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30 de diciembre de 2013

No teníamos sidra

Pasó lo mismo que el año anterior. Faltaba media hora para el brindis y descubrimos que alguien se tomó la sidra que estaba esperando a ser descorchada en la heladera. Que fue la Brenda mientras cortaba las frutas para la ensalada, que se la llevó el Miky al campito para tomar con los amigos, que esto, que lo otro. Lo único cierto es que no teníamos sidra.
Ana dijo que lo olvidáramos, que brindábamos con vino, con cerveza, con lo que "haiga", dijo muy campechana sin reparar en la palabra utilizada. Pero yo miré a la vieja y la desazón que encontré en su rostro me desmoronó. ¡Con lo que le gustaba la sidra! Pobre vieja, siempre laburando para tener todo impecable para sus hijos y la vez que podía sentarse a tomarse una copita de sidrita con su familia, algún inmaduro le quitaba el placer.
Me puse de pie y me acerqué a la vieja. Le murmuré al oído, la besé en la mejilla y me alejé guiñándole un ojo al Pipi, que con sus tres añitos era ajeno a todo, repleto de tierra de pies a cabeza, jugando en el suelo con sus autitos.
¿Dónde vas? me preguntaron casi a coro Elena y mi mujer. A comprar una sidra, les dije como si fuera lo más normal del mundo. Las dos se miraron asombradas. Para no estarlo, casi medianoche, casi año nuevo. ¡Quién tendría un negocio abierto a estas horas! Y menos en el barrio, donde solo había un kiosco y cerraba apenas amagaba con irse el sol.
Mi mujer se me acercó apurada. Pensé que me pediría que me quedara, que no saliera, que ya casi era la hora del brindis. Pero en realidad lo que quería era decirme que fuera en la bicicleta de mi cuñada para hacer más rápido, y que si encontraba pasas de uva con chocolate, le trajera un paquetito, porque tampoco quedaban más y era la única confitura que la tentaba.
Salí pedaleando, escuchando algún que otro petardo a la distancia y cruzando, con la vista, más de una cañita voladora reventando en el aire.Como supuse, en el barrio la búsqueda era decididamente en vano. Cambié el rumbo y tomé una calle hacia barrios más céntricos. Se veía gente en las veredas, algunas mesas al aire libre, ventanas iluminadas con grupos de personas comiendo o charlando del otro lado, se observaba fiesta y buen ánimo en todas partes, pero no había ni miras de un negocio abierto.
Recordé entonces la estación de servicios por la ruta. Miré la hora en el celular y lo volví a meter en el bolsillo de la camisa. Unos quinces minutos para el año nuevo. Le metí ganas al pedal. La idea de no llegar para el brindis me ponía los pelos de punta. Pero pensaba en la viejita y entonces volvía a entender la razón por la que estaba yendo en bicicleta hacia las afueras de la ciudad.
Fui silbando La Cumparsita, como cuando era pibe y salíamos con el Mingo, mi abuelo, a andar en bici hacia el puerto. Nos gustaba quedarnos por horas mirando el movimiento portuario. Es que el viejo había sido marinero, según me contaba entonces, ganándose toda mi admiración. Después, con los años, supe que había sido toda una mentira, que conocía el mar de fotos y que lo único que hacía al llevarme allí era escapar de su trabajo en el taller de calzados que tenía en el garaje de su casa. ¡Pero quién me quitaba todas sus historias, inventadas o no!
Fue entonces que vi las luces de la estación de servicios. Sentí un alivio enorme al divisar a un empleado detrás del mostrador. Desaceleré y me bajé de la bicicleta aún estando en movimiento, como cuando era chico y hacía enojar a la vieja con eso, que temía que me diera con la ñata en las baldosas.
- Buenas noches - dije con elocuencia, feliz de haber encontrado algo abierto - ¿Tendrá una sidrita para vender?
- ¿Va a brindar solo, mi amigo? - preguntó cansino el hombre, mientras se dirigía a la heladera del fondo.
- No, estoy con mi familia, pero nos quedamos sin sidra.
- Error de cálculo.
- Má no. Algún vivo que se la tomó y no dijo nada.
- Ovejas negras hay en todas las familias.
-Ni que me lo diga.
- Aquí tiene, bien fría - el empleado me extendió la botella, dentro de una bolsa.
Por alguna razón, reparé en la situación del hombre. Trabajando a minutos de explotar el cielo en millares de colores y sonidos, del entrechocar de copas de norte a sur cuando las campanadas de la iglesia frente a la plaza den las doce. Y no pude resistir a la tentación de preguntar.
- ¿Debe ser feo estar acá, en este mostrador, cuando todo festejar, no?
El hombre sonrió, pero fue una sonrisa triste, como resignada.
- Y para qué le voy a mentir - me dijo - La verdad es que vivo solo, así que cada año pido trabajar la noche de Navidad y la de Año Nuevo, para no joder a los demás, que tienen familia.
- Pero che, la pucha. ¿Ni un familiar, nada?
El empleado, mientras buscaba el vuelto para mi billete, meneó de un lado a otro la cabeza.
- Y digo - proseguí, sin intención de enterrar ninguna cuchilla pero con la curiosidad propia de una vecina con rulero y escoba en la mano - ¿no le molesta tener que hacerlo?
- ¿Trabajar en medio de una fiesta? Para nada. ¿Se piensa que soy el único? Se equivoca, imagínese la cantidad de estaciones de servicio abiertas en este momento en el país. O la cantidad de guardias de seguridad en bancos, fábricas o empresas, recorriendo en estos momentos el perímetro, controlando cámaras de seguridad, estando alerta. O en los camioneros que viajan, los taxistas recorriendo las calles, los médicos y enfermeras atendiendo una urgencia, o prontos a ayudar a dar a luz en un parto. O los policías, que velan por los demás. Los bomberos alertas para combatir cualquier siniestro. Los colectiveros cubriendo las distancias sin quitar la vista de camino. Y mírese a usted, hablando aquí conmigo, cuando en su casa deben estar levantando las copas, chocando unas con otras. Tome, aquí tiene su vuelto.
De inmediato, los estruendo lejanos, se convirtieron en una estampida de cohetes, explosiones y gritos de algarabía que vaya saber de qué parte traía la brisa veraniega. Y al levantar la vista, a través del enorme ventanal, fui testigo del sinfín de colores que estallaban sucediéndose uno con otros en brutal coreografía.
- Feliz año nuevo - me dijo el hombre, teniéndome la mano para saludarme.
No dudé en darle un abrazo y abrir la sidra que acababa de pagar. No había copas, así que nos pasamos la botella y tomamos del pico.
Cinco minutos después pedaleaba de nuevo hacia la casa de la vieja, con una sidra fría sin abrir en una bolsa de nylon, ocasionalmente estampada con un arbolito verde y bolas de colores. Iba silbando La Cumparsita, sabiendo que al llegar recibiría reproches y vaya a saber que más. Pero la sidra me había entonado y poco me importaba. Pensaba en la vieja, en su copita llena, en la dicha de poder sentirme libre y saber que los momentos, por más efímeros que fuesen, son únicos e irrepetibles, estemos donde estemos. ¿Quién me quitaba ser testigo de la sonrisa del empleado, al fin brindando con alguien? ¿Quién me quitaba el poder salir en pleno año nuevo a buscarle una sidra a la vieja?
Me sentía un super héroe, alguien renovado. Podía ser el efecto de las primeras horas del nuevo año o bien, el alcohol de la sidra. Poca importancia tenía. Eran como las historias del Mingo. Si eran ciertas o no, de qué valía. Me habían hecho bien, me habían llenado el alma, la infancia.
El viento me daba en la cara, bendiciéndome en el primer día de enero. Podía ver la lamparita del frente de la casa titilando en la noche. Y debajo de esa luz oscilante, la figura de mi mujer, esperándome - preocupada - con los brazos cruzados.
Sonreí sin ocultarlo y pedaleé con más fuerza, con tantas ganas de abrazarlos a todos, que la alegría no cabía en mí.


