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8 de mayo de 2014

El control

Los papeles estaban en orden. Él lo sabía. Pero el policía no tenía por qué saberlo. De todas formas, le sudaban las manos mientras el uniformado revisaba con lentitud el sobre papel madera que le había entregado por la ventanilla segundos antes.
Esperaba que de un momento a otro el semblante del oficial de la ley cambiara de manera radical, convirtiéndose en una especie de monstruo salvaje cuyo único propósito fuera el de devorarlo o peor aún, hacerlo bajar del coche y pretender llevarlo a una cárcel.
Sentía como la transpiración se adhería poco a poco a la tela de la camisa, ganando lugares nada agradables. Se imaginó emanando un olor fétido, destilando gotas de sudor negro desde la cabellera húmeda y grasosa, en un cuadro patético que delataría su culpabilidad.
Pero sus papeles estaban bien. Nada extraño tenía que suceder. Era solo un control de rutina. El policía hacía su trabajo, como lo hacía el empleado de peaje por el que había pasado quince minutos atrás, como el camionero del Scania que transitaba a gran velocidad por la ruta en ese instante. Control de rutina. Nada más.
El agua corría incluso por sus manos. Las quitó de inmediato del volante, pero una mancha húmeda quedó sobre el mismo. Se apresuró en buscar un trapo en la guantera para limpiarla. El agente policial había vuelto a meter los papeles en el sobre, pero ahora hablaba con un compañero.
Seguramente le estaría diciendo que estaba todo en orden. No debía preocuparse. Sin embargo temblaba de pies a cabeza. No podía escucharlo. ¿Qué dirían? ¿Acaso existía alguna irregularidad? Se estaba quedando sin aire. El pecho le oprimía con fuerza. Revolvió otra vez en la guantera, buscando ahora el inhalador para el asma.
Lo accionó y echó la cabeza hacia atrás. El policía se alejó hasta el patrullero. Algo estaba ocurriendo. Algo andaba mal. No podía soportarlo. Los nervios. La tensión. Los latidos cada vez más fuertes. Podía escucharlos. Y si él los escuchaba, también el policía. Aceleró a fondo, sin pensarlo. Las gomas chirriaron en el pavimento y dejaron una estela de humo oscuro, como despedida del coche que salió como un misil disparado hacia el horizonte.
Miró por el espejo retrovisor y alcanzó a ver la perplejidad de los oficiales. Comenzó a respirar con normalidad, en tanto por el espejo veía como trataban de organizarse para comenzar la persecución. Cerró los ojos un instante. Ya no escuchaba los latidos. Eso era una buena señal. No podía estar sucediéndole, no podía pasar como en el cuento de Poe. Porque ante todo, se había asegurado que estuviera muerta. Y estaba bien seguro que no respiraba cuando la metió en el baúl trasero. Sería ináudito por otra parte que una persona viviera con la cabeza separada del tronco. De todas maneras, no podía arriesgarse. Apenas pudiera, detendría el auto y lo comprobaría.
Pero ahora no. Las sirenas policiales se estaban acercando. Era hora de buscar algún atajo, a campo traviesa.

2 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

Nos mantiene en vilo a través de la secuencia de la tensión y hasta la huída, pero al final es difícil tener empatía por un descuartizador.
Queda anunciado que puede correr, pero no se podrá seconder, ya tienen sus papeles y descripción.
Ya qué.

SIL dijo...

No hay manera de escapar de nuestra sombra de horror, la propia sombra.

Celebro que la justicia haga su parte con este protagonista.

No siempre pasa.



Abrazo.