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4 de septiembre de 2014

El gato

El gato maulló toda la noche. Era un llanto compungido, un melodrama agudo. Por la mañana, al despertar, el niño corrió hacia el patio. Allí estaba el animal con el que había soñado toda la noche, echado sobre el césped, con cara de espanto. Se había percatado de él. El gato era todo instinto. Pero de todos modos permaneció allí. Es que sabía, de alguna manera, que esa era su oportunidad.
El niño trató de acercarse y lo hubiese logrado, de no haber intervenido la voz de su madre, que de un grito le exhortó a alejarse.
- Es un animal vagabundo, Lucas - aclaró en tono más sereno, minutos más tarde mientras le servía el desayuno.
Regresó al interior de la casa y se ubicó cerca de la ventana para observarlo. El gato apenas se movía. Parecía temblar, aunque no hacía frío.
- Mamá, me parece que está enfermo.
- Una razón más por la cual no debés acercarte, esos animales están llenos de pestes.
- ¿No podemos entrarlo y darle de comer, aunque sea hasta que esté sano?
- ¡Ni se te ocurra! Si le das de comer, no se va más. Apenas llegue tu padre, le digo que lo saque del patio.
Por la mañana el niño acudió a la escuela. Al retornar al mediodía, corrió a la ventana. El gato seguía allí. Esta vez no hizo ningún comentario en voz alta. Pensó que si su mamá no recordaba la presencia del felino, existía una posibilidad para que no lo echaran del patio.
Sin embargo, no se había olvidado. Lo comprobó al abrir la puerta que daba al patio.
- ¿Dónde vas? – preguntó ella, conociendo la respuesta.
- A jugar afuera.
- Está el gato enfermo, te quedás adentro hasta que venga papá.
- Pero mamá…
- Ponete a dibujar, mirá los dibujos en la tele, pero al patio no salís.
La tarde transcurrió entre el aburrimiento y la bronca. Varias veces se asomó para mirar al gato, que parecía estar cada vez más achacado. La cola no se movía y apenas percibía el movimiento rítmico de la panza, que era la única señal que indicaba que estaba vivo.
Volvió a insistir para que su madre le permitiera salir, pero no hubo respuesta, solo un semblante serio.
- Y si le tiramos algo de comida, pero sin acercarnos…
- No.
Tajante. Tanto la respuesta como el tono. El niño se fue a su pieza, pero no tocó los crayones ni sus juguetes. Se dejó caer boca abajo sobre la cama. Estaba triste. Demasiado. Se durmió sin darse cuenta. Cuando despertó, ya era de noche y la voz de su padre llegaba desde la cocina.
Se puso de pie de un salto y recorrió el pasillo en un santiamén.
- ¡Papá! – le dijo antes de darle un fuerte abrazo.
El padre devolvió el gesto y le preguntó sobre su día, la escuela, las tareas… pero el niño quería llegar a un tema específico.
- Afuera hay un gato, ¿te contó mamá?
La madre, que estaba sentada cerca, recordó entonces la presencia del animal. Y aprovechando la mención, hizo referencia a su deseo.
- ¿Papá, podemos quedarnos con el gato?
- Querido, si está enfermo, no podemos. Mamá tiene razón.
El desconsuelo recorrió por segunda vez su cuerpo. Pero ante su padre demostraría un poco más de entereza.  Se mantuvo firme delante de la ventana, mientras él salía al patio. Y desde allí pudo comprobar, incluso antes que su padre lo tocara con la punta del zapato, que el gato no se movía. Se le hizo un nudo en la garganta. Minutos después, la muerte del animal estaba confirmada.
No pudo contener el llanto. Su mamá quiso consolarlo, pero la sentía culpable. Trató de expresarlo, entre lágrimas. Su padre apareció minutos más tarde. Le prometió si tanto le gustaban los gatos, que irían a buscar uno al día siguiente. Pero había algo más en su dolor. No era la necesidad de una mascota, era la impotencia de no haber hecho nada.  ¿Y si le daban de comer? ¿Si lo llevaban a un lugar limpio y lo aseaban? ¿Si le brindaban protección?
Esa noche se fue a la cama temprano. Creyó soñar otra vez con maullidos. Con el lamento de un gato enfermo tirado en el patio. Se despertó incluso en plena madrugada y estando despierto, volvió a escucharlo. ¿O era parte del sueño? Se levantó en la oscuridad y caminó por el pasillo. La casa, salvo el maullido lejano, se mantenía en silencio. Pasó delante de la habitación de sus padres, cruzó la cocina y llegó a la ventana. No se veía nada hacia afuera. Todo era negro, con algunas estrellas minúsculas en lo alto.
Pegó la frente contra el vidrio y concentró la mirada. La oscuridad no se fue disipando, al contrario, parecía acumularse como una masa ciega. Hasta que de repente aparecieron dos esferas amarillas y el niño, del susto, pegó un salto hacia atrás.
Corrió todo el camino de regreso a su habitación. Se arropó con las sábanas y hundió la cabeza bajo la almohada. A pesar de todo, el maullido llegaba claramente a sus oídos.
Cuando despertó por la mañana, sintió las mejillas húmedas.  Estuvo a punto de comentarle más tarde a su madre, durante el desayuno, de lo sucedido a la noche, pero prefirió no hacerlo. Aún le duraba el enojo con ella del día anterior. Su padre, que se iba temprano a trabajar, ya no estaba.
Antes de irse al colegio, miró por la ventana. El patio estaba vacío.
Su madre, percatándose de lo que sucedía, puso una mano en su hombro.
- Querido, si el dábamos de comer, no se iba a ir más y estando así enfermo…
- Ya no importa mamá – dijo el niño, haciendo un esfuerzo supremo para no llorar – Se murió y tampoco se va a ir más.
Los maullidos seguían retumbando en sus oídos. Era el único que los escuchaba. Se marchó sin decir una palabra más y camino a la escuela siguió recibiendo ese lamento moribundo, que ya no sabía si provenía del patio, su mente o el más allá.

3 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Y que tal si busca venganza contra quienes no lo ayudaron? Especialmente contra la madre.

Santiago Abigor dijo...

Nunca olvidará.

maria dijo...

Exelente relato y mas que miedo hay un dejo de tristeza por los adultos que ni sienten ni inculcan un poco de piedad hacia otros seres