Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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1 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (1 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 1 –
Entró a la habitación de puntas de pie, cuidando de no despertarla. Lo inundó la fragancia que siempre la envolvía, erizándole el alma. Todo allí era ella. Hasta el más mínimo detalle. Las paredes rosas decoradas con flores rojas y blancas, dibujadas con su mano diestra, sublime.
Sobre los estantes, los libros ordenados por el color de las tapas, regalo para la vista y la armonía. El sol, que se filtraba por los orificios de las persianas, regaba las paredes opuestas con miles de pétalos de luz.
Y en el centro, entre mantas celestes y verdes, en ese hermoso caos de color, ella dormitaba. Su pecho subía y bajaba al compás de una melodía secreta, casi milagrosa. Era el sonido de la vida, que es imposible de escuchar pero se puede sentir.
Se quedó de pie, observando, conteniendo el aliento. Aquella escena lo remontaba al pasado, a cuando aquello era habitual. Su pequeña descansando y él de pie, conteniendo la lágrima. Esperando el momento de gloria de cada mañana, ese donde ella abría los ojos y estiraba los brazos hacia él, con una sonrisa gigante diciendo «¡Buenos días!». Y en el abrazo, él confundiendo sus lágrimas con el cabello suave y revuelto de su niña, tratando que ella no lo viera así, por miedo a que lo creyera débil.
Y ahora, de pie, por más que quería, no podía llorar. El universo por una lágrima, tan solo una. Cerró los ojos sabiendo que de todos modos seguiría viendo. De la misma manera que por más que entrara en silencio, ella no lo escucharía. ¿Cómo puede un fantasma hacer ruido?
Entonces, el milagro. Los ojos de su niña, ahora mujer, se abrieron enormes, saliendo del sueño, pidiéndole permiso al día para ver la luz. Se movió entre las mantas y estiró los brazos fuera de las sábanas, desperezándose. Los bajó de golpe y miró hacia la mesa a su lado. Detuvo el despertador antes que sonara, se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara. El sueño quería ganar la batalla.
Él la observó con melancolía. No estaba allí la alegría de antaño, la contagiosa risa de cada mañana. Al lado del velador un marco de madera contenía una foto de ambos delante de las hamacas de la plaza. En aquella imagen, ella tenía ocho años. En aquel entonces, ella creía en la eternidad.

– 2 –
Desayunó rápido, porque la cama le había ganado el duelo matinal y una vez más había sido presa del engaño de la vigilia, ese límite entre creerse despierta y estar totalmente dormida. Corrió al ómnibus a tiempo para alcanzarlo —de lo contrario, hubiera tenido que esperar al menos media hora—.
Cuesta arriba. Sus días iban empeorando tras cada luna. El ánimo, el entusiasmo, la voluntad. Todo mermaba en reciprocidad a los estudios médicos que iban llegando. La muerte, ese lejano fantasma de otros tiempos, regresaba con violencia, metiéndose a la fuerza en su vida. No le bastaba el daño que había hecho anteriormente, no estaba feliz con tantas personas queridas que le había arrebatado: ahora iba por ella.
En los pasillos de la facultad caminaba como un zombi, empujada por la manada. De un salón a otro, sin tomar apuntes, sin prestar atención. Olvidándose las cosas, dejándolas para otro momento, posponiendo encuentros, reuniones, salidas, diálogos y abrazos. Apagándose, como una rosa en sepia.
Aquel atardecer caminó más allá de su calle, penetrando en esquinas olvidadas, en fugaces instantes que revolvía en la memoria a medida que avanzaba más y más, redescubriendo fachadas, rostros. Avanzando hacia atrás, aventurándose en el pasado, en los recuerdos. El barrio de su infancia, como lo recordaba al caer el sol, aunque con otros matices.
—Los ojos, con el tiempo, ven diferentes —le dijo una voz cascada por el cigarrillo y los años.
Al mirar alrededor, no vio a nadie. Se le heló la piel. Era como la voz de su padre, pero más avejentada. ¿Podía envejecer un recuerdo? Aquella vereda parecía decirle que sí. Algunas casas parecían modernas, pero el aura que las envolvía decía lo contrario. La pintura no oculta todo lo que pretende. El ayer no se va tan rápido.
Sus piernas se negaron a continuar y, resignada, pegó la vuelta. Aún no estaba preparada. Lo entendía, a pesar que la idea le rondaba la cabeza a toda hora.
La aguardaba su casa, la habitación que mantenía como en aquellos años, la soledad que no dejaba de ser su única compañía. Dejó la mochila y las carpetas sobre la mesa, se metió bajo la ducha y escondió sus lágrimas en aquella cascada de desesperación tibia.
Se arrojó bajo las mantas, escapando del mundo.
El hombre seguía a su lado, a pesar de no ser visto, de no ser escuchado ni —mucho menos— correspondido.
Se tendió en la espesura de la noche a contemplarla. Si tan solo pudiera compartir sus sueños (pero nadie puede, ni siquiera los que ya no están; es, quizás, la única realidad velada para las almas, el único lugar donde verdaderamente estamos solos).
La luna, aquella gigante esclava nocturna, se abrió paso hasta llegar a la ventana. El recuerdo de la vieja promesa lo asaltó por sorpresa. Le había prometido la luna cuando apenas tenía cinco años. Sonrió ante aquella palabra no cumplida.
También le había dicho que jamás la dejaría sola. Reviviría y volvería a morir por esa mentira. Si existía el remordimiento después de la muerte, era aquel momento en que, al recordar lo que uno dice y no hace, sabe que también le han mentido cuando, al crecer, le dicen que todo lo que se proponga podrá hacerlo realidad.
En vida, por más que uno corra al ómnibus, no siempre lo alcanza. A veces, es preferible quedarse dormido.