27 de diciembre de 2013

La aterradora verdad que esconden los pinos

Renzo no tenía miedo. O al menos, eso pensaba Celeste. Lo veía avanzar comandando el grupo, con el porte sereno y la voz firme, sin ningún temblequeo. Ellos, en cambio, iban apretujados unos con otros, lanzando miradas a todas partes, seguros que en cualquier momento alguna sombra se transformaría en un monstruo o algo por el estilo.
La idea de visitar el cementerio de noche había surgido casi de imprevisto, por una apuesta tonta con otro grupo de chicos, con los que habían coincidido esa tarde en la plaza. Renzo había aceptado el reto en nombre de todos, pero sin consultar a ninguno.
Quizá por eso, o bien, porque lo hacia siempre, había tomado el liderazgo en la misión. La noche lo hacía más difícil. Celeste pensó en sus padres, seguramente tranquilos mirando la televisión en la cama, pensando que su hija estaría en casa de Antonella, con más amigas.
No podía imaginar en que pensaban los demás, pero los notaba aterrados. Marchaban iluminando el camino con apenas un par de linternas, de muy baja potencia. Algo de ayuda tenían de la luna, que gigante en el cielo, ofrecía un mínimo de claridad. Pero al mismo tiempo, con su presencia, le daba a la aventura cierto matiz de película de terror, que no era del agrado de la mayoría.
Alguien preguntó hasta donde iban a caminar. Las tumbas al aire libre ofrecían un inhóspito abrazo. Los mausoleos, monumentos a la soledad y al abandono, se erigían fantasmales de un lado y de otro. Las callejuelas internas parecían ensancharse, apretándolos con  fuerza, casi dejándolos sin aire. Celeste sabía que no era que se angostaran, sino que ellos caminaban más amuchados, por el miedo.
Renzó demoró en hacer oír su voz, trayendo la respuesta.
- Hasta la parte de atrás, donde están los pinos.
Más de uno sintió que un dedo frío le recorría la espalda. Todos sabían la historia. Decían que donde estaban plantados los pinos, habían enterrado hacía años a los reclusos que se habían amotinado en la comisaría de la ciudad, provocando un enorme incendio y la muerte de todos.
Pero no hubo quejas. Solo miradas al suelo. Una apuesta era una apuesta. Renzo y cada uno de ellos lo sabía. Más allá del miedo, estaba el honor. Y eso, cuando uno es niño, es más importante que cualquier otra cosa. Incluso que la cordura.
Iban en silencio y cada vez que alguno pisaba una rama, haciéndola crujir, saltaban en el lugar. Antonella o Leticia, además, pegaban un breve chillido. Celeste no podía distinguir cuál de las dos era. Lo que si podía diferenciar, era la calma del líder, de Renzo, en contraposición con el resto. Y eso, dentro del escenario donde estaban, le transmitía valor para seguir avanzando.
Hasta que de repente, Renzo desapareció. El grupo se detuvo, paralizado, espantado. Estaba allí, adelante, a pocos metros. Y de un momento a otro, ya no estaba más. Celeste pensó que se le cortaba la respiración. Uno de los chicos balbuceó algo, que nadie entendió. Pero la preguntaba que bailoteaba en todas las cabezas era la misma: ¿Y ahora que hacemos?
Fueron treinta segundos de desconcierto, todos clavados como estacas al suelo, con la imagen de los pinos a escasos diez metros. Bastó que algunas ramas crujieran entre los árboles, para que comenzaran los gritos.
El grupo se desarmó en una fracción de segundos. Niños y niñas abrieron sus bocas para arrancar alaridos de pánico, mientras volvían sobre sus pasos, pero ya sin respetar la fisonomía de grupo con la que habían llegado.
Los más rápidos se habían adelantado varios metros en la fuga hacia la entrada. Un par de niños había tropezado y rodado en el suelo. No les importaron las magulladuras, se levantaron y volvieron a movilizar las piernas. Celeste corrió y corrió, mientras su pecho se agitaba de manera alarmada. Se odiaba por no tener el coraje necesario para poner orden, para detenerlos y pedirles que regresaran por Renzo.
Llegó a la puerta principal del cementerio exhausta. No sabían cuántos venían detrás de ella y cuántos habían salido ya a la ruta, e iban camino a sus casas, quizá aún gritando despavoridos.
Celeste volvió a mirar atrás. Los pinos volvían a estar distantes. Antonella pasó corriendo por su lado, con lágrimas en los ojos. No vio a nadie más en la calle central. Se miró los brazos y notó los vellos erizados. Tomó un poco de aire. Estaba a punto de emprender la marcha cuando escuchó, lejanas, las risas.
Algo le decía que se fuera. Sin embargo, volvió a meterse al cementerio. Eran carcajadas, podía estar segura. Veían de una callejuela paralela a la principal, detrás de unos mausoleos que se destacaban por sus cúpulas bajas, adornadas con tejas, que bien podían ser rojas o naranjas, pero que bajo la tutela de la noche, eran negras como el alma del diablo.
Avanzó con cuidado. Las risas eran notorias. Las voces, que también había creído escuchar, ahora le llegaban nítidas.
- ¡Viste cómo corrieron!
- ¡Yo les decía que nos íbamos a matar de la risa!
- Estuvo genial Renzo, genial. ¡Qué manera de cagarnos de la risa!
- La verdad que te pasaste, te merecés estar con nosotros.
- ¿En serio, chicos? ¿Puedo juntarme con ustedes?
- ¿Después de ésto? ¡Pero claro!
Ahora, otra vez las risas, los niños mofándose de lo sucedido, la voz de Renzo mezclándose con la del otro grupo, su nuevo grupo y las lágrimas de Celeste, cayendo una tras otra, resbalando sobre las mejillas, para perderse en la gramilla que crecía pegada a una lápida.
Se marchó en silencio, sin que la vieran. Se fue aterrada. Los vivos le daban más miedo que los muertos.

