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2 de abril de 2014

Tero, tero, tero

La puerta del sótano se abrió violentamente y Jacinta se asomó con brusquedad. Comenzaba a bajar las escaleras cuando los ruidos de sus pasos despertaron a José, su hermano, que dormía sobre un colchón en el suelo.
- ¿Qué pasa, gorda? ¿Vinieron a buscarme? - preguntó asustado a su hermana, que ahora estaba a su lado.
- ¡Está en las noticias! ¡Invadimos las islas! ¡Tuvieron que rendirse!
José la escuchó con un reproche en la mirada, volvió a apoyar la cabeza sobre el colchón y le dio la espalda.
- No quiero saber nada sobre el tema - le pidió.
- Pero José, es una buena noticia. Todo el país está saliendo a las calles.
- Es un error gorda, sé lo que te digo. Puro patriotismo barato que lo único que va a lograr es que muera un montón de gente.
- Qué vos estés escondido no significa que los demás soldados sean igual de cagones.
Como accionado por un resorte, José se incorporó. Las palabras de Jacinta lo habían enojado.
- ¿Cagón? ¿Preferías que fuera con los brazos abiertos a que me maten a una tierra distante, que hasta hace poco a nadie le importaba?
- ¡No podés hablar así, José Manuel! Si tu padre te escuchara...
- Papá está muerto. Y yo lo estaría en unos días, de haberme dejado encontrar.
- Con qué frescura hablás, pensá bien dónde estás escondido, me estás poniendo en riesgo a mí, a mis hijos, mi marido. Si te llegan a encontrar acá, vamos todos presos, vos con corte marcial y nosotros...
- Callate por favor. Y abrí los ojos Jacinta. Si papá estuviese vivo, te diría lo mismo. Abrí los ojos, Jacinta.
- Todavía no entiendo por qué te escondí. Me diste pena, pero ahora, la verdad, siento que sos un egoísta. Si subieras a escuchar la radio, te darías cuenta que esos soldados están haciendo historia. Cuando en el futuro hablen de este día...
- Te repito, callate Jacinta. No quiero escuchar más del tema.
- ¿Sabés que va a pasar con vos? Te van a encontrar un día. Y nosotros no te vamos a defender. Y todos te van a llamar traidor. Porque eso es lo que sos. Un traidor a la patria. No como esos soldados que viajaron, con los oficiales que lo saben llevar, como los militares que tenemos en el gobierno y decidieron esta invasión. Ellos son patriotas, vos sos un traidor y un cagón.
José volvió a apoyar la cabeza contra el colchón. No quería seguir escuchando a su hermana. Sin embargo, no volvió a pedirle que cerrara la boca. Se quedó en silencio, escuchando los reproches. Cada palabra era un disparo a miles de kilómetros, cada frase era una formación que saltaba sobre tierra a cumplir una misión, el reproche entero era el éxito de la misión.
Pero José derramó una lágrima solo al imaginarse el futuro. Poco le importaba el camino que tomara esa guerra. Solo entendía una cosa. La muerte no era el camino. La guerra nada solucionaría. Por eso era un prófugo, por eso se resistía a apretar un gatillo en contra de otra persona. Nada resolvía esa guerra de su día a día, de su salir a palear pozos por unos pesos. ¿Patria? Siempre había pensado que la patria era otra cosa, tenía otros valores. Sin embargo, las banderas se alzan muy rápidamente. Y las masas, aclaman.
Jacinta se retiró varios minutos después. Se fue gritando un cantito que seguro había escuchado por la radio: "Tero, tero, tero, tero, tero, tero, tero, tero, hoy le toca a los ingleses y mañana a los chilenos". José no pudo reconocer en esa voz a su hermana. Era como si otros cantaran por ella.
Así ha sido por siglos, pensó. Los muertos no son nunca los que hacen y manipulan las guerras, sino quienes las pelean. Las guerras son un engaño. Y el ser humano, un engañado.

1 comentario:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

¡¡Aplausos Neto!!

Una gran verdad entre la líneas de un cuento.
Las guerras no conducen a ningún lado, sólo al cementerio.

mariarosa