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26 de julio de 2015

Carrera contra la muerte

Las sirenas disparan el miedo en forma de sonido. Lo hace de una manera cruel, acercándose con furia y alejándose con pena. Dejan a su paso el miedo latente, una fuerza invisible dentro de cada persona que presagia una desgracia cercana.
La ambulancia se muestra ajena a lo que provoca. Recorre su camino como un caballo de competencia, yendo solo para delante. Quién la conduce es una parte más del vehículo. Existe una conexión en forma de adrenalina. Los brazos tensos, la mirada atenta y el pie sobre el acelerador, consciente que cada segundo que pasa es la diferencia entre la vida y la muerte.
En la cabina trasera su habitual compañero en el asiento derecho sufre a la par de la persona tendida sobre la camilla. Es paramédico y se llama Gabriel. Hace tres meses que comparten el turno nocturno y puede considerarlo un buen profesional y mejor persona. Por el espejo retrovisor puede ver los intentos apresurados por mantener respirando a ese malogrado hombre que recogieron cinco minutos antes.
Tiene el cabello transpirado y los ojos inyectados, presa del miedo. Es una escena habitual, pero a la que nadie puede acostumbrarse. La lucha contra la muerte es continua y no tiene reglas.
Algunos coches hacen paso ante el ulular de las sirenas, en cambio otros mantienen su marcha como si nada. Héctor, tal es el nombre del conductor, debe en esos casos aventajarlos y mantener al mismo tiempo la ambulancia estable, sin vaivenes bruscos que pudieran poner en riesgo a las personas que van atrás.
Cada calle superada es un paso menos. Los pasos hasta el destino parecen interminables. Cuando era pequeño soñaba con ser bombero. Se veía entrando a viviendas en llamas, portando esa manguera salvadora con la que extinguiría los focos del incendio. A veces se imaginaba saliendo por la puerta principal con una hermosa mujer en brazos. Todo aquello ocurría en cámara lenta, como en las películas.
Ahora, como chofer de ambulancia, sabía una verdad. La vida jamás avanza en cámara lenta. Y cuando la vida de otros pende de un hilo, de su pericia al volante, es todo lo contrario. La vida se acelera. Parece avanzar a toda velocidad, salteándose segundos vitales. Por un instante está cruzando un semáforo y al otro, superando a un colectivo, y de inmediato otro semáforo, luego el cruce de una avenida, un atajo para evitar un embotellamiento, una frenada a tiempo para no atropellar a unos adolescentes peleando en una esquina. Escenas sueltas, sin nada intermedio. Así es la noche, su trabajo. la carrera contra la muerte,
Y cuando lo que aparece delante de sus ojos es el hospital, algo golpea con fuerza en su pecho. Es la certeza de haber cumplido con el deber, de haber dado batalla a la muerte. Frena, quita el sonido pero no las luces y se apea con velocidad para abrir la puerta trasera, al mismo tiempo que dos enfermeros salen raudos con una camilla por la puerta de emergencias.
La puerta se abre y salta dentro. Lo primero que mira es a su compañero. Sabe que en esos ojos cansados encontrará la respuesta a sus pensamientos. No necesita cruzar palabra. Sobre todo cuando, como en esa ocasión, los encuentro cerrados, tan apretados que da miedo.
Sin necesidad de preguntar sabe que a pesar de todo, la escena final es la de la derrota. Los enfermeros llegan y se apresuran en cargar a la persona. Gabriel les avisa luego que no hay necesidad, que ya se ha ido.
Héctor se sienta al lado de su compañero sin abrir la boca. No hace falta. La ambulancia está ahora en silencio, albergando su pena. Las batallas son duras y siempre dejan heridas. La desgracia que algunos presagiaron a su paso, se ha cumplido, aunque esas personas difícilmente lo sepan. Pero siempre se intuye la muerte. Porque es lo único que nunca falla.
La noche es larga. Diez minutos después, la misma ambulancia acelera a fondo con sus luces y su cíclico sonido en las calles de una ciudad que no sabe de milagros. Una nueva batalla ha comenzado. Una más de tantas.

4 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Muy destacada descripción del personaje, de sus motivaciones.

Camilo dijo...

Un bonito análisis de una situación rara vez explotada, pero de una cotidianidad sorprendente.
Saludos,
Camilo
http://idasueltas.blogspot.com/

Elliott Nimoy dijo...

De un vértigo increíble, este es un relato muy bueno.
Para quienes alguna vez estuvimos en la parte de atrás peleándola, es tal y como lo describiste.

Te abrazo

el oso dijo...

Tengo un amigo que juega a eso. Creo que perdió siempre.
Muy bueno, Neto.