Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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11 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (4 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 12 –
Salió del hospicio desahuciado, rumiando bronca y dolor, con su hija recién nacida en brazos. Su esposa ya no le pertenecía y su mejor amigo le había dado la espalda. Justo cuando más los necesitaba.
Y la beba le generaba una desconfianza de la que no podía dilucidar con claridad su origen.
Fue hasta su hogar y allí estuvo a solas con su hija hasta que, varias horas después, su mente se abrió encontrando la salida.
Esperaría el momento oportuno. Aunque para ello pasaron mil años y tuviera que remover cielo y tierra. Porque sabía que el hijo de puta que le había hecho eso a su mujer (había comprobado con sus propios ojos el horror del que era capaz, cuando llegó a su hogar luego de la cacería nocturna en la casona de la escalera de mármol) no pertenecía a este mundo.
La venganza es un plato que se come frío.

– 13 –
 El anochecer cubría con su manto claroscuro la ciudad y Enrique Gómez, conduciendo su auto, aceleraba por la avenida.
—¿Dónde vamos, papi? —preguntó desde el asiento trasero Rosa, su pequeña hija.
—A la casa de la tía Alicia, Rosi. Hoy te vas a quedar a dormir con ella. Y mañana sábado te vengo a buscar.
—¡Qué bien! Me encanta ir a lo de la tía Alicia. —Para la niña, de solo ocho años de edad, visitar a su tía los fines de semana era una actividad para disfrutar en toda su plenitud.
—¿Por qué?
—Porque después de cenar, y antes de ir a dormir, jugamos a las cartas.
—¿Ah, sí? No me habías contado nada. ¿Y a qué te enseñó a jugar la tía?
—Al pinche. Y le gano siempre —sonrió, cruzando su mirada con la de su padre, quien la miraba por el espejo retrovisor. Este desvió la vista justo cuando las lágrimas comenzaban a asomar por sus ojos.
Hacía solo una hora que, como cada vez que un fantasma andaba a la deriva, había sentido el pitido infernal resonar en su cerebro. Pero, esta vez, la alarma que siempre lo predisponía para lo mejor sonaba con una estridencia enorme, distinta. Y entonces dedujo que algo grande, algo espectral fuera de lo común, había invadido la ciudad.
El momento de la venganza había llegado.
Arribó a la casa de su hermana y, mintiéndole acerca de que era Rosa quien había rogado ir a dormir a su casa ese viernes, le dio un beso en la frente a su hija y prometió regresar a buscarla al día siguiente.
Nunca más pudo volver a acariciarla. Ni tampoco a besarla.

– 14 –
Luego de dejar a su hija con su hermana y subir al auto, cerró los ojos y dejó que su mirada interior, como tantas otras noches, lo guiara por las calles de la ciudad. Cuando se detuvo los abrió. Había estacionado junto a la vereda de su casa.
—Hijo de puta —murmuró, bajando del auto. Corrió hasta la puerta de su hogar, la abrió e ingresó en él, cerrándola de un portazo. No encendió las luces: cazar espectros en la oscuridad era su especialidad.
Un resplandor asomó desde el primer piso y, entonces, Enrique corrió escaleras arriba. Al llegar al último peldaño lo vio. Flaco, espigado, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos y un cigarro cubano en la boca.
—No te das una idea de cómo gozó tu mujer cuando se la metí bien hasta el fondo —dijo el intruso, arrastrando la «b» de «bien»—. Se le caía la baba a la muy puta; nunca debe haber sentido tan adentro del orto una pija como esta —mintió, tomándose la entrepierna y escupiendo el cigarro.
El cazador de espectros, daga dorada en mano, se lanzó al ataque como un oso a la miel. Pero cuando estaba a centímetros de su rival, este levantó uno de sus brazos y, apoyándolo en el pecho de Enrique, frenó en seco su carrera, inmovilizándolo y convirtiéndolo en una estatua de carne.
—Así te quería ver —dijo, rodeándolo con parsimonia—. Me presento. Soy Arnaldo, recolector de almas. —Y, quitándole la daga de la diestra y clavándola en el piso, a su lado, estrechó la mano inerte de Enrique—. Al que lo has cagado más de una vez con tus putas cacerías de fantasmas. Miles me he perdido de llevar al infierno. Y eso tiene un precio, cazador. —Chasqueó la lengua y continuó—: Tu propia alma.
Dejó de hablar y acercó su boca a la de Enrique. Besándolo, sopló la muerte en sus labios y un color grisáceo sombreó la piel del cazador de espectros en el preciso instante en que dejó de existir, desplomándose sobre el suelo.
Arnaldo se acuclilló junto al cadáver, sonriendo en el silencio del lugar.
Y, cuando iba a introducir sus garras en el pecho de Enrique para cosechar su alma, escuchó el chistido. Giró la cabeza y se levantó como impulsado por la ráfaga de un tornado.
—No, no, mi querido Arnaldo —dijo el hombrecito del traje gris desde el fondo del pasillo—. Ese es nuestro, eh.
El recolector de almas reconoció a Rafael, el arcángel, y maldijo su mala suerte. Pero no se iba a rendir así nomás: el alma del cazador era una de las más buscadas por su jefe, y, si lograba llevársela consigo, el ascenso jerárquico no se iba a hacer esperar.
Por lo que puso ambas manos en su boca y, formando con ellas un círculo, abrió sus fauces como una serpiente pitón comiéndose un cervatillo y escupió con violencia un meteorito llameante directo a la cabeza del arcángel.
Este fue aún más rápido. Sacó su espada de fuego de adentro del traje y rechazó la piedra ígnea como si se tratara de una pelotita de ping-pong; el proyectil se volvió contra Arnaldo y este lo esquivó a duras penas. Blandiendo su espada, Rafael corrió hacia su atacante dispuesto a todo.
Arnaldo, sabiéndose en inferioridad de condiciones (hacía casi cinco mil años que, periódicamente, se topaba con el hijo de puta del arcángel; y nunca había podido con él al momento de batallar por un alma), abrió en el aire un círculo de fuego y se esfumó en su interior.
Rafael, viendo cómo se agotaba la última llamita de la circunferencia, desclavó la daga de oro del piso y dedicó toda su atención al cuerpo sin vida de Enrique. Percibió que el alma todavía estaba en su interior y eso lo tranquilizó; pero también notó que la misma se angustiaba sobremanera por la suerte de Rosa, su pequeña hija.
Entonces supo qué hacer.
Rozó con la punta de su espada el pecho del hombre, en el preciso lugar en donde su corazón había dejado de latir. Y, sonriendo, desapareció en un haz de luz que lo envolvió todo.
Cinco minutos después, y mientras la casa de Enrique Gómez seguía en completo silencio, alguien volaba por todas sus dependencias rozando el cielorraso.
El fantasma del cazador de espectros, acongojado, buscaba desesperado a su hija.
No la pudo encontrar.


(finaliza el lunes 15 de diciembre)...

3 comentarios:

Maria Rosa dijo...


La lucha entre el bien y el mal, entre ángeles y demonios siempre está presente en los cuentos de terror, pero tan bien hilvanado y con un argumento diferente no lo había encontrado.
¡¡felicitaciones, los sigo!!

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Al fin resultó todo un heroe.

Anónimo dijo...

Espero con ansias el final, como siempre tus historias son impecables!!