24 de diciembre de 2013

Antes de Navidad

Le pedí como cada año que escribiera su carta. Me miró de manera desagradable y estuvo a punto de decirme algo. Pero en lugar de eso, dejó los juguetes en el piso y fue a buscar la cartuchera de la escuela que desde que había terminado las clases, había quedado en la mochila.
Se sentó a la mesa y se puso a escribir en una hoja que también había sacado de entre sus cosas. Levantaba la vista de vez en cuando, dejando el lápiz apoyado en el labio inferior, como pensando en algo distante. Luego volvía a la escritura, casi en forma salvaje.
A los pocos minutos estaba otra vez jugando. Le dije que cuidara no de jugar muy cerca del árbol de Navidad. El año pasado había enredado un auto a control remoto con las luces y tirado el árbol al sueño. No hizo demasiado caso. Pero al menos, había escrito la carta.
Sabía que no iba a tener la misma suerte con su hija. Ya tenía quince años y estaba en una etapa que podía calificar de complicada. Llegó a casa cuando me disponía a cocinar. Como sucedía desde hacía un tiempo, entraba sin saludar y se encerraba en la habitación.
Fui hasta la puerta y golpee, primero con suavidad. Al no responder, toqué más fuerte. Finalmente, la llamé por su nombre y con un tono más alto que lo común.
Abrió bruscamente, asustándome. Sin embargo, era lo que ella buscaba. Mi enojo. Mantuve la calma y le pedí lo mismo que a su hermano, que escribiera la carta. Sus ojos parecían cruxificarme. Me gritó que era grande y que no tenía sentido, que ella ya sabía la verdad.
Mordí con fuerzas los labios. ¿Acaso valía la pena discutir con alguien que no escucha, que no hace el esfuerzo siquiera? Le dije que lo hiciera por su hermano. Se rió en mi cara. Me contestó que él también pronto crecería y sabría la verdad. Tarde o temprano la sabría. Y entonces me condenaría por haberle mentido tanto tiempo.
Cerró la puerta y quedó entre la madera y mi rostro un aire viciado, donde crecía la rabia y la impotencia. Porque sabía, muy en lo profundo de mi alma, que ella tenía razón. Todos los años la carta y para qué, con qué motivo. Aferrarse a una creencia, a una manera de ver la vida.
Si el padre de los chicos había fallado como ser humano, no era culpa de ellos. Este año solo le llevaría una carta. Quizá el año próximo ni siquiera eso. La única cárcel de máxima seguridad que conozco, no es la que visitaré esta tarde, sino la de mi propia vida, presa de mis decisiones. A veces creo que hasta de esto tengo la culpa, de que el maldito hijo de puta de mi marido haya nacido justo antes de Navidad.

21 de diciembre de 2013

Willy Corona o el Hombre de las Nieves

Considero que cualquier trabajo digno merece que la persona que lo realiza, se esmere por hacerlo lo mejor posible, porque en el todo de una sociedad la suma de las partes es lo que garantiza el bienestar general.
Mi rol en ese engranaje se puede encasillar en el rubro artístico. Desde muy pequeño sentí cierta atracción por actuar. Quizá desde que comprendí que haciendo monerías podía cambiarle el ánimo a las personas, haciéndolas reír o en algunos casos, como a mi madre, enojar.
El primer papel importante fue en un acto escolar, que rememorándolo me sabe a bizarro. Puede que haya sido mi primera experiencia de teatro under, sin siquiera saberlo. Interpreté en una rara pieza teatral escolar a un mexicano llamado Willy Corona, que tenía la particularidad de usar bigotes anchos, grandes y oscuros, llevar una pistola en cada mano y hablar a los gritos, repitiendo palabras que en ese entonces no le encontraba sentido, como ser "manito" y "cuate".
Les mentiría si les dijera de que trataba exactamente la obra, pero tengo imágenes fugaces de una fauna diversa de personajes sobre el escenario de la escuela: un cantante de rock, un navegante africano, un vendedor de pizzas italiano, un bailarín ruso y una mazamorrera argentina. Aunque dudo si ésta última no pertenecía a otro evento en el colegio, quizá el acto por el Día de la Indepencia o la Revolución de Mayo.
Les repito, no puedo encontrar en mi memoria un registro más fehaciente de lo ocurrido sobre las tablas, pero si tengo la certeza de haber sido esa mi primera presentación ante un público que no fuera solo el del ámbito familiar, que siempre es condenscendiente.
Soñé desde entonces con una carrera brillante, repleta de éxitos, de viajes al exterior recorriendo galas de premiación, rodeado de otras grandes figuras, firmando autógrafos y sentándome en los sillones de invitados de los más renombrados presentadores televisivos de todo el mundo.
Me veía noche a noche, cuando cerraba los ojos, abrazado a estatuillas de oro, agradeciendo con lágrimas en los ojos a todos los que hacían posible ese momento. Me despertaba a veces aferrando con fuerza el cuello de mi oso de peluche, como si realmente fuera un premio que temía me arrebataran en la soledad de mi habitación.
No dudé ni un instante al salir del colegio secundario. Me anoté en Actuación. Poco importaba el reproche de mi padre, que me quería trabajando en alguna fábrica para asegurarme el salario mes a mes. Y mucho menos, el deseo de mi madre, de tener un hijo ingeniero donde pudiera proyectar todos sus anhelos frustrados de una educación universitaria.
Debo confesar que fue muy duro. Viviendo en pensiones, trabajando en bares, como malabarista en esquinas, repartiendo folletos, incluso, durante unos meses, donando esperma o sangre a cambio de dinero.
Pero el día llegó. Y no hablo del día de la graduación. Porque ese día pasó sin pena ni gloria, ya que si bien celebré con los compañeros, no tuve a nadie de la familia cerca para recibir un abrazo. Hablo del día de la primera gran posibilidad laboral en lo mío, en la actuación.
El rol protagónico. La gran chance. Para esto es que me preparé durante tantos años, haciendo cientos de sacrificios y sufriendo por momentos, enormes penurias. Este era mi trabajo y como tal, como parte del aceitado engranaje de la sociedad, debía hacerlo de la mejor manera, para de esa forma contribuir al mundo desde mi humilde lugar. Y no nos engañemos, para lograr también el reconocimiento, el aplauso y de alguna manera, atraer la atención de productores o directores que se animaran a confiar en mi talento, mi preparación continua.
Fue entonces, cuando me hicieron la señal convenida de antemano, que el corazón se me aceleró a tal punto que temí por una parálisis escénica. Sin embargo, fue una fracción de segundos, un temor infundado, que de inmediato quedó en el olvido al recordar mi lugar en el mundo, aquel que descubriera en la piel de Willy Corona mientras agitaba los brazos al aire, blandiendo las armas de plástico y gritando "oye manito" y "oye cuate".
En un santiamén me puse la calurosa máscara de hule con cabello sintético, completando el traje que me había colocado una hora antes, para aclimatarme al personaje. Y gruñendo enfurecido, como había practicado todo el mes, salí al hall central de la enorme juguetería para representar al Wilfred, el Abominable Hombre de las Nieves.
Les juro que pude ver el terror en los ojos de esos pequeños. Les juro que los pude ver. En ese momento supe que mi actuación era soberbia y que ellos, no me olvidarían jamás.


