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19 de febrero de 2015

Un mágico centro del mundo

La primera vez que coincidieron en la plaza del barrio eran unos niños y aquello era semejante al paraíso, con sus juegos, espacio para correr y jugar a la pelota y los árboles que ofrecían un sinfín de aventuras con sus brazos alzados al cielo a modo de escaleras interminables que lo transportaban a sus mundos de fantasía, donde por momentos eran piratas buscando un tesoro imposible y al rato, los salvadores del mundo ante el inminente ataque extraterrestre,
Fue el paraje donde también descubrieron que las niñas eran más que unas molestas compañeras de juego y que detrás de las voces agudas había belleza y sensaciones agradables. De pasar las tardes bajo el sol, o con lluvia, en la medida que crecieron fueron cambiando los horarios y postergando su visita hasta entrada la noche, ya sin elegir los juegos y los imaginarios campos de fútbol, dejándose llevar por la privacidad propia de los árboles, de su oscuridad encantadora, de la textura áspera pero amiga en la cual reposar los cuerpos para dar un beso, intentar un movimiento osado con la mano o simplemente intentar un tímido "te quiero".
El grupo fue tejiendo su propia geografía y existencia alrededor de aquella plaza. Pablito se convirtió en Pablo, el Piru en Alejandro, Eze en Ezequiel y Cachimba en Roberto. El nombre los convirtió en adultos jóvenes, en nuevos rumbos, en decisiones difíciles. La plaza fue el nexo, el vínculo eterno en tiempo y espacio, que sin cambiar su fisonomía conectaba pasado y presente con tanta simpleza que parecía ajena al mundo que la rodeaba.
Los fines de semana largos, las navidades, algunas semanas de las vacaciones, aquel lugar abría una puerta mágica y los cuatro desandaban los pasos desde sus lugares en el mundo para encontrarse de manera tácita sobre el verde césped, donde en pie esperaban los árboles de siempre (cada vez más altos) y esos juegos de robusto metal, pintados una y otra vez, capa sobre capa, como la memoria misma.
Reían, recordaban, volvían a ser felices. Se lamentaban que sus respectivas vidas los mantuvieran tan distantes a lo largo del año, pero aplaudían ese centro del mundo que los atraía como una fuerza magnética cada tanto. Bromeaban incluso que sin ellos, la plaza no existiría. La plaza, en silencio, asentía. Los árboles con sus hojas aplaudían de cara al viento. Se despedían con abrazos y promesas en vano. Sabían de toda forma que aquel lugar los reuniría.
La última vez que compartieron una charla en la plaza fue un año nuevo, tras los fuegos de artificio que inundaron el cielo del barrio. Pablo y Alejandro pensaban que sus dos amigos no irían. No era para menos. Ezequiel, que se había casado con la hermana de Roberto, había sido denunciado por su esposa por violencia doméstica.
Era raro estar bajo los árboles y respirar ese aire de realidad, siempre ajeno en esos pocos metros cuadrados. Pablo lo comentaba en voz alta y a Alejandro se le antojaba fuera de lugar. Comprendía que algo estaba contaminando la intimidad de la plaza.
Estaban por irse cuando los vieron venir, caminando muy despacio, a través de la calle. Venían discutiendo, a casi dos metros de distancia uno de otro. Se acercaron, creyendo que con el gesto la tensión se disiparía. Pablo alcanzó a ver una botella rota en la mano de Roberto. Alejandro supo que lo que asomaba del pantalón de Ezequiel era una pistola. Pero todo sucedió muy rápido. Lo que vieron jamás iban a poder contárselo uno a otro.
Roberto levantó la botella en el aire en el mismo momento que pisó el césped de la plaza. Quizá como manera de demostrar su lamento, uno de los árboles dejó caer la rama más alta, cuyo impacto arrancó una de las hamacas. Ezequiel, que ya estaba cerca del subi-baja reaccionó de inmediato. De nada sirvió que sus amigos corrieran hacia ellos. O si, pero no de la manera que esperaban.
Ezequiel disparó y la bala se alojó en el pecho de Alejandro, que nerviosamente se interponía entre ambos. Pablo no supo que eso sucedía a sus espaldas, porque en ese instante trataba de quitarle la botella a Roberto. Pero el brazo de su amigo resbaló y el filo del vidrio le cercenó la vena yugular a la altura del cuello.
El lugar se llenó de patrulleros y lágrimas. Los agresores fueron llevados a la comisaría, donde esa misma noche, antes del amanecer, Roberto se quitó la vida colgándose en la celda en la que lo habían encerrado. Ezequiel fue condenado y todavía permanece preso.
La plaza ya no luce, los árboles han perdido las hojas y los juegos yacen herrumbrados. El césped extraña a los niños luego jóvenes, finalmente adultos.
Ellos tenían razón. Ausentes, los lugares mágicos no existen.

2 comentarios:

Elliott Nimoy dijo...

"Pintados una y otra vez, capa sobre capa, como la memoria misma"

Una trompada al mentón disfrazada de frase.

Gran relato, Neto.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

El lugar era especial porque estaban ellos. La decadencia comenzó cuando dejaron de ser lo que eran, volviendose violentos dos de ellos. Los otros dos, que no cambiaron, fueron víctimas accidentales.