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30 de noviembre de 2013

La maldición de la sábana de abajo

El lunes terminaron las vacaciones para ella, pero no para él. Aún le debían un par de días en el trabajo y decidió tomarlos para terminar con algunos arreglos en la flamante casa a la que se habían mudado.
- ¿Estás seguro que no querés que ordene un poco el dormitorio antes de ir a trabajar, cariño? - preguntó ella por última vez, mientras metía dentro del bolso un lapiz labial y un sujetador para el cabello.
- No, amor. No te preocupes. Andá tranquila, que me hago cargo.
Nunca pensó él, Esteban, de treinta largos años, especialista en radiología, que ordenar el dormitorio se le tornaría tan cuesta arriba, pero comenzó a sospechar un poco cuando supo que no sabía donde debía ir la ropa desparramado sobre las sillas.
¿Es que acaso esa ropa tenían algún lugar en especial o podía ir a parar a cualquier cajón? Su mujer solía dejarle la ropa sobre una silla, prolijamente ordenada. Desconocía de qué lugar exacto del armario salía. Lo mismo con la ropa de ella. Estaba seguro que colocarla en un lugar erróneo, sería motivo para un reproche.
Finalmente reflexionó sobre la condición en que las encontró, sopesó la cuestión de la limpieza y decidió una maniobra arriesgada, pero segura: todo a un fuentón y al lavadero, ropa para lavar. Luego su mujer le diría si la totalidad o alguna de las prendas realmente tenía ese destino, pero al menos, no habría reproche, muy por el contrario, había en su intención, una muestra de pulcritud que sumaba puntos.
Una vez desaparecida la ropa de su vista, se detuvo frente a la cama. Tenía dos opciones. La primera, tenderla sin desarmarla, es decir, estirando los pliegues, alisando las sábanas, cubriendo con las frazadas. La otra, más complicada, pero que era lo correcto, quitar todo y volver a acomodar cada parte prolijamente.
Tomó la segunda opción. Hizo un bollo con las sábanas y colchas y las arrojó sobre la alfombra. Suspiró mientras contemplaba el colchón desnudo. Era hora de vestirlo. Hurgó entre las telas que había arrojado a un costado y buscó la sábana de abajo.
La reconoció de inmediato, porque era la que tenía elásticos en las esquinas. Cuando la tuvo entre las manos, recordó que había un juego para estrenar, regalo de una prima lejana de su esposa. Lejana porque vivía en el sur y había estado el mes pasado de visita.
Buscó unos minutos en el placard hasta dar con la bolsa de plástico transparente, con el juego de sábanas dentro. Eran azules, con un estampado pintoresco, con las posiciones del kamasutra. Sonrió con picardía. Dudó entre poner a lavar o no las sábanas que había sacado. Era la solución rápida y elemental, salvo que recordaba que su mujer las había puesto la tarde anterior.
¿Volvía a guardar las sábanas con el kamasutra o en lugar de eso, doblaba las que estaban usando y seguía con su plan de reemplazo? Las segundas opciones seguían con éxito en su mente.
Plegó con velocidad la sábana superior, las fundas de las almohadas y las metió en la bolsa que había desocupado. Quedaba la sábana de abajo. Doblo esta y sigo, pensó confiado Esteban. Pero al buscar las esquinas para unirlas, como había hecho con las demás, se encontró con la sorpresa de no poder hacerlo.
- Puta madre, son esquinas redondas - le dijo a la habitación.
Buscó la manera de plegarlas, pero no les quedaban igual. Pensó en hacerlas un bollo y meterlas así dentro de la bolsa plástica, pero muy a pesar suyo, no lo hizo.
- Mirá si la voy a cagar así, quiero hacer todo bien, para complacer a Gabriela, y voy a dejarla hecha un bollo... ¡por favor! - dijo en voz alta, mientras buscaba una solución al problema.
Trató doblándola al medio primero, luego de haberla estirado por completo sobre el colchón, pero siempre que llegaba a la puntas, el doblez perdía compostura y la labor perdía forma.