18 de diciembre de 2013

Doble chance

La mano buena sostenía la linterna. La otra, la que sangraba, era un peso que latía con dolor a un costado de su cuerpo. La luz comenzó a parpadear. De pronto, todo fue oscuridad.
No fue el terror de no ver lo que lo agitó, sino el grito ahogado de su novia, que caminaba un paso detrás. Le pidió que mantuviera el silencio, en apenas un susurro.
Hacer ruidos no era un privilegio que pudieran darse. Aquel lugar tenía terrores mucho más grande que la simple y siempre desconocida oscuridad.
Caminaba tanteando con la mano sana, que aún aferraba la linterna como si esta en cualquier momento fuera a despertar de su letargo. Su novia, que no podía calcular dónde estaba, lo empujaba sin querer cada tanto.
El andar se dificultaba por el agua, que les tapaba los tobillos. El sentir los pies mojados y fríos era otro obsctáculo físico y mental.
Una pared de granito tropezó con su mano. Con los dedos fue siguiendo su rastro hasta dar con un espacio vacío. Un conducto hacia alguna parte. Se podía escuchar a lo lejos el sonido de una vertiente. Si el agua iba hacia allí, es que había una salida.
Su novia volvió a emitir un chillido. Lo había hecho en otras ocasiones al creer sentir una rata en sus piernas. Pero ahora, estirando su brazo, había tomado la mano lastimada de él. Dio un respingo de dolor, pero no rechazó el gesto. También había oído lo mismo. Y no se trataba de la pequeña cascada más adelante.
Era una respiración entrecortada, casi un jadeo, proveniente de dónde ellos venían caminando.
- Algo nos sigue - dijo ella en voz muy baja.
- Lo escucho - respondió él, tratando de no alarmarla.
Metió la linterna entre el pantalón y la cintura y en su lugar, tomó el revólver que llevaba en el bolsillo interno de la campera.
- Ponete atrás mío - le pidió a su novia.
Ella obedeció sin chistar, acurrucándose en su espalda.
La respiración se acercaba más y más. Incluso se podía sentir el chapoteo en el agua, de lo que parecía, ser pies o patas de algo muy enorme.
Empuñó el arma y colocó el brazo en horizontal, apuntando hacia delante. Era conciente de aquella pesadilla. Para llegar a ese subsuelo había tenido que utilizar cinco casquillos. El tambor era de seis. Solo le quedaba una oportunidad. Tenía una chance doble: la de acertar y que el fogonozo iluminara lo que los perseguía o la de errar y que el fogonazo alumbrara aquello que los mataría.
- Si llego a fallar, tenés que correr hacia dónde escuchás la cascada de agua.
- Corremos los dos, sola no me voy.
- Corrés sola, si fallo tengo que enfrentarlo. Ya viste lo que nos atacó arriba. Esto parece más grande. Si avanzamos los dos, nos matará a ambos. De esa forma, vos tenés una posibilidad.
- Prefiero quedarme con vos.
- ¡No digas tonterías! Preparate, voy a disparar.
- ¿Y escapar sola? ¿Te creés que afuera voy a estar a salvo? ¿Tenés la esperanza que lo que ocurrió en el laboratorio ya no esté esparcido afuera? ¡Maldita sea, los dos sabemos que ya no hay escapatoria! Acá, afuera, dónde sea. Ya no la hay. Me quedo.
Escucharon otro paso más en al agua, mucho más cerca. Entonces, él disparó.
La luz de la explosión fue suficiente para ver la bestia que los acosaba, mientras la bala seguía su trayectoria.

