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26 de agosto de 2014

Génesis y apocálipsis de Eladio

El verdadero amor es aquel que no lastima, muy por el contrario, sana el alma. Es el que se persigue sin saber que existe, hasta que para algunos (los afortunados) llega y para otros, se convierte en una utopía. El verdadero amor es una piedra preciosa que no necesita pulirse, porque es tal cual es, imperfecta.
Eladio González creyó decenas de veces haber dado con ese sentimiento. Y la misma cantidad de veces, terminó decepcionado, con un pedazo de su corazón arrancado. Porque en cada conflicto, se desgrana una parte interior, una que no figura en los libros de anatomía, ni siquiera en los de medicina.
Hastiado de desaciertos en su vida sentimental, ya orillando los cuarenta años, buscó la paz fuera de su entorno habitual. Renunció a su trabajo, vendió la casa, el auto, se despojó de todas las pertenencias y compró un boleto de avión al azar.
Cargó solamente un bolso y un poco de dinero. No miró el destino en ningún momento, no quería saberlo. Se guió en todo momento por el número de vuelo, evitando observar en las pantallas la columna del lugar donde aterrizaría. Tampoco se quitó los auriculares, para no escuchar conversaciones ajenas que le revelaran la tierra donde buscaría renacer.
Y subió al avión, como quién va a la muerte. Al aterrizar, ya no sería el mismo Eladio González. Ese, el que veía cada mañana en el espejo desde hacía cuatro décadas, moriría en pleno vuelo. El otro, el que pisara el suelo que el azar había puesto en su camino, no cometería los mismos errores, no esperaría tanto del amor, no sufriría por otra persona. Viviría. Algo tan simple como eso. Pero lo haría lejos. Respirando otros aires, escuchando otras voces, quizá nuevas palabras, rasgos, idiomas, paisajes... ¡las posibilidades eran infinitas! Al menos, este Eladio contemplaba ese génesis con alegría.
El otro, el que aún no había nacido, ansiaba, como todo aquel que espera el amanecer tras la oscuridad protectora de la noche.
Eladio volvió a sus calles veinte años después, con el cabello canoso, las grietas de la vejez en el rostro, el paso más lento y la sonrisa forzada del que se acostumbra al saludo mecánico de compromiso. Aunque ya no eran sus calles, y eso lo sabía de antemano. Habían dejado de serlo cuando trató de matar al antiguo Eladio, cuando se despojó de todo lo material para lanzarse a la búsqueda espiritual.
Pero de todos modos quiso recorrerlas, calle a calle, para tratar de hallar allí lo que no había encontrado a lo largo de dos décadas de viajes continuos, sobreviviendo con trabajos temporales, conociendo gente que jamás trascendería en su vida, yendo de un lugar a otro, sin saber el nombre, sin importarle el dónde.
Y en esas viejas calles, que ya no reconocía, vio fachadas arropadas de recuerdos, guiños del pasado, rostros que parecían reconocerlo para luego seguir su camino. Vio el ayer sin verlo. Porque el ayer es algo que no existe más que en la memoria y la suya, la suya plena, ahora le pertenecía al nuevo Eladio, a ese ser que por no repetir la vida de su predecesor, jamás se enamoró, jamás abrazó, jamás besó, pensando que si se apartaba de lo que tarde o temprano se oxidaba como hojalata, cortando, lastimando, lograría mantener el alma sana.
Con dolor supo que el alma necesita al amor, como necesitamos al oxígeno, y que la felicidad no es otra cosa que la tristeza con disfraz. Para poder disfrutar una, se necesita a la otra. Como la luz necesita de la oscuridad para hacerse notar, como la noche necesita al día para pedirle su lugar. El corazón late para vivir, pero al amar, siente. Y ese sentir, ese sentimiento, es el combustible del alma. Es lo que se va desgranando de a poco, en la medida que los tropiezos son muchos.
El viejo Eladio se había resignado. El nuevo, se había negado.
Allí estaban las calles, sin decir nada. Solo hogares, árboles en las veredas, coches yendo y viniendo, semáforos cambiando de color, y muchas personas viviendo sus vidas de la única manera que es posible, que es haciendo el intento.
Dejó escapar un suspiro. Y cómo el dónde no importaba, el quién tampoco. No era el lugar, sino la persona.
Se desplomó en un banco de la plaza, agotado. Muchos años perdido en el mundo y la conclusión ya la conocía: la perfección no existía, la perfección no se debía buscar. Tampoco esperar.
Eladio buscaría un hotel y pasaría el primer día del resto de su vida, de su tercera vida, confesando su primer obstáculo: la falta de amor propio. El desamor que más duele, pero que no se puede ver. Luego, trataría de vivir. Con lo que eso implica.

3 comentarios:

Fernanda Suzawa dijo...

¡Se me encogió el corazón con esto! Sin duda el amor (la existencia de así como la falta de) es lo que le da el verdadero significado de la complejidad a la vida...

Afff muy bueno como siempre <3

SIL dijo...

Jamás me quise.
Yo sé mucho del desamor propio.
Quizás por eso no me han querido.



Es devastador.

Tu historia es magnífica.

Los primeros párrafos son de oro /se transparenta tu alma ahí/


Abrazo, Netito.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

No hay razón para ese desamor propio, SIL. Sos muy querible.