- ¿Cómo mierda es? - se preguntaba, al borde del abandono.
Fue entonces que vio el cartón con la marca de las sábanas del kamasutra, suelto dentro de la bolsa plástica transparente, donde había colocado las que había sacado de la cama. En rojo pudo leer un número telefónico.
- ¡Un 0800 para consultas! - agradeció abrazándose al teléfono.
Sin miedo al ridículo, marcó el número completo. Aguardó unos segundos y quedó en línea, soportando una melodía demasiado acaramelada, que supuso, sería algún hit del momento, que por supuesto, él desconocía. Para Esteban, más allá de Metallica, no existía la vida musical.
- Hola, habla Patricia. ¿En qué puedo ayudarle?
- Hola Patricia, mirá, tengo un problema con una sábana...
- ¿Una de nuestras sábanas, señor?
- Si, si, una de ustedes - mintió Esteban, que estirando de reojo leyó la marca en el cartón - Marca Violetitta, con dos T. Es decir, con tres, pero dos juntas. Vos me entendés.
- ¿Le ha venido con alguna falla, no es el tamaño correcto... podría especificar el problema?
- Si, mire. No, cómo venir, ha venido bien. Al menos, a mi me parece. El problema es otro. Es en realidad con la sábana de abajo. Quiero guardarla y no sé como doblarla.
- No sabe como doblar la sábana de abajo...
- Eso mismo. No me sale. Y por lo que veo, no ponen ningún manual ustedes en la bolsa.
- No, no ponemos. Es que se imagina, poner instrucciones para colocar unas sábanas...
- No, no. Poner las sábanas, las pongo. No le he dicho que tengo problema para poner las sábanas. Sino para doblar la de abajo. La que tiene las puntas redondas...
- La elastizada, si señor.
- Esa, la elastizada.
- ¿Y usted necesita que le enviémos un manual?
- ¡No! Por favor, mire si voy a pedirles eso. Lo que quiero es que me explique. Vea, tengo que dejar el dormitorio arreglado y esto me está demorando. No se preocupe por el manual, en todo caso, me lee la parte donde explica esto que le pido.
- Es que no hay manual, señor...
- Bueno, si hay o no hay, es lo de menos. Me imagino que puede explicarme como doblar la sábana de abajo. Digo, estoy llamando al centro de atención de una fábrica de sábanas. Si no saben ustedes, quién más...
- Bien señor, voy a hacer lo posible.
- Gracias.
- ¿Tiene la sábana a mano?
- Aquí mismo.
- Bien.A ver. Extiéndala sobre la cama. ¿Está en la habitación, cierto?
- Si, ahí estoy. Pero espéreme, que pongo el manos libres y dejo el tubo por acá cerca... espéreme... ¿me escucha Pamela?
- Patricia.
- Patricia, disculpe. ¿Me escucha? Mire que me voy a alejar un metro más.
- Lo escucho bien.
- Ya estoy en la cama. ¿Extiendo la sábana?
- Si, a lo largo. Así identifica las puntas.
- Listo.
- Que los pliegues queden hacia arriba.
- Hecho.
- Ahora busque los pliegues inferiores, introduzca una mano en una esquina, y la otra, en la restante. Lleve la...
- Espere, espere... ahora si.
- Lleve la esquina derecha, hacia la esquina izquierda, que quede dentro.
- ¿Dentro de qué?
- Una esquina dentro de la otra esquina.
- Pero eso es impo... ¡ahí está! Bárbaro.
- Haga lo mismo con el otro extremo.
- Hago lo mismo...
- ¿Ya lo hizo?
- Espere...
- Usted me dice.
- Ya.
- Bien, ahora trate de juntar los extremos y como hizo antes, hacer que uno de los mismos, quede dentro del otro, para que le quede una forma de triángulo, que si usted despliega nuevamente sobre la cama...
- ¡Ey! ¡Más despacio!
- Junte los extremos.
- Si, ya va, no me apure.
- No lo apuro.
- Si, lo hace.
 - Le juro que no.
- No jure al pedo.
- ¿Seguimos?
- Le digo que me espere. Acá tengo una punta suelta.
- ¿De qué extremo?
- No sabría decirle, me perdí.
- Vea de donde se salió y póngalo de nuevo.
- Cómo si fuera tan fácil.
- Lo es, no se ponga nervioso.
- ¡No estoy nervioso! ¡Usted me pone nervioso!
