Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

www.OLVIDADOS.com.ar - Avila + Netomancia

9 de marzo de 2014

Culpable

El mensaje me llegó de madrugada, dos horas después que me fui de casa. Me habían llamado al teléfono de guardia y tuve que salir de urgencia. Soy veterinario y aquella noche una hermosa salchicha llamada Dolly había tenido la fabulosa idea de tener a sus cachorros.
Dolly había parido para entonces dos machos y una hembra y estaba sufriendo a la espera del cuarto pequeño. El sonido del celular no me sorprendió. Podía ser otra urgencia. Sin embargo al iluminar la pantalla vi el número de mi esposa.
Era un mensaje de texto corto y alarmante: "La perra ladra sin parar y parece querer derribar la puerta". Me estremecí.
Nuestra Fiama, una perra callejera que raza indefinida, era tranquila, demasiado a mi gusto. Un comportamiento de esa índole y sin estar en el lugar, me preocupaba. Ariana, mi mujer, estaba sola, porque esa noche Federico había sido invitado a dormir por un amiguito del colegio.
Mi respuesta fue breve, para que Ariana supiera que estaba al tanto, pero al mismo tiempo quise ser cauto con la situación pero animándola a indagar sobre lo que estaba pasando: "Encendé las luces y prestá atención si hay ruidos raros. Si es así, llamá a la policía".
Quedé a la espera de un nuevo mensaje, aguardando leer que no pasaba nada, que la perra había tenido con seguridad un mal sueño o algo por el estilo. Los gemidos de Dolly hicieron que nuevamente dirigiera mi atención a ella. Recién media hora después volví a mirar el celular. No había llegado ningún nuevo mensaje.
Limpié el lugar donde la perra había tenido a sus crías y finalmente salí a la calle. Me metí en el coche y llamé al número de Ariana. Apagado.
Intenté una vez más y al obtener el mismo resultado, puse en marcha el motor y salí a toda velocidad hacia casa. Estaba en el extremo opuesto de la ciudad y a pesar de no haber tránsito a esas horas, me tomó casi un cuarto de hora llegar, salteándome al menos dos semáforos en rojo.
Cada treinta segundos miraba el teléfono, que había dejado sobre el asiento del acompañante, con la pantalla hacia arriba. Pero no volvió a recibir ningún mensaje.
Estacioné y bajé del auto en menos de tres segundos. Las luces de la casa estaban encendidas. Fiama no ladraba. Por los nervios dejé caer las llaves. Me demoré varios segundos que parecieron una eternidad en encontrarlas. Habían quedado detrás de mi zapato izquierdo. Las levanté temblando y volví a demorarme en acertar la cerradura con la llave.
Corrí por el pasillo, llamando a mi mujer por su nombre. No recibí ninguna respuesta. Llegué al dormitorio y no estaba. Empecé a sentir el malestar de siempre en el estómago, ese que me mata desde que tengo uso de razón cuando algo no va bien. Salí al patio, grité el nombre de ella y de mi perra. Silencio. Recorrí el perímetro, tropezando con troncos y herramientas olvidadas. Volví a llamarlas. Observé que en algunos patios lindantes se encendían luces. Mis gritos habían despertado a los vecinos.
Volví a entrar a casa. Revisé el cuarto de Federico, la cochera, la cocina. Una imagen asaltó mi mente. Regresé a nuestra habitación. La cama estaba tendida. Yo había saltado de esa cama tres horas atrás. Mi ropa de dormir seguía en el suelo, de mi lado. Pero la cama estaba hecha. Y no había rastros de Ariana. Ni de Fiama. ¡Se han ido a la comisaría! Ese fue mi pensamiento positivo, el salvavidas de mi razón ante lo que no podía explicar.
El llavero de Ariana estaba en el portallaves del pasillo, a dos metros de la puerta de calle. La misma que había encontrada cerrada cuando llegué.
En la cocina, sobre la mesada, estaba el mate como lo había dejado antes de acostarme. Incluso recordaba que había lavado la bombilla y dejado el resto para la mañana. La bombilla estaba allí, donde la había apoyado por última vez.
Los golpes en la puerta me hicieron dar un susto de muerte. Perdí la respiración por una fracción de segundos. Cuando me recompuse avancé con pasos largos y abrí. Envuelto en un pijama florido, mi vecino Lorenzo estaba parado delante del umbral, con rostro preocupado.
- ¿Sucede algo, Esteban? Te escuché llamar a Ariana en el patio. ¿Ella está bien?
