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24 de diciembre de 2013

Antes de Navidad

Le pedí como cada año que escribiera su carta. Me miró de manera desagradable y estuvo a punto de decirme algo. Pero en lugar de eso, dejó los juguetes en el piso y fue a buscar la cartuchera de la escuela que desde que había terminado las clases, había quedado en la mochila.
Se sentó a la mesa y se puso a escribir en una hoja que también había sacado de entre sus cosas. Levantaba la vista de vez en cuando, dejando el lápiz apoyado en el labio inferior, como pensando en algo distante. Luego volvía a la escritura, casi en forma salvaje.
A los pocos minutos estaba otra vez jugando. Le dije que cuidara no de jugar muy cerca del árbol de Navidad. El año pasado había enredado un auto a control remoto con las luces y tirado el árbol al sueño. No hizo demasiado caso. Pero al menos, había escrito la carta.
Sabía que no iba a tener la misma suerte con su hija. Ya tenía quince años y estaba en una etapa que podía calificar de complicada. Llegó a casa cuando me disponía a cocinar. Como sucedía desde hacía un tiempo, entraba sin saludar y se encerraba en la habitación.
Fui hasta la puerta y golpee, primero con suavidad. Al no responder, toqué más fuerte. Finalmente, la llamé por su nombre y con un tono más alto que lo común.
Abrió bruscamente, asustándome. Sin embargo, era lo que ella buscaba. Mi enojo. Mantuve la calma y le pedí lo mismo que a su hermano, que escribiera la carta. Sus ojos parecían cruxificarme. Me gritó que era grande y que no tenía sentido, que ella ya sabía la verdad.
Mordí con fuerzas los labios. ¿Acaso valía la pena discutir con alguien que no escucha, que no hace el esfuerzo siquiera? Le dije que lo hiciera por su hermano. Se rió en mi cara. Me contestó que él también pronto crecería y sabría la verdad. Tarde o temprano la sabría. Y entonces me condenaría por haberle mentido tanto tiempo.
Cerró la puerta y quedó entre la madera y mi rostro un aire viciado, donde crecía la rabia y la impotencia. Porque sabía, muy en lo profundo de mi alma, que ella tenía razón. Todos los años la carta y para qué, con qué motivo. Aferrarse a una creencia, a una manera de ver la vida.
Si el padre de los chicos había fallado como ser humano, no era culpa de ellos. Este año solo le llevaría una carta. Quizá el año próximo ni siquiera eso. La única cárcel de máxima seguridad que conozco, no es la que visitaré esta tarde, sino la de mi propia vida, presa de mis decisiones. A veces creo que hasta de esto tengo la culpa, de que el maldito hijo de puta de mi marido haya nacido justo antes de Navidad.

2 comentarios:

Panchuss dijo...

negra navidad, me gusto neto.

SIL dijo...

Hay vidas que suelen peor que las peores cárceles, cuyas rejas de potencian para Navidad...


Abrazo, Netito.