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3 de noviembre de 2013

Escritor que atrasa

El señor de cabello ralo y entradas pronunciadas ingresó sujetando con fuerza bajo el brazo un maletín de cuerina marrón. Buscó un turno en la mesa de entrada y se acomodó en una silla, a aguardar que lo llamaran. Esperó cerca de media hora, sin apartar jamás la mirada de la pantalla luminosa, donde leds de color rojo le daban forma a los números que iban llamando.
Cuando llegó su turno, se puso de pie de inmediato. Caminó urgente los metros que lo separaban del mostrador. Un joven de aspecto desprolijo, pero a la moda, lo recibió con un saludo. El hombre no perdió tiempo y fue al grano.
- Vengo a registrar esta novela - dijo al tiempo que extraía del maletín de cuerina marrón un manojo importante de hojas, anilladas sobre el margen izquierdo.
El joven observó la primera página y luego miró al hombre que tenía adelante.
- ¿Rayuela?
- Si. ¿No le gusta el título?
- Es que ya existe un "Rayuela". La novela de Cortázar.
- Perdón... ¿de quién?
El muchacho sonrió y observó hacia sus compañeros, esperanzado que alguno hubiese escuchado la pregunta, pero todos estaban muy pendientes de las personas que atendían en sus trámites.
- Cortázar. ¿No le suena?
- No, francamente no. Leo muy poco, sabe.
- Claro. ¿Diarios tampoco? Digo, puede que lo haya leído, o bien oído nombrar en la radio o en la televisión.
- Creo que si hubiese escuchado algo de esa persona, me acordaría.
- Bien señor...
- Palacios. Wilmar Palacios.
- Palacios, bien. Mire, me va llevando este formulario, mientras voy llevando el original hasta otra oficina, que se encargan de mirar el trabajo.
- Perfecto, vaya nomás.
El empleado desapareció por una puerta al fondo. Wilmar, con letra prolija, fue completanto el papel que le había dejado el muchacho. Al cabo de unos minutos, volvió la persona que lo atendía.
- Siéntese señor Palacios, que ni bien terminen con la lectura preliminar, lo llamo para terminar el trámite.
La espera le pareció eterna. Se cruzaba de piernas, se descruzaba, colocaba el maletín vacío a un costado, luego encima, miraba la hora, jugaba con sus dedos, se rascaba la nuca. El tiempo parecía jugarle una broma, como siempre ocurre cuando uno quiere que los segundos corran más rápido y los minutos se rindan ante la inevitabilidad de su paso al olvido y apuren así su muerte.
Ensimismado en sus pensamientos, descifró casi por casualidad que en el aire se sostenía, cual fantasma, la palabra Palacios. Miró hacia el mostrador y el joven le estaba haciendo señas para que se acercara.
- Mire Palacios - el rostro ya no era el mismo de antes, ahora parecía distante, nada jovial - si lo que quiere hacernos es alguna clase de broma, le decimos que no estamos para perder el tiempo, esto es un registro y se trabaja con seriedad.
- Pero qué dice, joven. ¿Broma? He venido a registrar mi novela...
- Señor Palacios, le voy a pedir que se retire. Usted no ha hecho más que transcribir palabra por palabra la obra de Julio Cortázar. Debería darle vergüenza. Ni siquiera el título le ha cambiado.
- ¡Pero por favor! ¿Me acusa de plagiar a otro escritor? ¡Acaso está loco!
- Señor, me temo que el que no está en sus cabales es usted. Así que le repito, si puede retirarse...
- ¡Me trata de loco! Qué falta de respeto. ¿Plagio? Pero por favor... ¡quién es ese tal Cortázar que me ha quitado mi historia!
- Cortázar lleva muerto muchos años, así que no crea que le haya quitado nada.
- Mentira. De alguna manera me robó la novela.
- Claro, viajó en el tiempo.
- ¿Y por qué no?
El joven empleado ya no contestó. Le devolvió el original anillado, casi con lástima y llamó en voz alta otro número. El hombre de cabello ralo y entradas pronunciadas quedó delante del mostrador, con la boca semi abierta, sin saber que hacer. Finalmente, se retiró del lugar.
Ya en su casa, sacó el original del maletín y lo arrojó sobre la mesa.
- ¿Cómo me pueden haber robado mi historia? ¿Cómo?
Con paso tembloroso, se dirigió hasta la cocina y se preparó un café. Tenía el ánimo por el piso, no obstante, sacó de un viejo armario la máquina de escribir y la colocó sobre la mesa.
- Esto no me hará bajar los brazos, no señor. Y quitándose una lágrima de la mejilla, comenzó a escribir.
El título fue lo primero que las teclas machacaron sobre el papel. Y era un buen título, a su juicio: "Sobre héroes y tumbas".
Y con entusiasmo, arrancó a contar la historia.

3 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Pobre tipo, tal vez de tanto leer se le quedaron grabadas en la memoria.
Aunque te parezca mentira, a mi me sucedió con una amiga. Le di un cuento para leer y meses más tarde me trajo uno de ella con el mismo titulo algunos detalles copiados fielmente del mío. Y creo que también a mi amiga le faltaba un jugador en la cancha.

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Pierre Menard, autor del Quijote plantea la posibilidad de escribir un libro que coincidad palabra por palabra con el Quijote, sin que esto sea un plagio.
El error del escritor este es pretender escribir sin leer.

SIL dijo...

Uhhhhhhhhhhhhh, el Demiurgo se me adelantó con el comentario.

Me lo tengo merecido por llegar tarde.

Altamente recomendable el texto de Borges, se ajusta a este escritor que atrasa.