– 3 –
Esa noche soñó con la figura de una sombra danzando en un callejón. Era una silueta lóbrega, carente de brillo, bailando en la oscuridad de un recoveco de mala muerte —vaya a saber uno dónde—. Se movía suavemente, como si fuera una niña (aunque no lo era).
Soñaba lo mismo desde hacía un tiempo. No podía distinguir quién era o si realmente representaba a alguien que conociera. O, acaso, si era ella misma. Ni siquiera podía reconocer la melodía que el viento creaba alrededor de esa figura. Una especie de soplido sostenido, con cadencias que creaban un ambiente opresivo.
Y, como cada vez, la imagen se interrumpía de la misma manera. Un gigantesco haz de luz, que barría con la oscuridad y hacía desaparecer la sombra como si nunca hubiese estado ahí.
Pero aquello no terminaba allí. El blanco ganaba en intensidad y ardía en los ojos. A pesar de que intentaba no mirar, la luz la enceguecía con violencia. Trataba de despertar, de salir del vacío, pero —a pesar del esfuerzo— sentía que se iba consumiendo de a poco, como una brasa. Finalmente, era parte de un fuego. La luz provenía de allí, de la misma manera que el calor y el sufrimiento.
Cuando todo se reducía a cenizas, el sueño tomaba un cauce mucho más relajado, sin imágenes, sin sonidos. Solo descanso. Hasta la hora de levantarse.
Sin embargo, esa mañana no despertó. Al menos, en su habitación.

– 4 –
—¿Papá? —preguntó ella consternada, al ver al hombre sentado en un banco de la plaza.
El sujeto levantó la cabeza, sorprendido. Miró hacia un lado y otro, esperando que la joven se dirigiera a otra persona, pero era el único en el lugar; incluso, al ver las calles vacías y el estatismo del mundo que lo rodeaba, parecía ser el único hombre sobre el planeta.
Se puso de pie para recibir a su hija, quien, con miedo, se acercaba lentamente.
—¿Dónde estoy, papá? ¿Dónde…?
Al intentar abrazarlo, sus cuerpos se enlazaron un segundo sin sentirse y luego se traspasaron, como si ninguno de los dos estuviese allí. Ambos giraron en redondo, sin comprender lo que sucedía.
Él vio a su hija seguir caminando, haciéndole preguntas a la nada, internándose en un enorme haz de luz.
Ella vio a su padre avanzar sin sentido hasta una calle que, de repente, se llenaba de vehículos que aceleraban con furia, como si llegar a destino fuera lo más importante en la vida. Pero uno de los coches se detenía (uno rojo y grande), la ventanilla bajaba, y entonces ella veía el brazo estirado…
¡Papá, el arma!
… y el revólver brillaba bajo el sol, mientras el estruendo rompía el silencio y ya nada importaba.