15 de diciembre de 2013

Podría haber sido menos boludo

Podría haber sido menos boludo, pero me compré un auto. Ahí saltó todo. Se destapó la olla, como quién dice. En realidad venía de antes la mano. Pero con esa comprita, quedé pintado.
Todo comenzó en abril o mayo. Ya no recuerdo. Miento, si recuerdo. Fue para el día del trabajador. Era feriado, no había un alma en la calle y entonces el BMW frenó casi tocando el cordón de la vereda.
- ¿Sos Ferreyra? - preguntó un tipo de bigotes y anteojos oscuros, sentado del lado del acompañante. Había bajo el vidrio polarizado y era lo único que alcanzaba a verle - ¿El que juega de 9?
- Si - respondí de inmediato, enceguecido por ese coche sacado de una película, pensando en que quizá el tipo era un representante o algo y me había visto jugar.
- Te vi jugar - me dijo, como leyéndome el pensamiento. En ese instante se me dio vuelta el culo.
- ¿Contra Atlético? - pregunté esperanzado, porque en el clásico metí dos pepas y una asistencia.
- No, en un video que me mostraron. Es la primera vez que vengo a la ciudad, soy de Capital - me confesó.
La respuesta no me desmoronó, muy por el contrario. Si había visto un video, era que le había gustado mi forma de jugar. O eso pensé.
- Mirá, te la hago corta - me dijo, haciéndome una seña para que me acercara y cuando estuve a una lengua del vidrio, bajó la voz, pero siguió hablando - Quiero arreglar un partido. El que van a jugar dentro de dos domingos. Necesito que termine empatado. Con unos amigos hicimos una apuesta algo borrachos, elegimos un partido al azar del interior y pusimos muchísima plata en juego.
- Pará, en esa no me meto - y dando un paso hacia atrás quise dar a entender que era humilde, pero honrado.
- Cincuenta mil.
Dos palabras bastaron. Me acerqué para que me las repita, pero las había escuchado bien. Hice cálculos y si bien no soy bueno para eso, entendí que con eso tiraba para un buen rato sin necesidad de laburar, ayudándome solo con lo poco que me pagaban por partido en el club.
- ¿Empatados? - pregunté.
- Empatados - contestó.
Hice memoria, repasando el fixture. En dos domingos jugábamos contra el último, al que todos le metían cuatro o cinco.
- ¿No puede ser otro partido? - no quería compartir el dinero con los demás, ni mamado. Para que nos empatara el Sportivo teníamos que jugar mal y esperar un milagro.
- Ese. Ningún otro. Vimos videos, sabemos que es difícil. No te digo que estábamos borracho. Elegimos un partido al azar en una página web del interior.
- ¿Y justo ese?
- Justo ese. ¿Te interesa? Si empatan, hay cincuenta mil. Lo repartís entre todos, entre los que colaboren, como vos quieras. Vos sos nuestro nexo. Ahora, no empatan y nunca nos viste. No te preocupes por tomar la chapa patente que está cambiada. No comemos vidrio.
- Pero cómo sé que me van a dar la plata si empatamos. ¿Un adelanto, algo?
El bigotudo miró hacia el lado de conductor. Luego negó con la cabeza.
- Somos gente de palabra, vas a tener que confiar. Hagan lo posible y serán recompensados.
Prácticamente no dormí esa última semana. Estuve a punto de contarle a los muchachos, para que se prendieran. Pero si empezaba a repartir, quedaba poca guitarra para cada uno. Llámenme egoísta o como quieran, pero quería la plata para mí.
El domingo del partido llegué al vestuario con un dolor de cabeza que me partía la cabeza. El técnico me preguntó que me pasaba y le dije que con seguridad había comido algo que me cayó mal.
- No seas pelotudo Ferreyra, que no tenemos suplentes. Lo que jugamos con el Sportivo para ahorrarnos unos pesos la directiva le dijo a los suplentes que no vinieran.
- ¡Qué ratones que son! - argumenté, sabiendo que me venía al pelo, ya que por más mal que jugara, no me iba a sacar.
Pero me costó meterme en el partido. Es decir, en el partido que querían los porteños. Porque a los cinco minutos la mandé a guardar. Tanto nervio tenía, que la metí en un ángulo. En lugar de salir corriendo a gritarlo, me agarré la cabeza.
- ¿Qué hacés? Gritalo pajero - me fustigó Loyola, el capitán.
- Se me parte la cabeza, puto de mierda. Cómo me gustaría que te doliera a vos así - le dije con bronca. Se me rió a la pasada y me palmeó la espalda.
- Tranquilo Ferreyra, mientras la sigás metiendo, agarrate los huevos si querés.
A partir de ahí, traté de hacer todo para no convertir. Devolví los pases mal, definí a la tribuna, hice que la pelota se me iba por debajo de los botines, se la regalé varias veces a los contrarios.
Era mucho, es verdad. Creo que si había cincuenta personas viendo el partido - que no definía nada, estando a una fecha del final - me silbaban cuarenta y nueve. El restante no, porque se estaría riendo.
Mis compañeros me decían de todo. Y cuando, faltando cinco, teniendo la pelota en la mitad de cancha, me di vuelta, le grité al arquero "¡tuya!" y se la tiré con todas las fuerzas, haciéndosela pasar por encima de su cuerpo y metiéndola directo al arco, sin que picara en el área, me quisieron matar.
Hubo dos que me corrieron para trompearme. El árbitro los tuvo que separar y expulsar. Nos quedamos con ocho, porque a mi me cortaron de una piña arriba de la ceja izquierda y tuve que salir por el tema ese de la sangre.
Era tal el enojo del cuerpo técnico, que ni a atenderme vinieron. Temí por un momento que con tres menos, los del Sportivo nos pudieran ganar. Pero fue pura imaginación. Apenas si cruzaron la mitad de la cancha y fue cuando sonó el silbato, para saludar a los rivales.
No me hablaron por un mes, no jugué en lo que quedó del torneo y a regañadientes me llamaron para hacer la pretemporada siguiente.
Eso si, al día siguiente del partido llegó un auto a la puerta de casa, otro, no el BMW, se bajó el bigotudo con un sobre papel madera grande y me lo dio en mano.
- Los cincuenta. Sos groso Ferreyra.
Me hice el duro y saludé con un ademán pero ni bien el auto desapareció de mi vista corrí para dentro a contar la plata. Ni un peso menos ni uno más. Cincuenta mil, como había prometido. Salté de felicidad, aunque cuidándome de no hacer mucho ruido porque la vieja dormía en la piecita del fondo.
Y la guardé, no podía salir a derrocharla. Pero bueno, imagínense, desde mayo hasta ahora, pasó un tiempo. El tema es que le pifié en algo. Me la tiré de vago. Dejé de caer en las obritas de Suárez, que me daba changas de albañilería, empecé a estar al pedo y eso levanta sospechas. El club me tomó para la segunda parte del año, pero a los otros muchachos le tiraban unos pesos más que a mí. Y estaba bien, con el cagadón que me había mandado contra el Sportivo.
Pero la terminé de embarrar la semana pasada. Salí de entrenar y la concha de la lora, me habían afanado la bicicleta. ¿Comprarme otra? ¿Pedir una prestada? ¡Si tengo cincuenta mil guardados! Además con lo de la inflación que dice la tele, la radio, en cualquier momento no valían un carajo.
Así que fui y puse pesito por pesito, uno encima del otro, en la concesionaria del Pato, que es uno de los sponsors del club. No me dio para un cero, pero si para un 2011. ¡Cuando los pibes me vieron llegar al otro día! Se cayeron de culo.
Claro, al mismo tiempo, empezaron a sospechar aún más. Reflexionaron sobre esto, sobre aquello, unieron una cosa con otra y me golpearon la puerta, hace dos noches.
- ¿Cuánto te dieron, Ferreyra?
Y los guachos no me creyeron que solo cincuenta. Les mostré la factura que me dio el Pato y les dije que los dos mil cien que me habían sobrado los tenía preparado para el papelerío del auto.
- Dale, dale. Si con cincuenta te compraste el auto, con el resto estás viviendo. ¿Cuánto te dieron? ¿Dónde escondés la papa, Ferreyra?
Lo que seguí negando todo, me molieron a palos. Me dieron duro y parejo. Arriba, abajo, al costado. En todas partes. Soy un escracho humano, como dice la vieja. No me mataron porque llegó la policía. Alguno honesto me debe haber denunciado, en vez de irme a recagar a golpes.
En fin, no será un buen lugar este, pero estoy a salvo. ¿Y ustedes muchachos? ¿Qué los trajo a esta celda?

