las plantas. Eso las fue matando lentamente. Tras un mes y medio, recobré la movilidad gracias a las muletas. Ninguna planta había sobrevivido.
Pude salir a la calle al fin y la primera intención fue ir hasta aquel vivero donde regalaban las plantas. Para mi sorpresa, mientras caminaba con esfuerzo y lentitud, había desaparecido muchas viviendas. En realidad, esa fue la sensación inicial. Solo al observar con detenimiento comprendí que donde tenían que estar algunas casas, ahora era todo vegetación.
Hacia donde miraba encontraba una imagen similar. Y no tardé demasiado en asimilar que las viviendas que aún apreciaba pertenecían a ellos. Sentí odio, porque mi lógica me hizo sospechar de ellos como los causantes de lo que estaba viendo.
Avancé como pude, tratando de mover la muleta lo más rápido que pudiera, temiendo por mi vida, creyendo que en cualquier momento ellos se arrojarían  sobre mí, me secuestrarían y harían desaparecer mi vivienda. Buscaba con la mirada alguien de los míos, pero no había nadie en las calles. Tenía que llegar al vivero cuanto antes. Sin embargo, al llegar al lugar quedé en un estado de parálisis absoluto. La fachada floreada había desaparecido, la puerta parecía abandonada desde hacía años, repleta de telarañas con el picaporte herrumbrado. Traté en vano de abrirla.
De reojo vi como ellos venían hacia mí. Eran unos doce o quince y entre ellos estaba Oscar, la persona que me había atropellado. Me puse de espaldas a la puerta y esgrimí la muleta para defenderme. Atacaría sin piedad, si eso era necesario.
- ¡Fuera de aquí!¡No se acerquen! - les grité.
Pero ellos avanzaban, mirándose entre ellos, tan asustados como lo estaba yo. Vi en sus rostros miedo. No podía creer que mi presencia pudiera crear ese efecto. Ellos eran más de una docena y yo... tan solo una persona lisiada armada con su muleta.
Entonces el propio Oscar pidió a los demás que dejaran de acercarse y con cautela me hizo señas que me alejara de la puerta. Recién allí comprendí que no era a mí a quién temían, sino al lugar. Si saber por qué, le hice caso. Me tomó del brazo y me alejó de un tirón. Todos dieron un paso atrás, como si temieran que la puerta los engullera de un solo bocado. Pero la puerta permaneció en su lugar, como debía ser.
Con recelo los escuché. La historia que me contaban era macabra. Querían convencerme que las plantas engulleron a sus dueños, que se apropiaron de sus viviendas y que la única manera que tuvieron de impedir que eso prosiguiera, fue quemando el lugar. No había vestigios de un incendio en la fachada y eso les quitaba credibilidad. Me aseguraron que el lugar, tras el incendio, apareció así. Me imaginé al hombrecito escapando por el pasillo oscuro al final del lugar, llevándose su tabaco y todo aquello que tuviera a su alcance, pero no lo mencioné en voz alta.
Pregunté entonces si habían tratado de desmalezar las casas asaltadas por las plantas y contemplé rostros sombríos. Claro que lo habían hecho, afirmaron. Debajo de la vegetación ya no había nada.
Traté de hacerles entender que les creía y marché a mi casa. Hice todo lo posible por no observar en el camino las viviendas sepultadas bajo la frondosa vegetación. Intenté no pensar en los rostros amigos que nunca más volvería a ver.  Pero todo fue en vano. Las imágenes me asaltaron con furia y hasta la pierna aulló de dolor.
Crucé la calle intempestivamente y me dirigí hacia una de estas casas tomadas. Arranqué con bronca hojas y tallos y para mí horror, entre la espesura, apareció un rostro humano tan verde que dudé en una primera instancia en si lo que veía era verdad. El rostro, tan parecido al de Alicia, la dueña de esa casa, intentó abrir la boca para gritar pero ni bien lo hizo una raíz apareció en lugar de la lengua y dándole dos vueltas enteras a la cabeza, la arrojó hacia atrás, desapareciendo de mi vista.
Tambaleando, casi perdiendo la muleta en el movimiento, retrocedí todo cuanto pude. Al girar, quedé de cara a varios de ellos. Me miraban con una mezcla de piedad y sorna.
Volví a mi casa y eché a la vereda todas la macetas.
Durante la noche no pude pegar un ojo. A la madrugada tres golpes a la puerta demolieron mi cordura. Pensé que serían ellos, que venían por mí. Estaba segura que tarde o temprano lo harían. Pero al asomarme por la ventana no pude menos que reprimir un grito. Era el señor que se sentaba en el banco de madera en el vivero que quemaron ellos.
Era tarde, algo que no tenía explicación ocurría en el pueblo, había sido testigo de algo que aún perduraba en mis retinas horas antes y aún así, abrí la puerta. Por primera vez lo veía parado. Había errado el cálculo. Apenas medía un metro veinte. Su brazo estaba estirado hacia mí ofreciéndome una maceta con una planta de hojas redondas y verdes.
Sin vacilar la tomé.
- Mañana le traeré otra - me dijo antes de marcharse.
La coloqué en la pieza. Cómo negarse ante algo tan maravilloso.




1 comentario:

Elliott Nimoy dijo...

La naturaleza se impone frente a nuestras más severas maquinaciones.

Sea el hombrecito un duende o la personificaciòn de ésta, los detalles de "Terror verde"...

¡Gracias por este texto!