Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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15 de noviembre de 2013

Extraño suceso en un descampado cercano

El domingo pasado, mientras caminaba hacia mi casa, una luz intensa encandiló un descampado cercano. Era una luz brillante, que sin embargo no me obligó a cerrar los ojos. El lugar estaba a cien metros y a pesar de la distancia, de los árboles que se interponían en mi vista, pude ver todo con claridad.
Miré a mi alrededor, esperando toparme con más testigos de aquel fenómeno, pero la zona estaba desierta. Al consultar el reloj, supe la causa: eran las dos de la madrugada. No podía creerlo, si un rato antes había salido de la cancha, y no habían pasado más que treinta o cuarenta minutos como máximo. Y por si fuera poco, el reloj había dejado de marchar.
En la zona iluminada creí ver humo. De inmediato comprendí que estaba equivocado, aquello era una especie de gas, algo proveniente de alguna máquina. La duda fue efímera. Una gran nave irrumpió sobre el poco verde de aquel lugar, profiriendo una serie de sonidos difíciles de describir. A pesar de su tamaño, y de ese gas que la envolvía, apenas si movió las hojas de los árboles cercanos. Lo que tenía delante de mis ojos, no era de este planeta.
Ese fue mi primer pensamiento. Me paralicé por completo. O eso creí. Porque cuando presté atención a mis movimientos, estaba caminando hacia el lugar.
La nave era cada vez más grande. Cobraba proporciones a medida que me acercaba. Su apariencia era la de un gigantesco panal de abejas, cuya parte superior se perdía en la oscuridad de la noche. Podía divisar en la superficie de la enorme máquina, pequeños rectángulos iluminados, que bien podía calificar de ventanas o escotillas. De todas maneras, no pude distinguir el interior de la nave a través de las mismas.
Algo se desprendía de aquel aparato. Una radiación, rayos gammas, un aura, no podría afirmarlo. Pero lo que veía a través de ese algo, parecía diferente, como desdibujado y al mismo tiempo, mucho mejor definido. Los árboles no parecían árboles, pero en cambio, podía apreciar en detalle las nervaduras en las hojas, cada ser viviente en las ramas y las grietas de las cortezas.
El suelo, mezcla de gramilla seca con sobrevivientes hojas verdes, sobre tierra seca ante tanta sequía, parecía haber ganado en brillo y pisarlo me daba la sensación de estar cometiendo un sacrilegio.
Llegué hasta la mismísima nave. Aunque parezca mentira, no sentía miedo ni curiosidad. Era un impulso. Quería tocar esa aparición de la nada. Confirmar que era verdad, que nada de lo que estaba pasando formaba parte de un extraño sueño. Estiré mi brazo izquierdo, abrí la mano, llevé los dedos hacia la nave. Y entonces todo desapareció. Me encontraba de golpe frente a Juliana, la chica que me gustaba, apretándole una teta con la mano izquierda, en el zaguán de su casa. Me surtió tal sopapo que me hizo girar en el lugar.
Aún al día de hoy, a casi una semana, no cree en mi versión.


4 comentarios:

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

¡Jajaja!
Qué bueno, Netomancia, jamás me vi venir ese final.
Te felicito, me hiciste reír mucho
¡Saludos!

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Yo tampoco te creo.
Y te digo, la historia es muy buena, pero a otro perro con ese hueso...

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Parece que tenían conocimientos de telepatía. Yo diría que vienen al planeta para llevarse ese tipo de recuerdos, de memorias.

SIL dijo...

No es creíble... no es creíble... jaja.




Abrazo, Netito.