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10 de octubre de 2013

Un gran día (4ta parte)

Esta vez no huí. Quedé estático ante la escena. La gente comenzaba a agolparse con la intención de ayudar. Temí acercarme. Era culpable por haberme desmayado. Permanecí del otro lado de la calle. Casi de inmediato llegó un camión de los bomberos y dos vehículos policiales. La voz advirtió en un susurro:
- Ni se le ocurra Martín hablar con ellos.
- Las reglas - dije como un autómata.
- Exacto, las reglas. Usted las respeta y nadie muere.
Medité sobre aquella severidad. Era injusta. No tenía poder alguno sobre el alcance de las antenas. No podía pretender sentirme bien con lo que estaba viviendo. Estuve a punto de decirlo, pero me contuve. No tenía sentido. Como todo lo que estaba sucediendo desde el momento en que levanté del suelo el maldito celular.
- ¿Qué tengo que hacer ahora? - pregunté.
- Esperar.
- ¿Esperar? ¿Qué debo esperar?
- Los hechos. La sucesión de los mismos. Uno no puede planificar todo, Martín. El azar es el elemento clave en nuestra existencia. ¿Podemos controlarlo? ¿Puede usted controlarlo, Martín?
- ¿Desde dónde disparan? ¿Por qué no se dejan ver? ¡No sean cobardes!
Una mujer que caminaba cerca miró hacia donde estaba. Había elevado la voz. Era el único en veinte metros a la redonda que no le prestaba atención al rescate de los heridos del colectivo cuyo chofer se había estrellado minutos antes.
- Quiero que esto termine - supliqué - ¿Qué tengo que hacer para que el próximo disparo sea justo a mi cabeza?
No hubo respuesta. El silencio me acompañó los siguientes minutos. La llamada aún seguía estable. Busqué el amparo de una garita y me senté. A pocos metros, de manera incansable, los rescatistas ayudaban a la gente que viajaba en el ómnibus. Habían llegado los canales de televisión, que buscaban de manera desesperada testigos que pudieran narrar lo sucedido.
La sucesión de los hechos. Eso había dicho la mujer. Eso es lo que estarían reflejando los medios de comunicación desde hacía un par de horas. Tratando de relacionar las tragedias que habían sacudido la ciudad de manera tan repentina como asombrosa y macabra.
Nadie se imaginaba, del mundo de personas que se paseaban delante de mis ojos, que esa persona que los contemplaba desde la garita pudiera tener algo que ver. Quizá creyeran - si es que alguien había reparado en mi presencia - que se trataba de una persona golpeada por lo sucedido, a quien la trágica escena había hecho mella en el espíritu.
Un muchacho de unos veinte años se sentó a mi lado. Miró su reloj y luego hacia el otro lado de la calle. Finalmente me miró y largó la pregunta que lo tenía a mal traer.
- ¿Sabe si pasará el colectivo? Digo, con el accidente este. Ya veo que no pasa. Me mato.
No supe que decirle. Hizo un gesto de incertidumbre con los hombros, y miré hacia otro lado. Estaba en silencio, con el celular en la oreja. A la vista de otros, un loco, que no tiene otra que hacer. Desde mi lugar, la diferencia entre la vida y la muerte. No la propia, sino la ajena. La que pesa sobre los hombros, la que nunca dejará de visitarme en las noches de insomnio.
- Martín Balbastro, quiero que vaya hasta el centro de la ciudad.
La voz de la mujer me estremeció una vez más. Sentí dolor en el estómago, casi de inmediato. Me puse de pie y me alejé del lugar. Un policía me hizo señas que siguiera mi camino, que no me acercara hasta el lugar del siniestro. No lo pensaba contradecir.
- ¿Hasta que parte del centro de la ciudad?
- Al municipio.
- ¿Y allí todo termina?
No tuve contestación. El distante sonido de papeles, de alguien tomando notas.
- Vaya por la avenida, por la vereda impar.
¿Debía extrañarme ese pedido de precisión en la ruta? Quizá si. Al menos, debí suponer que algo debía esperarse. De la misma manera que el hecho de aproximarme hasta el punto de destino, significaba algo más que cumplir una orden.
Y si bien la señal no se cortó en todo el trayecto, la muerte ya estaba asegurada. Lo presentía. No importaba si la llamada se caía o no. Le volarían a alguien los sesos y luego llamarían de nuevo Pero no era es muerte la que ahora me preocupaba.
A dos cuadras del municipio la mujer me recordó lo importante de cumplir las reglas. El que no pronunció palabra alguna esta vez fui yo. Si buscaba una provocación, no obtendría nada de mí. Seguí caminando, sabiendo que lo que vendría luego, sería peor que todo lo previo.
- Cuando pase por el cesto de basura de la esquina del municipio, acérquese, levante la tapa y tome la bolsa roja.
Suspiré profundo. Se me hizo un nudo en la garganta. En ese instante deseé con ganas que la llamada se cortara. Tiraría el ceular y huiría corriendo. No me importaría nada, ni que mataran a decenas de personas, ni que luego me mataran a mi. Cualquier cosa, a cambio de tener que tomar la bolsa roja.
Levanté la tapa y no necesité hurgar demasiado para encontrarla. Allí estaba, pulcramente colocada, desentonando con el resto de los elementos esparcidos con indiferencia en aquel sitio.
La tomé. Palpé el bulto sin la menor sorpresa.
- Con cuidado, saque el arma que está dentro de la bolsa.
La mujer pronunció cada palabra con cautela. Probablemente para que no hiciera ninguna locura, como pegarme un tiro.
- ¿Está cargada? - pregunté.
- Lo está. Pero escúcheme, Martín Balbastro. La va a utilizar en diez minutos. Pero tiene prohibido usarla para suicidarse. Si lo hace, quiero que sepa que de la misma manera que hemos eliminado personas desconocidas para usted, podemos hacer lo mismo con gente que conoce.
- Son unos hijos de puta. Si pudiersa usar el arma contra ustedes, juro que les...
- Martín, guarde esa furia. Y deténgase, está frente al municipio.
Me detuve, presa del odio. En ese momento no me di cuenta que sabían exactamente mi posición. Aunque quizá de haber reflexionado sobre sus palabras, hubiese sospechado del sistema de gps del celular. Miré el edificio del municipio y vi apostado en las escalinatas a todos los canales de televisión de la zona. Una multitud rodeaba una especie de improvisado escenario, donde se destacaba un micrófono de pie y detrás del mismo, la figura del intendente y sus asesores más cercanos.
- Ahora va a usar ese arma y matará al intendente. Intente no fallar. No se preocupe por la represalia de las fuerzas de seguridad, estará bien cubierto por nuestros tiradores.
- ¡Por qué no lo matan ustedes! ¡No entiendo!
- Se lo estamos pidiendo a usted, Martín Balbastro. ¿Acaso no levantó el celular del suelo? ¿Pensó que las casualidades no tienen precio? Nuestro costo es alto, Martín. Ahora prepare el arma y dispare. No tenemos todo el tiempo del mundo.
- No voy a disparar...
-Cinco segundos Martín, o elegimos nosotros una víctima inocente.
- No, no van a lograrlo.
- Cinco.
- No.
- Cuatro.
- Tres.
- ¡Maldición, no!
- Dos.

(continuará...)

3 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que suspenso. Me intriga quien puede ser la mujer en el telefono.

José A. García dijo...

Nah!
Dale, no nos hagas esperar.
El suspenso es malo para el corazón.

Saludos!

J.

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Ay neto que ganas de hacer sufrir a la gente...

¿Y ahora que va a pasar?

mariarosa