12 de diciembre de 2013

Sospecha sobre el ladrido de los perros

Comencé a sospechar durante mis caminatas nocturnas, cuando en la soledad de la noche, con solo el interminable manto negro de fondo, los perros me toreaban o me ladraban sin mediar enfrentamiento alguno.
Siempre fui de hacerme querer por los perros que hubo en la familia, o propiedad de algún amigo o conocido. Jamás tuve que lidiar con una mordida imprevista de algún canino callejero. Por supuesto que tampoco debía alarmarme que un perro saliera a ladrarme en medio de la noche, pero lo raro pasaba por otro lado.
No era uno solo, eran todos con los que me cruzaba. Y el ladrido... el ladrido parecía de otro mundo.
Coincidió que por esa época tuve los primeros dolores fuertes en el pecho. Arrancaron los chequeos y los médicos diagnosticaron lo peor. Si no se me practicaba una operación de corazón en las dos semanas siguientes, acabaría en la tumba.
El Boby, el siempre simpático pug de Matías, mi primo, me retuvo en la puerta un par de minutos ladrando sin cesar. Nadie pudo explicar la situación. Eso fue el domingo antes de la operación.
Me encomendé a Dios y todos los santos. Era una parada difícil. Mi familia permaneció en el pasillo externo del quirófano las seis horas que duró la operación. Incluso estuvo Inés, de quién me había separado hacía un año. Fue un buen gesto de su parte, aunque en silencio le reprocho todas las amarguras que me llevaron a esa situación límite.
La operación fue un éxito. Permanecí en observación tres días. Me bajaron a una habitación común antes de lo previsto y de la misma manera, abandoné la clínica el siguiente fin de semana.
El médico me dijo que a mi favor tenía la juventud. Pero en contra, otras mil cosas. Debía cambiar radicalmente mis hábitos e incluso, calmar mi carácter. Asentí. ¿Qué otra cosa puede hacer un mortal que ha pisado el precipicio? Agradecido con mi salvador, me fui a mi casa prometiendo un cambio en mi persona.
El primer día que mi primo vino a visitarme, no trajo al Boby debido a nuestro último encuentro. Le había mencionado que algo raro me sucedía con los perros. Pero al día siguiente, su novia no estaba y no le quedó otra que traerlo. Los pugs son muy demandantes. Demasiado para mi gusto. De todas maneras, Boby no solo se comportó, sino que estuvo a mi lado, jugueteó en todo momento y no ladró ni una sola vez.
Tardé un par de semanas en sentirme bien como para salir a caminar. Un presentimiento me decía que ya no me ladrarían. Y así fue. La sospecha comenzó a acrecentarse. Busqué denodadamente información en internet y en bibliotecas.
Luego de dos meses de ardua lectura, le confesé mi teoría a un sacerdote amigo.
- Juan, creo que he descubierto algo. Cuando un perro nos ladra de manera extraña y persistente, no le está ladradando a uno. Sino a la Muerte, que nos acompaña de cerca.
Pensé que se reiría, que me diría que la operación me afectó. Sin embargo el Padre Juan, a quién conozco de chico, de cuando iba los domingos a la misa de los niños y oficiaba de monaguillo, me miró muy seriamente.
- Solo los hombres no podemos darnos cuenta que la Muerte siempre acecha. La naturaleza es más sabia, a pesar que a todos nos creó la misma fuerza -  me dijo.
- Cuando estaba con la afección cardíaca, aún cuando no lo sabía, los perros me ladraban. Querían espantar a la Muerte, que me perseguía de cerca. Estoy seguro. Ahora, ya no lo hacen. ¿Debo creer que la he dejado atrás? - pregunté.
- Si. Lo has hecho. Pero cuídate. Puede que tan solo esté permitiendo que te adelantes un poco, para hacerlo más divertido.
- Muy optimista lo suyo, Juan - le dije, riendo.
El rió conmigo. Me palmeó la mano y se despidió, entrando a su parroquia.
- Tanto como el ladrido de los perros - acotó, desapareciendo bajo el umbral.
Y era cierto, de una u otra forma, era solo una advertencia. Ladraban para avisarnos. No para asustarnos. El resto, como gran parte de la vida, depende de uno mismo.

9 de diciembre de 2013

Natalí, la efímera

Ella tenía un problema o en realidad, el problema era para los demás. Efímera en sus decisiones, Natalí cambiaba constantemente lo que previamente había programado. Si bien desde pequeña vislumbraba dicha cualidad, podría decirse que hasta cierta edad, en la que se vive regida por los mandatos de los padres y mayores, aquello no entró en grado de ebullición.
Pero al entrar en la adolescencia, salir del colegio secundario y comenzar una vida alejada del hogar donde se crió, su ciclotimática existencia se hizo notar de inmediato.
El primero en sufrirlo fue Ezequiel, el novio de por entonces.
Suena el celular. Música pegadiza e infantil. Ella revuelve el bolso, pero sin dejar de mirar la novela. El bolso se le cae y el celular se inunda de silencio. La atención vuelve al televisor. La música arranca otra vez. Ahora se agacha, levanta el bolso y lo pone su falda. El teléfono suena más fuerte cuando ella lo extrae y lo lleva hasta su rostro.
- ¿Natalí? ¿Estás en tu casa? Hace dos horas que te espero en la biblioteca.
- Hola amor, si, pero cambié de idea. Me quedo a estudiar en casa. Te llamo después, ¿si?
Ella vuelve a la novela. El protagonista le ha dado un beso a otra que no es su novia.

