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13 de febrero de 2014

Un dolor en el pecho

El enfermero de la guardia de urgencias empujó la camilla que los paramédicos habían bajado de la ambulancia hasta una de las salas de cirugía. Veía episodios traumáticos casi todas las noches, por lo que el hombre con el cuchillo en el pecho que trasladaba a gran velocidad por el pasillo del hospital era un caso más, otro apuñalado en alguna reyerta de poca monta.
Pero el hombre, sangrando y quizá a punto de desmayarse, lo miraba a los ojos, fijamente. Y luego que la puerta del quirófano se cerrara y el enfermero comenzara a alistar la sala para la inminente operación, el hombre de la camilla rompió el silencio.
- Es increíble, siento algo que me atraviesa el pecho - dijo en una voz compungida, al borde del llanto.
Sin volver la mirada, y continuando con los preparativos para que todo estuviera en condiciones, porque sabía de lo caprichoso que solía ser Malvestitti, el cirujano de guardia, trató de serenar al paciente.
- Señor, tiene un elemento cortante incrustado en la zona pectoral, trata de guardar la calma, que en breve lo estarán interviniendo. Me imagino que debe doler, pero le aseguro que está en camino el anestesista.
- Ya sé que tengo un cuchillo clavado, me lo clavaron en el pecho, no en los ojos, no estoy ciego - respondió ofendido el hombre, llamando la atención del enfermero, que entonces se acercó a la camilla.
- Mire, voy a ver si me dejan administrarle algo para el dolor, tiene que ser fuerte mientras tanto...
- Espere, ¿dónde va? ¿Me deja solo?
- Voy a buscar algún analgésico fuerte.
- ¡Pero por favor, hombre! Es un cuchillo nomás, nada de mariconadas. Bueno, es un Arbolito. Tampoco es para desmerecerlo. Mírele el filo. ¿Y qué me dice del mango? No es moco e' pavo.
- Por eso mismo, si puedo darle algo para el dolor...
- Esto no duele. Duele lo otro, la traición. ¿Se cree que me quejo por tener un pedazo de acero metido en el cuerpo? Qué poco conoce a la gente, don. Qué poco. Me quejo porque me duele el alma, el corazón.
- Es que por la zona, puede que haya lastimado alguna parte del corazón, fíjese que el cuchillo está justo...
- ¡Cállese! Le digo que lo que duele es otra cosa. Es la mentira. La decepción. Incluso, le digo más, la cobardía.
- No diga eso, mire que es grave lo suyo, no se considere un cobarde. Si tiene que llorar, vamos, adelante. Demuestre dolor.
- ¿Usted es enfermero o pelotudo? ¿Qué mierda pasa, me atravesó la lengua el cuchillo que no me entiende? Le estoy diciendo que no me duele nada superficial, sino algo en el interior.
- Puede estar comprometido algún órgano...
- Y dale con eso. Hombre, no. El dolor que siento, es el de haber sentido en carne propia la desazón como padre. Eso mismo. La desazón. Y por qué no, la vergüenza. Verlo ahí, haciendo eso, con ese, y entonces, me puse, se puso, nos pusimos y bueno, sucedió.
- ¿Entonces no le duele?
- ¿Cómo no me va a doler? En mi casa, en mi cuarto, en mi cama. Ahora comprendo una cosa. No le tendría que haber dado tiempo de levantarse los pantalones. Ahí nomás tendría que haber desenfundado. Uno, dos. Tres, cuatro, como para asegurar.
- ¿Qué cuenta, no entiendo?
- ¿Contar? ¡Los disparos, hombre! Cuatro, dos para cada uno. ¡Y sefiní! Pero no. Toda esa sensiblería del padre y el hijo, toda esa estupidez que le imponen a uno desde que el malparido nace y empieza a llorar. Esa filosofía moderna de no retarlo, de no pegarle, de no traumarlo. Esa mierda moderna que no sirve para nada. Pollerudo, traidor. Esa es la palabra. Traidor. Eso es lo que duele. Porque esperó a que me diera vuelta, a que diera el primer paso hacia fuera de la habitación.
- ¡Al fin comprendo, ahí fue que su hijo lo atacó!
- ¡No entiende un carajo! Ahí fue cuando viendo que me iba, arremetió de nuevo con Ricardito, mi mayordomo de toda la vida. Mi mayordomo. Mi Ricardito. Traidor de mierda. Tenía al jardinero, al cocinero, al que quisiera y se va a encamar con Ricardito. Para no clavarme este Arbolito en el medio del pecho y tratar de matar ese dolor que me carcome. Tendría que haber agarrado el de la hoja larga, la puta madre. ¿No sabe cuándo llega el cirujano? Por ahí con un bisturí afilado me extirpa esta sensación horrible en mi pecho.

2 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Tremendo y real. Cuando se meten con nuestros hijos creo que hasta el más santo se vuelve asesino.
Muy bien narrado Neto.

mariarosa

SIL dijo...

Son casos ante los que jamás sabemos como podemos reaccionar... pero la violencia jamás ha sido un camino aconsejable... =(




Abrazo.