Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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7 de octubre de 2013

Un gran día (3ra parte)

Dejé la plaza atrás y también el caos, que estaba convirtiéndose en un acompañante nada deseado. Sin embargo, un torbellino se desataba en mi cabeza. No podía evitar pensar en nuevas tragedias. Como tampoco quería observar la pantalla del teléfono, temiendo que las líneas de la señal disminuyeran hasta desapacer.
No recuerdo bien en que instante hice una de las preguntas que hasta el momento intentaba evadir.
- Voy a necesitar cargar el celular, no creo que tenga batería para mucho más.
Del otro lado la voz de mujer no me respondió. Pensé que había encontrado una brecha en el maléfico plan, que la posibilidad no había sido contemplada. No sé bien que creí en esos diez segundos de silencio, pero la sensación de alivio que de pronto me había invadido, creyendo tontamente que se suspendería el juego, se desmoronó con la misma fragilidad que lo haría un castillo de naipes.
- Tendrá que encontrar la forma, Martín. Usted ya lo sabe, si por alguna razón se corta, una persona muere. Si usted no vuelve a atender, morirá alguien cada treinta segundos. Le conviene ir pensando la manera de cargarlo.
Tenía que ser un chiste. Uno de muy mal gusto. De humor negro. Miré alrededor, intentando primero orientarme en que parte de la ciudad estaba. Divisé una avenida y caminé hacia allí.
- Voy a buscar una tienda de celulares - avisé. La mujer no me contestó. Miré la pantalla pensando que se había cortado.
Alcancé a ver el cartel de una empresa de telefonía celular a una cuadra. Suspiré. Allí podría comprar un cargador. Miré el modelo del teléfono. No me iba a salir nada barato. Me sobresalté un segundo, temiendo no llevar dinero encima. Pero recordé que tenía la tarjeta de crédito.
- ¿Piensa entrar a un comercio? - preguntó la mujer.
- Necesito comprar un cargador. Será solo un minuto - supliqué.
- Cualquier intento que haga para engañarnos, será castigado - la voz se mostró firme y no vaciló en ningún instante. Pero no me asustó. Sabía que no mentía.
El local comercial anterior al de celulares era una casa de turismo. Tenía un afiche enorme, con la imagen de una excursión en un rápido de montaña. Me metí a comprar el cargador. Para mi suerte tenían de ese modelo.
Salí rápidamente, con el fin de evitar cualquier tipo de enojo. Volví a mirar el afiche. Se me ocurrió entonces un nuevo paso en falso. El agua me transportó al río, que estaba a menos de cinco cuadras de distancia de donde me encontraba. Podía dirigirme hasta allí y buscar una zona apartada, donde no hubiese nadie. Y allí cortar la comunicación. A lo sumo intentarían dispararme a mi. Podría entonces arrojarme al río. Era buen nadador. En pocos minutos estaría lo suficientemente lejos como para que no pudieran matarme.
¿Suficientemente lejos de qué...? El pensamiento me abordó de golpe. ¿Desde dónde disparaban? ¿Cómo era posible que estuvieran al tanto de cada movimiento? No había ningún edificio o estructura que pudiese servir a ese propósito. ¿Tenía oportunidad alguna si seguía adelante con el plan de ir hacia el río?
Dudar no me sacaría del problema. Retomé el camino anterior, sin recibir ninguna orden contraria. Eso era bueno, al menos de momento.
La mujer hablaba cada tanto. Me recordaba las reglas, los riesgos, los costos de un movimiento en falso. Por momentos mi mente se empeñaba en hacerme creer que sabían hacia donde me dirigía. Luchaba contra esa idea, me decía que era imposible. Aunque a esa altura del día, pocas cosas podían llegar a resultarme imposibles.
Ahora me contaba que los medios de comunicación estaban transmitiendo desde los sitios donde habían ocurrido los tiroteos. Su voz era afable en ese momento, parecía estar contenta con lo que veía y seguramente, lo estaba. Decía palabras como "perplejos", "consternados", "horrorizados" y entendí que eran los términos que estaban utilizando en los canales de televisión para describir el tétrico cuadro que estaban mostrando al sorprendido público.
Pensé en esa gente que había visto caer. En sus vidas, sus historias. Quise incluso ponerle un nombre a cada uno. La imagen de la niña en patines, con el cuero cabelludo regado en sangre, se paseaba por mi retina como un cruel fantasma.
- A medida que se acerque al río irá perdiendo señal, Martín. No creo que sea buena idea.
Lo dijo de modo casual, pero de todos modos me estremeció. ¿Sabía lo que tenía en mente? ¿O simplemente era una advertencia a sabiendas que la señal se perdía en esa zona? Meditaba sobre eso cuando se perdió la comunicación. A media cuadra tenía el río. Podía verlo brillar allí donde el sol reposaba su luz. Ondulante, por el viento picaresco que se empeñaba en mecerlo. Una brisa inquieta recorría las cercanías. Allí estaba el río y al mismo tiempo, otra vez la realidad, o mejor dicho, la normalidad desaparecía ante mis ojos. La señal se había cortado.
Miré hacia un lado y otro. No había nadie. Tuve más miedo que nunca. ¿Al no haber una víctima cerca, me dispararían a mi? Tarde pensé en refugiarme. Entonces resonó el disparo. Escuché un grito y miré hacia arriba. En un quinto piso una mujer tambaleaba en el balcón. Se quiso asir de la baranda en un último acto pleno de instinto, pero cayó hacia delante, hacia el abismo mismo. Fue cuestión de un cerrar y abrir de ojos. El sonido del cuerpo al chocar contra el cemente fue estremecedor.
Habían encontrado a su víctima. Una mujer en el balcón, quizá regando sus plantas. Miré la pantalla. No tenía señal. Comencé a correr en la dirección que había llegado. Miré hacia atrás, el grito había alertado a vecinos y ahora la gente salía a la desolada calle. Quería gritarles que se metieran dentro, pero el tiempo corría.
Había recorrido una calle y media cuando escuché la segunda detonación. No miré hacia donde estaba la gente, supe que alguien más había sido abatido. Sentí más gritos, el pánico había llegado al barrio. Seguí corriendo y entonces, el teléfono volvió a llamar.
Atendí sin dejar de correr.
- Le advertí, Martín Balbastro. Cerca del río no hay señal.
- ¿Cuándo va a terminar esto? ¿Cuándo? - me dejé caer contra una pared, deslizándome con la espalda sobre el ladrillo rojo. Estaba a punto de llorar. Quería rendirme.
- ¿Se quiere rendir, Martín? - súbitamente levanté la vista, tenía que haber sido una coincidencia, no podían también leer mi pensamiento. No era posible.
- Quiero saber cómo termina. Dígame que tengo que hacer para que termine.
- Eso depende de usted.
No entendí la respuesta. Ni siquiera pude procesarla. En ese momento empecé a ver pequeñas manchas negras y luego, todo oscureció. Si no fuera porque el celular cayó de mis manos y al caer al suelo se cortó la llamada, no sé que tiempo habría estado fuera de combate.
Me despertó el disparo y el estruendo del colectivo al incrustarse en el frente de una panadería que estaba cerrada. Al abrir los ojos, vi el cuerpo del chofer caído sobre el volante.

(continuará...)

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Y todavia no se sabe que quieren.
El protagonista parece importarle cada vez menos los desastres a su alrededor.

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Qué hay detrás de el celular, que final le está esperando al protagonista.

Mariarosa