- Hola, ¿sos Ezequiel?
- Si.
- Recién llamó Natalia...
- Natalí - corrige Ezequiel.
- Bueno, si. Dice que no va a poder venir, que no la esperes.
- ¿Qué no va a venir? Me pidió toda la semana que reservara la mesa para nuestro aniversario.
- Mirá, no sé, yo solo traigo el recado. Si me disculpás, tengo que atender otra mesa.

Musiquita de celular. Ella atiende.
- ¿Natalí? Estoy en casa de tu hermana. Tu sobrino está por apagar las velitas. ¿Ya saliste de la facu? ¿Querés que te pase a buscar por algún lado?
- No te preocupes Eze, me vine con Rodrigo a tomar algo. Y quizá después vayamos a bailar. No sé. Creo que me pongo de novia con él. Chau.

Meses después, una vez comprometida con Rodrigo, se puso de novia con Jacinto a quién dejó por Ismael, hermano de su cuñado.
Se conocieron en la comida que se hizo en casa de sus padres, por el bautismo de su más reciente sobrino, del que debía salir de madrina.
- Claro, a comer venís, pero al bautismo, dónde todos te esperámos, no apareciste - le recriminó su madre.
- Es que me surgió algo y no pude.
- ¿Siempre igual, vos? ¿Solo importás vos en el mundo?
- No te pongas pesada mamá, que me voy.
- ¡Andate! ¿O pensás que sos imprescindible?
- ¡Me voy! Ismael, ¿me llevás?

 Elena le acomodó la corbata. Ismael volvió a mirarse al espejo.
- Te lo digo por última vez, cuñado. Mi hermana no te conviene. Es muy cambiante.
- Estoy enamorada de ella, Elenita. Le puedo tolerar todo.
- No sé, tengo miedo que te canses. Sos muy buena persona. Y ella... a ella le importa un pito el mundo.
- No exageres. ¡Y vamos saliendo, que se escucha la marcha nupcial!
Salieron a un patio grande, repleto de árboles y una enorme parra cruzando el cielo, y entraron por una puerta lateral a la iglesia. La alfombra roja llegaba hasta el altar. Elena era la madrina. Podía notar el nerviosismo en la tensión de las manos de Ismael. Al son de la música y ante los invitados de pie, caminaron por la senda entre los bancos. Al llegar al altar, giraron hacia la entrada, esperando el ingreso de la novia. Sin embargo, vieron entrar refunfuñando a Evaristo, el padre de Elena y Natalí.
- ¡No vino! ¡La muy guacha no vino!

El psicólogo anotó algo en su libreta y levantó la mirada hacia sus pacientes, sentados en un sillón amplio.
- A ver si entendí bien. Natalí tiene un desorden generalizado, por lo que he escuchado, en todo sentido. Falta a sus citas, a sus compromisos, cambia de planes continuamente y no puede asumir ninguna responsabilidad porque no la cumple. ¿Hasta ahí, bien?
- Perfecto - afirmó Evaristo.
- ¿Coinciden ustedes también, Alicia, Ismael, Elena?
Los tres asintieron con sus cabezas.
- ¿Y Natalí?
- Mi hija es conciente de lo que hace - dijo Alicia de inmediato.
- No pregunto eso, sino ¿por qué no vino Natalí?
Los cuatro se encogieron de hombros.
- Ella es así - aseguró Elena, casi en un suspiro.
A pesar de todo, la amaban. Por eso, el llanto incontenible aquella tarde en la que el doctor les dijo que Natalí tenía un tumor terminal.
- No sabemos, pero puede ser la causante de sus cambios constantes.
- ¿Es posible combatirlo, doctor? - preguntó Evaristo, al borde de la silla.
- Está en un estado avanzado. Pero haremos lo posible.

Una semana más tarde, Natalí agonizaba.
El sacerdote amigo de la familia, sostenía su mano. Familiares y amigos rodeaban la cama.
El hombre, repleto de fé, quiso dejar en paz a los presentes.
- Este es el momento donde debemos rezar por su alma. Así Dios...
- ¡Qué día es hoy!
Las miradas, todas, confluyeron en Natalí, ahora con los ojos bien abiertos, incorporándose en la cama.
- Hija, por favor, recostate, que te vas a empeorar.
- Ay mamá, que no soy una nena. Si es domingo, me mato. Tenía que ir a té canasta de las chicas del club. Pero era temprano - amagó a bajar de la cama, pero de inmediato notó que apenas si tenía puesta una bata - ¡Ay, estoy en bolas! ¡A ver si salen, que me tengo que cambiar!
Uno a uno fueron saliendo, sin dejar de mirar hacia la cama. Evaristo salió corriendo a llamar al médico. A los cinco minutos, Natalí cruzó el pasillo caminando y sin permitir que la detengan, con la excusa que no podía perder tiempo, tomó un taxi y se fue.
Anodados, quedaron todos a la espera del doctor, que por teléfono acababa de avisar que en quince minutos llegaba a la clínica.
La perplejidad absoluta no permitió a los presentes observar a la figura alta y oscura, que con una hoz en la mano se alejaba del lugar, refunfuñando entre dientes "hasta a la Muerte desplanta la muy turra ésta".

