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26 de mayo de 2014

Asado entre amigos

Un asado es más que una reunión para comer carne a la parrilla. Así lo comprendía Ismael, que la semana previa a la fecha pactada para el encuentro de amigos iniciaba su período de histeria, que consistía en estar atento a cada detalle, contactar a todos los invitados e insistir para que no faltara ninguno.
Si la fecha era el domingo, el lunes previo lo primero que hacía al despertar era preparar el listado de invitados, calcular los kilos de carne, el proporcional de ensaladas y comenzar a anotar las opciones para la picada, las bebidas y hasta el postre.
A media mañana enviaba sus primeros mensajes de texto. Para el mediodía ya había armado un grupo de Whatapps. Y se encargaba de retransmitir lo que allí se conversaba a los que no tenían celulares modernos.
Por la tarde, tenía definido el número que asistiría, así los cálculos comenzaban a cerrar de manera más precisa. Para la noche, la mayoría de sus destinatarios quería mandarlo a la mierda.
Es que Ismael, en su afán de juntarlos, convertía el arte de la organización, en un denso acoso virtual telefónico, ya fuese por mensajes o llamados. Algunos, incluso, se enojaban cuando escuchaban el ringtone del celular a las tres de la mañana y tras encender la luz del velador comprobaban que era el inagotable amigo.
El martes solía recibir varios insultos, que se atenuaban con el correr con las horas con las bromas y ocurrencias de los menos encolerizados del grupo. De todas maneras le advertían que no se pusiera pesado, que tanta organización era un desgaste innecesario.
Ismael argumentaba que no podía dejarse nada librado al azar. Un asado con amigos debía ser la reunión perfecta. Y él se encargaría de eso. Más de uno se resignaba, en tantos que otros, hablando a espaldas del organizador, se replanteaban la idea de ir.
Miércoles y jueves podían transformarse en un suplicio. Los más allegados, le pedían un poco menos de ansiedad. Pero para entonces, Ismael quería calcular hasta las aceitunas por personas para la picada.
El viernes ya tenía el setenta por ciento de las cosas compradas. Incluso, se había llegado al menos diez veces a la quinta de Oscar, el lugar en el que se siempre se reunían, por estar ubicada en una zona muy tranquila, lejos de la ciudad, tener un parrillero enorme y muchas otras comodidades.
Para el sábado había comprometido a tres de los amigos con el fin que lo acompañaran a comprar las bebidas. Por la tarde, en cinco viajes, había trasladado botellas, carne, verduras, el helado para el postre, las bolsas con copetín, todo, a la heladera y al freezer de la quinta de Oscar. Esa misma noche, alcanzaba en un último viaje los cubiertos, las servilletas y hasta el papel higiénico para el baño.
El domingo, el día del asado, estaba levantado antes de las seis. Se bañaba, buscaba la ropa adecuada (que debía ser cómoda e informal) y leía el diario, para estar informado y tener temas para hablar a la hora de la sobremesa.
Cerca de las diez, sacaba el auto de la cochera y tomaba la ruta hacia la quinta, que se la sabía de memoria, al punto que podría conducir con los ojos cerrados en el tramo desde la salida de la ciudad hasta el lugar de encuentro.
Sabía que el horario pautado era entre las diez y media y las once, pero sentía la necesidad de llegar primero, instalarse, confirmar que todo estuviera en su correcto lugar, ya sean sillas, mesa, como los utensilios para asar.
Por eso, aquel domingo en particular, no se sorprendió al encontrar el estacionamiento frente a la casa totalmente despejado. Colocó el vehículo en un lugar que le resultara luego sacarlo y bajó del maletero un par de bolsas más, que contenían papas fritas y palitos salados.
Todo iba bien, hasta que tomó el caminito de piedra que lo conducía hasta el quincho. Abrió los ojos, asustado. Las mesas, prolijamente acomodadas con antelación, no estaban. La mesa, que era un tablón largo con caballetes, tampoco. Las bolsas de carbón ubicadas bajo el parrillero, habían desaparecido. Incluso los elementos para asar. Soltó las bolsas, que golpearon contra el suelo, y se agarró la cabeza.
Lo primero que pensó fue ¡ladrones! pero con asombro descubrió que otros elementos de valor seguían en sus lugares, como ser una cortadora y una bordeadora de césped, la bicicleta de Oscar que la dejaba siempre al lado del parrillero y herramientas manuales que solían estar desparramadas por el sitio.
A medida que se fue acercando a la parrilla, fue percibiendo la silueta de un papel abandonado sobre las cenizas de las brasas del último asado, que nunca habían limpiado. Era muy blanco como para haber quedado olvidado desde aquel encuentro.
Se acercó con miedo, sigiloso. A un metro, se topó con su nombre escrito en letras grandes, intimidatorias. Las manos le temblaron cuando sus dedos se aproximaron a recogerlo. Tragó saliva antes de desplegarlo y respiró hondo previo a leerlo. Presagiaba malas noticias.
"Oscar, si estás leyendo esto, es porque llegaste y no encontraste a nadie. Hemos decidido, entre todos, mudar de lugar el encuentro, pero, debido a que estuviste insoportable desde el lunes, no avisarte. Nos hemos llevado todos los elementos como así las compras que trajiste en estos días. Esperamos que no te moleste. Muy atte. La barra".
Ismael quedó petrificado, con el papel en sus manos. Sus labios amagaron con abrirse para decir algo, pero fue un leve temblor, involuntario. Su rostro se contrajo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba al borde del llanto, de doblarse en dos, de caer de rodillas al suelo.
El cielo, colmado de sol, se le antojó gris, tormentoso. La brisa suave, cálida, le pareció amarga, sin oxígeno.
Entonces, por el rabillo del ojo, notó algo detrás del quincho. Quizá un animal, riéndose de su cruel angustia. O peor aún, un ladrón de verdad, llegando para atacarlo con furia. Poco le importaba, pero igual desvió su mirada hacia aquel lugar.
Y allí estaban todos, Oscar, Luis, Nacho, el Negro, Horacio, Fernando, El Garza, Alfredo, González, Piero, Tito, el hermano del Nacho que nunca le salía el nombre, Herminio, Diego, Felipe, el Oso, Alejandro, Manuel, Pablo, Esteban... todos. Y venían a las carcajadas, tomándose el estómago, partiéndose de la risa y entonces, Ismael, se quebró y con el llanto en la piel sonrió de oreja a oreja.
Es que los amigos pueden ser crueles, bromistas hasta no poder, capaces de llevar sus coches dos cuadras más adelante con tal de no ser detectados, esconder lejos sillas y tablones, incluso llevar los comestibles a otra habitación, todo con tal de hacer una broma que nunca olvidarán. Pueden ser eso y mucho más. Pero los amigos jamás abandonan a nadie. No los verdaderos.
Por eso, el asado era más que una reunión para comer carne a la parrilla. Era el templo de la amistad, vestido de fiesta. La santa misa de los afectos incondicionales, con sus errores y aciertos. Así lo entendía Ismael, secándose las lágrimas, así lo entendían los demás, dándole un abrazo.

3 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

GRANDE. Pleno de bonhomía y humanismo.
Los amigos verdaderos estuvieron.

Con tinta violeta dijo...

Felipe, el Oso...ché nada malo puede decirse de una barra con tales componentes...muy bonita historia y casi apuesto a que casi,casi real, ja!

SIL dijo...

Ritos sagrados, que sólo los verdaderos amigos hacen posible, a pesar de bromas y pesares.



Abrazo.