Atiné a observarlo, mientras ordenaba las ideas. ¿Ariana estaba bien? No lo sabía. No podía saberlo. Ella no estaba.
- No lo sé Lorenzo, me envió un mensaje diciendo que la perra ladraba y ya no supe más de ella. Yo había salido a una urgencia y he vuelto y no hay nadie en casa.
- ¿Llamaste a la policía?
- Recién he llegado Lorenzo, no he tenido tiempo...
- Yo lo he hecho, no te preocupes. No escuché a la perra, pero si bien clara tu voz. Estoy aquí para ayudarte.
Llevé mi mano a su hombro y le agradecí en silencio.
- Me quedaré a esperar a la policía contigo. ¿Federico está en su cuarto?
- No, mi hijo está en lo de un amigo.
- ¿A qué hora te fuiste?
- Perdón, ¿dónde?
- A la urgencia.
- Si, disculpa. Hace tres horas. Apenas pasada la medianoche. Mi mujer me escribió hace una hora.
- ¿La llamaste en ese momento?
- No, pensé que sería una tontería de la perra. Y además estaba atendiendo un parto.
- ¿Y la familia dónde has estado, que ha dicho, se han preocupado como tú?
- ¿Ellos? Ni siquiera les mencioné el mensaje. Estaban muy preocupados por su perra salchicha pariendo. No era oportuno molestarlos.
- Está bien, Esteban. No te preocupes, todo saldrá bien. Entremos, te preparo un café.
- Estaba por ir a la comisaría, puede que ella haya ido hasta allí...
- ¿En medio de la noche? ¿Sin auto? He visto que lo tienes afuera. Supongo que lo llevaste a la emergencia.
- Es cierto. Además... la llave está en el pasillo. Es imposible que haya salido.
- Siéntate, necesitas calmarte. La policía debe estar en camino.
Le hice caso y me dejé caer en una silla. Lorenzo me preguntó dónde guardaba el café mientras colocaba la pava al fuego. Le señalé la alacena y le indiqué que detrás de todo debía haber tazas. Llevé la mano a la frente. Estaba ardiendo. No era fiebre, sino nervios. Mi vecino se movía meticulosamente, ordenando las tazas, la azucarera, el frasco de café, todo en hilera, sobre una bandeja de madera. Tomó un repasador de un gancho en la pared y lo usó para sacar la pava de la hornalla. Sirvió con cuidado el agua, colocó una cucharilla en cada pocillo, revolvió armoniosamente y luego llevó la bandeja hasta la mesa.
Me acercó la taza y la azucarera y antes de sentarse volvió a la mesada, tomó el repasador, lo alisó, lo dobló en cuatro partes y lo dejó sobre el granito frío. Finalmente, se sentó en la silla del otro lado de la mesa.
- Ya van a aparecer - me dijo, dedicándome una sonrisa apesadumbrada, para luego beber lentamente un sorbo de la infusión.
Miré la hora en el reloj de pared que estaba encima de la heladera y agucé los oídos. Aún no se escuchaban las sirenas policiales. Dejé la cucharita a un lado. Casi adrede volqué una gota de café sobre la mesa. Lorenzo buscó un pañuelo de su bolsillo y estirando el brazo hacia donde estaba, limpió la gota derramada. Fue un gesto mecánico, casi automatizado.
Creo que la silla al caer lo tomó por sorpresa. Incluso a mí, debo reconocer. Me había puesto de pie tan rápido, que la había empujado hacia atrás con la cadera. Lorenzo levantó la mirada, desconcertado. Mis ojos, en cambio, nunca habían estado más atentos.
- ¿Por qué, Lorenzo? ¿Por qué?
Mi vecino bajó los párpados un instante, pero los volvió a subir. Ahora si, sus pupilas me mostraban algo más. A veces es tan solo un brillo, algo imperceptible. Pero allí estaba. Podía ver la maldad detrás de ese disfraz.
El cajón de los utensilios estaba de mi lado. Del suyo solo había pared. Lo abrí y saqué el cuchillo de carnicero preferido de Ariana.
Lorenzo sonrió. Los dos sabíamos la tácita verdad. En realidad, yo la sabía a medias. Y entonces, él me atacó. Yo solo me defendí.
Cayó sobre mis brazos, dejando escapar un hilo de respiración. Al retirar mi brazo, me asusté de ver tanta sangre. No tardé en comprender que no era mía. Le tomé el pulso, sabiendo que estaba muerto. Entonces, corrí hacia la puerta de calle. Busqué el teléfono en el bolsillo y llamé a la policía. No esperé a que llegaran. De una patada derribé la puerta de la casa de al lado. Y comencé a buscar, llamando a gritos a mi mujer y de vez en cuando a mi perra.
Salí al patio, divisé el tapial y supe que por ahí había pasado. No me imaginaba como es que había vuelto con ellas.