6 de diciembre de 2013

El amigo del escritor

Hacía mucho tiempo que no veía a Evaristo. Mientras caminaba en dirección al bar donde lo había citado esa mañana, luego de una llamada telefónica impensada, trataba de hacer memoria sobre cuando lo había visto por última vez. Creía haberlo visto un fin de año, en una despedida que se hizo en un restaurant céntrico, pero quizá se estaba confundiendo. Eso había sido al menos ocho años atrás. ¿Podía ser cierto, que hubieran pasado tanto tiempo sin verse?
Durante un instante, fugaz, imaginó que todo había sido un sueño, el llamado, la cita, el viaje hasta el bar y que ahora, al abrir la puerta, todo se desvanecería, como en alguna de las novelas que le gustaba escribir, repletas de misterio y hechos sobrenaturales.
Pero la idea apenas sobrevoló su mente. En una mesa cercana a la ventana más grande, y a solo tres metros de la puerta, estaba Evaristo, con la impronta de siempre, revolviedo con una cucharita el café que se había pedido. Como siempre, Evaristo el impaciente. Miró el reloj. Apenas si se había atrasado cinco minutos.
Evaristo se puso de pie al verlo. Y acortando distancia, con tres largos pasos, llegó hasta donde él estaba. Se estrecharon en un gran abrazo.
-¡Estás igual, Enrique! ¡I g u a l! - dijo Evaristo, siempre tan enfático.
Enrique sonrió. Estaba disfrutando el momento, estudiando a su amigo, buscando las palabras que quizá en un futuro emplearía para describirlo, si es que se presentaba la oportunidad de narrar aquel encuentro.
- Te leo siempre, che. Compro todo lo que publicás. No sabés cómo me gusta lo que hacés - Evaristo volvió a su silla y a su café, al que ahora le estaba colocando un sobre de azúcar.
- Gracias mi amigo. Todavía no salgo del asombro de tu llamada, de volverte a ver - confesó el escritor.
- Y uno es así - dijo con una carcajada Evaristo, que ahora se llevaba el pocillo a la boca - Siempre viajando, yendo a un lado, a otro, haciendo de su vida un itinerario sin fin. Pedite algo Enrique. ¿Un café?
- Dale.
- ¡Mozo! Un café para mi amigo.
- Contame, que te trae por acá.
- Vos.
- ¿Yo? No me digas que viniste solo para saludarme.
- Si y no. Vine para verte y para dejarte una idea macabramente maravillosa para una novela tuya.
Ahora el que lanzó una carcajada fue Enrique.
- ¿Qué te causa gracia? - bromeó su amigo - ¿Sos el único que tiene ideas, acaso?
Hablaron un buen rato viejas amistades y bueyes perdidos. Siempre es bueno volver a esos lugares comunes donde uno se siente a salvo. Media hora más tarde cada uno pidió otro café.
- ¿Y cuál es la idea? - preguntó al fin Enrique, que se debatía entre seguir la grata charla sobre el pasado o ir al otro tema, que le causaba curiosidad.
- Es magistral. Con ésta idea, vas directo al estrellato.
- Mal no me va, debo reconocer.
- Ya lo sé, pero con ésta te consagrás.
- ¿Y cuál es la idea? Contame. Ya me tenés maniatado con la soga de la intriga.
- Escuchá. Escuchá y tomá nota, Enrique. La idea es así. Un escritor afamado recibe el llamado de un viejo amigo. Uno que no ve desde hace años. El amigo lo cita en un lugar, no importa dónde. Y entonces, ahí, café de por medio, le confiesa que se está muriendo. Que es terminal. Que no hay salida. Pero no es la única confesión. Hay otra. Una más grande. Le dice, escucháme bien Enrique, lo mira a los ojos y le dice, así, con el último aliento, que a lo largo de su vida ha sido el más excepcional de los ladrones, que se ha llenado de guita y que la tiene escondida por diversas partes del mundo, y que si está interesado en ir tras esa fortuna, tiene que seguir las pistas que ha dejado para él. Una especie de juego intelectual. Y la primera, le dice, es la servilleta al lado del pocillo de café. Y nada, ahí nomás, saca una pistola y se dispara en la sien.
Se hizo un silencio. Breve, pero al mismo tiempo eterno.
- ¿Y cómo sigue Evaristo?
- No sé mi amigo, hasta aquí llego yo. El escritor acá, sos vos.
Y dicho eso, sacó un revólver y lo puso sobre su sien.
Luego, llegó el estruendo.

3 de diciembre de 2013

Entrevista laboral

Los miró como quién se desentiende de un mueble olvidado en un rincón.
- Veamos, ¿ninguno de los dos ha trabajado antes?
El chico observó a la joven que acababa de conocer cinco minutos antes de la entrevista y apenas con un gesto en sus miradas comprendieron que estaban en la misma condición.
- No - respondió él por los dos.
- ¿Y cuánto pretenden? De guita, digo.
- Yo... la verdad no lo pensé. Me gustaría saber que ofrecen. Y ella...
- A mi me gustaría dos mil. Por día.
- Por ahora es solo por hoy - aclaró el hombre, colocándose anteojos para ver de cerca las fotos que habían llevado los postulantes.
- Bien. Dos mil - confirmó la chica.
- ¿Vas a decirme cuál es tu pretensión? Ella dijo dos mil. ¿Vos cuánto querés?
El joven tragó saliva. Realmente no lo había pensado. Ni siquiera se imaginaba con las agallas para presentarse. Y allí estaba, haciendo esperar su respuesta.
- Dos mil está bien. Igual que ella.
- Si a él le dan dos mil, quisiera un poco más - dijo rápidamente la muchacha.
El hombre dejó las fotos sobre la mesa y les dirigió una mirada prolongada por primera vez.
- Mil quinientos por cabeza. Ni un peso más. Esto no lleva más de una o dos horas. Es plata fácil. Entran a esa pieza, se sacan la ropa, hacen todo lo que no harían con sus parejas y se van. Mil quinientos. Ni un peso más.
Se hizo un silencio. El hombre se puso de pie, levantando un poco sus pantalones, que empujados por la imponente barriga apenas si podían escalar la cintura. Los jóvenes esquivaron las miradas, buscando centrarse en el suelo, las paredes, alguna que otra mosca revoloteando la oficina.
- Por mí está bien - dijo luego de un eterno minuto la chica.
El chico permanecía en silencio.
- ¿Y vos, pendejo? ¿Qué decís? Mirá lo que te espera, un bombón. Y además, te llevás mil quinientos.
El hombre le hizo un gesto a la chica para que vaya metiéndose en la habitación contigua.
- Dale pibe, contestá o hago pasar al próximo.
- Acepto - dijo al fin.
- Bien, metete adentro. No empiecen hasta que ponga en marcha las cámaras.
Cuando pasó al lado del hombre, el chico se detuvo un instante.
- Lo hago porque necesito la plata, nada más. Es para comprar los remedios de mi vieja. No piense que voy a volver.
El hombre, que se estaba sacando un moco de la nariz, rió con ganas.
- Vas a volver solo pibe. Cuando veas lo fácil que es hacer guita, vas a volver solo. Trabajar es para los giles. Así que no pierdas tiempo y andá a hacer lo tuyo, que mal no la vas a pasar.