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27 de noviembre de 2013

Dos coches, una esquina, un semáforo y un disparo

El coche se detuvo en la esquina, respetando el semáforo. Pero cuando tuvo luz verde, permaneció allí, aún con el motor encendido.
Se escucharon las bocinas del vehículo de atrás, que al cabo de treinta segundos, herían los oídos. Fue entonces que salimos a la vereda. Habíamos visto lo anterior desde la ventana del bar.
El conductor del otro vehículo se bajó y caminó pesadamente hacia el que lo obstaculizaba. Llevaba en el rostro la impronta de la violencia.
- La puta madre, no oís que te estoy...
Escuchamos el disparo. Primero, en realidad, fue el fogonazo, luego el estruendo. Pero casi simultáneamente, aunque esa fracción de segundo entre una cosa y la otra, lo hizo más impactante y traumático.
La persona que había bajado de su auto, voló hacia atrás y cayó sobre el asfalto. Aún aturdidos por el sonido del tiro - un escopetazo, cosa que estamos convencidos hasta el día de hoy - no pudimos escuchar el del cuerpo al caer.
Pensamos, y cada uno lo hizo, según coincidimos más tarde, en que luego de aquello, el vehículo detenido pero con el motor en marcha, saldría acelerando. En lugar de eso, permaneció allí, como si nada hubiese pasado.
Nos miramos, pero no atinamos a avanzar. ¿Y si disparaba contra alguno de nosotros? No podíamos ver si la otra persona había muerto. Teníamos el coche que nos impedía ver. Dentro del mismo, por más que tratáramos de ver al conductor, solo nos encontrábamos con la oscuridad del vidrio polarizado.
Cuando llegó la policía, alertada del disparo, rodearon con sus patrulleros la escena. A gritos y desenfundando sus armas, se acercaron al coche. Nosotros les gritábamos que había un herido o muerto, que lo ayudasen, pero estaban enfocados en el coche de adelante.
Llegaron hasta la puerta del conductor y del acompañante al mismo tiempo. Las abrieron sincronizadamente y apuntaron sus armas hacia el interior. Fuimos testigos desde la vereda de lo mismo con lo que se toparon los policías.
El interior estaba vacío. Alguno diría después que pensó que el atacante se había escondido en el asiento de atrás, que de un momento a otro aparecería disparando. Pero dentro del vehículo no había nadie.
Nos acercamos. Estábamos consternados, no podíamos comprender en que momento había huído de la escena. Pero aún faltaba lo otro. Lo que nos dejó helados. En la calle, donde imaginábamos un cuerpo sobre un charco de sangre, solo había asfalto.
Uno de nosotros le dijo a un policía que allí, en ese lugar, había caído el conductor del vehículo que estaba detrás, a causa de un disparo propinado por la persona que manejaba el auto de adelante.
Los uniformados de azul revisaron ambos coches, detuvieron los motores y más tarde mandaron a llamar a los remolques para llevárselos al corralón policial.
Nosotros permanecimos allí, dentro del bar, hasta muy entrada la noche. Ninguno habló demasiado, y el que lo hizo, fue para conjeturar alguna explicación que nadie creyó. Nos despedimos hasta el día siguiente, pero ya nadie volvió. Al menos a ese bar. Ahora nos juntamos en otro, lo suficientemente lejos.
Hay algo en esa esquina que aún nos espanta.

3 comentarios:

SIL dijo...

Nada vieron, y aún así, todos vimos a través del texto.



Abrazo, Netito.


SIL

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Buenísimo, Netomancia, como siempre.
¡Saludos!

Eskizofrenia Lírika dijo...

Acabo de descubrir tu blog, excelente. Un saludo.