- Solari, hagamos un alto.
- No hay mucho más por contar.
- No, frenemos acá. Necesito que me diga la verdad.
- Eso es lo que pasó, lo que sé.
- Usted acaba de matar a su vecino y está desaparecida su mujer. El crimen lo ha confesado, Solari.
- Inspector, fue en defensa propia. Lorenzo atacó a mi mujer. Debe tenerla oculta en alguna parte.
- ¿Con la perra?
- A la perra pudo haberla matado. Revisen su patio. Si hay tierra removida...
- Solari. La tierra removida está en su patio. Ya se lo he dicho. En estos momentos deben estar cavando. Si confiesa antes, el sufrimiento puede ser menor.
- ¿Confesar? Inspector, estoy desesperado, ese loco se llevó a mi mujer.
- Ese loco está muerto. El único que queda es usted Solari. Las piezas no cierran. Un repasador doblado con pulcritud no dice nada.
- Las sábanas, Inspector. Hizo lo mismo con las sábanas. Tiene síntomas de trastorno obsesivo compulsivo. La gota de café.
- Solari. Cállese.
- Llame a la familia. Llame a esta gente, a la que ayudé a que su perrita diera a luz.
- Volvamos a empezar, Solari. ¿Quiere?
- ¿Quiere que le cuente otra vez? Bien, el mensaje me llegó de madrugada, dos horas después que me fui de casa.
- No. Ahí empieza su historia. La mía, como ya le conté, arranca antes. Ni bien su hijo se fue de casa. Por alguna razón, usted y Ariana discutieron en la cocina. Usted ya estaba lavando el mate y lo dejó a medias. Se enojó con ella y se fue, salió de la casa. Ignoro que discutieron, pero usted dio la vuelta y quiso entrar por el patio. Usted estaba furioso y al ver a la perra, la atacó. La perra, asustada que su dueño la maltrate, ladró pidiendo auxilio y trató de entrar a la casa. A pesar de la pelea, su mujer al sentir el comportamiento de la perra, creyó que usted era el único que podía llevarle algo de tranquilidad y le mandó un mensaje. Ella no sabía que usted estaba a punto de irrumpir por la puerta trasera, para matarla. ¿Sabe lo que creo? Que además de una porquería, es un tipo con suerte. Tuvo el tiempo necesario para enterrar los cuerpos y limpiar la casa antes que lo llamaran de la urgencia. Usted nunca supo que su esposa le había escrito. La fortuna hizo que la maldita compañía de celulares estuviera con retraso en el envío. Le llegó dos o tres horas más tarde y entonces, usted supo que estaba a salvo. Tenía la prueba que cuando ella pidió auxilio, usted estaba fuera de su casa.
- No es así, Lorenzo es el asesino. Recuerde cómo actuó.
- No sé como actuó. Todo lo que tengo es un relato muy bien armado y un cuerpo con un cuchillo en su cocina. Ahora mismo estamos removiendo su patio. El suyo, no el de Lorenzo. ¿Y sabe que vamos a encontrar?

Sonreí. No pude evitarlo.

- Encontrarán lo que Lorenzo haya puesto ahí.
- ¿O lo que haya puesto Esteban?

Mantuve mi mirada El inspector quería que parpadee, que moviera algún músculo, algo que pudiera incriminarme. No lo hice. Seguimos contando nuestras historias durante una hora más, hasta que llegaron los informes preliminares de las excavaciones. No hubo sorpresas, sabíamos lo que encontrarían. ¿Lo hice? ¿Lo hizo Lorenzo? ¿Cuál es la diferencia? El está muerto y yo camino a estarlo. Repartir culpas a esta altura, es perder el tiempo. A veces la vida se acaba mucho antes que llegue el fin.

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Por más efecto misterioso que haga el inspector, el hecho de que su teoría no es lo suficientemente sólida. Es verosimil que el SMS haya llegado posteriormente. Pero no inevitable. La motivación es dudosa.
No es lo suficientemente sólida para considerar culpable al sospechoso.
Y hay presunción de inocencia.

Laura dijo...

Mala para leer, ni modo, ya me voy