– 5 –
La cuerda voló sigilosa en lo profundo de la noche hacia el balcón del primer piso de la casa, y el mastodonte vestido de negro ascendió por ella como si se tratara del Hombre Araña. A pesar de que la luna brillaba diáfana en un cielo sin nubes, nadie notó su presencia.
Cuando llegó al balcón, notó que la persiana de madera no estaba cerrada en su totalidad y que a través de sus rendijas podía otearse el interior de la habitación; y, al percibir el movimiento de las cortinas allí adentro, dedujo que el ventanal detrás de la persiana estaba abierto —la primavera más cálida de los últimos cuarenta años favorecía sus planes—.
Se acuclilló y colocó la punta de sus cinco dedos en las rendijas de la persiana. Los músculos de sus enormes brazos se tensaron cuando, irguiéndose y con sumo esfuerzo, la elevó un par de centímetros e introdujo por debajo la punta de sus pies.
Volvió a agacharse, colocó sus manos debajo de la persiana y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, la levantó casi dos metros. Para su fortuna, la joven —que dormitaba en su cama, frente a él— no se movió. Sosteniendo la cortina de madera sobre su cabeza con ambos brazos, ingresó en la habitación y, con delicadeza, la volvió a bajar hasta que tocó el piso.
Sin perder tiempo, sacó un pañuelo y un frasquito del bolsillo de su pantalón, abrió el recipiente y roció el trapo con un líquido incoloro de olor penetrante. Fue hasta la cabecera de la cama y oprimió el pañuelo húmedo contra la nariz y la boca de la joven durante veinte segundos. Esta ni siquiera abrió los ojos.
Finalizada la faena, deslizó las sábanas hasta que el cuerpo de la mujer asomó en toda su plenitud. No perdió tiempo en admirar su belleza sino que, con delicadeza, la alzó sobre sus hombros y se dirigió hacia el ventanal. Subió la persiana y salió al exterior con la joven a cuestas. Miró a ambos lados de la calle —maldiciendo a la luna que, con su esplendor blanquecino, entorpecía la tarea— y, al no divisar a nadie, se subió a la baranda de hierro del balcón; tomándose de la soga, bajó hasta la vereda sosteniéndose de ella con una sola mano mientras que, con la otra, aprisionaba a la joven sobre uno de sus hombros.
Luego fue hasta el auto estacionado junto a la vereda, abrió la puerta trasera y deslizó a la mujer en su interior. Presto, puso el auto en marcha y huyó del lugar.
El secuestro no pudo ser impedido por el fantasma que siempre protegía a la joven. Porque esa noche él no estaba en la habitación.

– 6 –
Al despertar, no reconoció el lugar. Cuando trató de bajar de la cama, sintió los cinturones que la apresaban de los brazos y piernas.
Segundos más tarde, se abrió una puerta a la derecha y dos enfermeros con batas verdes ingresaron para administrarle un medicamento. Tenían la inyección preparada.
Quiso preguntarles qué pasaba, pero su boca no se movió. Percibió pastosa la lengua y las mandíbulas agarrotadas. Sintió el pinchazo y luego una sensación de mareo. Poco a poco la fue envolviendo una neblina que la obligaba a luchar para seguir alerta a lo que allí sucedía.
Pero no tuvo éxito. La oscuridad se apoderó otra vez de su mente.


(continúa el jueves 4 de diciembre)...

2 comentarios:

Maria Rosa dijo...


Wawww que misterio. Muy interesante Neto, no he encontrado ni siquiera una pista para adivinar adónde van....

Hay que esperar.

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

El terror de padre e hija, no poder ayudar al otro.
Una inquietante historia desde el punta de vista de los fantasmas, si no entendí mal.