- Yo solo trato de ayudarlo.
- ¡Y una mierda!
- Le pido respeto señor, estábamos hablando bien hasta recién.
- ¡Pero a usted no se le desarmó la sábana!
- Sabe, no es mi culpa que usted sea un pelotudo.
- ¡Claro, el pelotudo soy yo! ¿Y usted, una viva bárbara con teléfono?
- Váyase a cagar...
La mujer colgó con rudeza.
Esteban corrió hacia el teléfono, que estaba sobre la mesa de luz y lo sostuvo con fuerza, para luego arrojarlo contra el colchón.
- ¡Pero qué carácter, che! ¡Y todo por una sábana de mierda!
Se dirigió hacia la cama y estudió los dobleces que había hecho como si fuese un hecho científico. Después de cinco minutos, encontró la forma de volver la punta a su lugar.
- ¿Y ahora cómo sigue?
Miró el teléfono con recelo.
- Me va a mandar al carajo.
Buscó de nuevo el cartoncito y marcó otra vez. La musiquita de espera dio paso a una voz, pero no a la misma de antes.
- Si, disculpe. Estaba hablando hace un rato con una chica, Penélope...
- ¿Penélope? No hay ninguna Penélope acá.
- Era con Pé. Pamela, Patricia, Pandora...
- Patricia.
- Si, Patricia. Le quería pedir disculpas, recién...
- Ah, fue usted quién la trató mal. ¿Sabe algo? ¡Váyasealareputamadrequeloparió!
Otra vez la línea muerta, otra vez el teléfono cortado. Una vez más, la bronca.
Se sentó sobre el colchón. Minutos después, apartó la sábana de abajo, buscó el nuevo juego, tendió la cama, ordenó las almohadas y acomodó las dos mesas de luz.
Se llevó la sábana de abajo a medio doblar hasta el living y la colocó sobre la mesa ratona. Siguió estudiándola un buen rato, como si se tratara de un tablero de ajedrez con una partida en juego. Por más que le dio vueltas, no hubo caso.
La dejó allí y se olvidó del asunto. O al menos, eso intentó. Cuando por la tarde regresó del trabajo su mujer, lo primero que hizo, fue preguntar por las sábanas.
- Amor ¿que hacen las sábanas acá?
- Me olvidé de guardarlas - se excusó - En realidad, las traje acá porque me costaba encontrarle la vuelta para doblarlas, te iba a preguntar si tenían algún truco.
- ¿Truco? La verdad que siempre las guardé hechas un bollo. No tengo paciencia para esas cosas. ¿No viste que las dejo revoleada por ahí? Mirá, si justamente hoy recibimos un caso de maltrato en la oficina, una empleada de Violetitta, viste la fábrica de sábanas, bueno, parece ser que un loco la acosó telefónicamente con la excusa de una sábana de éstas, ¿vos podés creer? ¿Y quién es la abogada suertuda que va a tener el caso? Mañana me dan los datos, tienen el teléfono del pelotudo. ¿Esteban, estás bien? ¿Esteban, que te pasa?

7 comentarios:

Con tinta violeta dijo...

jaaaaaa,jaaaaaaaa, que buen hunor negro luces en este cuento...verás cuando se entere que el pelotudo comparte casa con ella! lo planta seguro!
Saludos!

El Caminante Libros dijo...

Genial!!! las veces que he intentado y otras tantas desistido de que la sabana de abajo quede prolija!!
Grande Neto!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Va a ser demandado por la propia mujer. Que historia más insolita. Y bien lograda.

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Pobre tipo, mira que armar una denuncia por una sábana de abajo mal doblada
¡Muy bueno Neto!
Me imagino que sos vos el que se encontró con semejante dilema y le salió un cuento.

mariarosa.

el oso dijo...

Jajjaja... pensar que al principio creía que era otra maldición de la sábana de abajo, que no comentaré aquí!
Decí que nunca vi el 0800 que si no me podría haber pasado algo así.
Abrazo

SIL dijo...

Jajaja.

Pobre alma, evidentemente no sirven las buenas intenciones.

Casarse con una abogada tiene sus riesgos.


Genial historia.



Anónimo dijo...

Jajajajaj muy buena de verdad!me imagino el percal xD
Pero siempre pensé que en sudamerica los teleoperadores serian españoles, igual que aqui son de alli xD