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28 de noviembre de 2014

La puerta abierta

Adela había superado largamente los ochenta años y vivía sola desde hacía dos años, cuando su perro Fito se escapó aturdido por el ruido de fuegos artificiales. Previa a esa pérdida la vida le había enseñado con cierta dureza que nada era para siempre. Su esposo, sus hijos, hermanos y mucho antes, sus padres. Cada uno a su tiempo pero desapareciendo con un dolor muy grande que se iba acumulando en su corazón. De a poco, sin pretenderlo, cada muerte fue formando una coraza sobre sus sentimientos.
Pensó que si el destino decidía arrebatarle a Fito antes de invitarla a dejar el mundo, podría resistirlo. Pero aunque no tenía una certeza sobre el paradero de su perro, su ausencia se convirtió en un nuevo golpe para su frágil existencia.
De todas maneras, creía que de un momento a otro el canino de pelaje negro regresaría moviendo la cola con alegría. Por eso le dejaba la puerta abierta esperanzada en esa jornada gloriosa, que tarde o temprano debía hacerse realidad.
Algo le decía que Fito vagaba por ahí, buscando el camino de vuelta. Creía de tanto en tanto reconocer su ladrido pero cuando se asomaba por la ventana el perro siempre era otro.
Desde el día posterior a su desaparición, comenzó con la rutina de entornar apenas la puerta, dejando una luz del tamaño de un dedo, con el fin que Fito pudiera meter su hocico y empujar la madera para meterse en la casa.
Los vecinos, que eran sus únicos conocidos en el mundo, destino que cruelmente le depara a los ancianos que han perdido a todos sus seres queridos, solían recomendarle que tuviese cuidado, que no hiciera eso, que los tiempos estaban difíciles, que había ladrones por todas partes. Pero Adela respondía siempre con lo mismo: ¿Qué le pueden sacar a una vieja como yo?
La puerta siguió abierta, lloviera o no, hiciera calor o frío, con o sin viento. Y ella, sentada en su mecedora, tejiendo con agujas prendas que sin demasiadas vueltas luego destejía, ovillando y desovillando, siguiendo una rutina sedentaria y sin alternativas, simplemente esperaba. 
Un atardecer, dos años y un mes después de aquella estampida entre un lloriqueo mezclado con ladridos, la puerta se entreabrió lentamente. Adela levantó la cabeza como si hubiese sido impulsada por un resorte, dejando caer sobre el regazo las agujas y la lana. El sol se había ocultado hacía un rato y aún no había encendido las luces, por lo que imperaban las sombras y la oscuridad.
Ella atisbó un hocico y una pata peluda, pero tan solo fue la emoción. De inmediato la figura de un adolescente se interpuso entre su anhelo y la puerta. Detrás apareció otra silueta, de mayor dimensión. Fue cuestión de segundos para que la maniataran en la misma silla. Supo que eran sus últimos segundos cuando empezaron a gritarle y de una patada, el grandote cerró la puerta por primera vez en dos años y un mes.
Fito no volvería. Y si lo hiciera, ya no podría entrar. Su corazón comenzó a apagarse mientras los intrusos revolvían en busca de insignificancias materiales, de esas que solo importan a los que aún nada extrañan.

1 comentario:

Maria Rosa dijo...


Terrible y muy real historia, cada detalle es visible para el lector, ha sido relatada con tu maestría de siempre.

Muy buen fin de semana.

mariarosa