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1 de octubre de 2013

Un gran día (1ra parte)

Creí que sería un gran día, porque había comenzado de la mejor manera, al encontrarme un celular de alta gama tirado en la calle. Sabía que lo correcto hubiese sido preguntar en los comercios de la zona para saber si alguien lo estaba buscando o bien, dejar mis datos por si lo reclamaban. Pero lo correcto no siempre es lo que uno desea hacer.
El teléfono tenía todas las funciones que pudiera imaginarme. No sabía cuánto podía salir un equipo así, pero de algo estaba seguro: ni ahorrando cinco años habría tenido uno igual en mi poder. Ese fue uno de los motivos por los que decidí quedarme con el aparato.
Pero ese día, que había comenzado con tanta felicidad, pronto iba a deparar malas noticias. Y como se imaginarán, la causa sería el propio celular.
La cadena de fatalidades comenzó cerca del mediodía, al salir de la oficina con motivo del almuerzo. El celular, que ocupaba entonces un lugar preponderante en el bolsillo del pantalón, comenzó a sonar. Lo extraño, lo raro, es que en ese instante no alcanzaba a comprender cómo era posible eso, si lo primero que había hecho al guardar el teléfono, había sido sacarle el chip.
Miré la pantalla y decía "número desconocido". Dudé entre contestar o no, finalmente cometí el primero de tantos errores. O mejor dicho, el segundo, dado que el primero había sido recoger ese celular de la calle.
- Buenos días, ¿con quién tengo el gusto? - preguntó una voz femenina.
Volví a dudar. Responder o no responder, esa era la cuestión. Debí haber permanecido callado o cortar la llamada de inmediato. Aunque es probable que nada de eso hubiese servido.
- Martín Balbastro - contesté, sin mentir ni ocultar información.
- Estimado Martín, el celular que usted tiene en sus manos no es un celular común - dijo la mujer.
Pensé que hacía referencia al modelo, al costo del mismo, a cualquier cosa, salvo a lo que tenía reservado para decirme.
- Ese celular, Martín Balbastro, es la diferencia entre estar vivo y estar muerto. Si por ejemplo, usted ahora detiene esta conversación o por algún motivo externo, la comunicación se corta, alguien disparará a la cabeza de una persona que esté caminando cerca de usted.
Miré en derredor, esperando encontrar a algún conocido que me estuviese jugando una broma. Al fin de cuentas, estaba cerca del trabajo. Busqué con la mirada las ventanas de mi edificio, esperando encontrar asomados a los chicos de la oficina. Pero las ventanas estaban cerradas y salvo un par de palomas, no vi ninguna otra actividad en esa dirección.
- Escuche señorita, no estoy para bromas. Dígame si el celular le pertenece y se lo llevaré donde me diga.
Intenté mostrarme firme, pero mis palabras vacilaron. Ese fue otro error.
- Martín, el que debe escuchar es usted. Aquí nadie está jugando. Pero a pesar de no ser un juego, hay reglas. Nosotros vamos a decidir quién escucha y quien habla. Si cree que le estamos haciendo perder el tiempo, apague el celular.
Lo hice. Creo que por despecho. Ya perdí la cuenta de mis errores. Este fue el primero de los graves. Un disparó resonó en la calle. Escuché gritos, gente dispersándose y vi un cuerpo caer a tres metros de donde estaba. Tenía un orificio de bala en la sien derecha. Tuve ganas de vomitar. Instintivamente busqué refugio, tratando de no ser la siguiente víctima. El celular volvió a sonar. Atendí. Estaba temblando de pies a cabeza.
- ¿Conforme? - la voz de la mujer sonaba fría, distante.
- ¿Qué quiere? - pregunté.
- ¿Por qué recogió el celular de la calle?
- ¿Es eso? ¡Por Dios, se lo devuelvo!
- Responda la pregunta. ¿Por qué recogió el celular?
- ¡Porque tuve ganas de hacerlo! ¡Porque cualquiera lo hubiese agarrado!
La línea quedó en silencio. Me pareció que estaban tomando nota. Por un segundo tuve miedo que se hubiese cortado la llamada. Cerré los ojos, esperando sentir otro disparo. Pero eso no ocurrió, de inmediato la voz me habló de nuevo, mientras en la calle la gente seguía corriendo y se escuchaba aproximarse un vehículo policial con las sirenas encendidas.
- Ahora se va a ir de esa zona, lentamente, como si nada hubiera pasado. Recuerde, si se corta la llamada, alguien muere.
Comencé a alejarme en dirección contrario al sitio donde estaba tirado el hombre víctima del ataque. Entonces vi la puerta de un bar abierta. La gente miraba hacia afuera lo que había ocurrido. No supe la razón que me llevó a meterme dentro, creo que me imaginé que allí dentro no podría disparar a nadie cerca, pero fue una idea disparatada.
- ¿Dónde se metió Martín? Salga ya o alguien muere.
- Estoy en el bar, necesito un trago.
- Tiene cinco segundos.
- Por favor, es solo un trago.
- Cuatro.
- ¿Lo dice en serio?
- Tres.
Corrí hacia la puerta, pero los curiosos que miraban hacia afuera me impidieron el paso. Escuché la voz femenina diciendo, casi con gracia "cero" y al mismo momento, otro disparo, casi un trueno. Uno de los curiosos que estaba en la vereda cayó al suelo, mientras una masa de sangre y materia volaba por el aire.
Más gritos se apoderaron del mediodía. El pánico se instaló en la gente.
Me apresuré a quedar otra vez visible, mientras me alejaba del sitio.
- Siga caminando Martín y no vuelva a hacer nada que nos obligue a actuar. Y por nada del mundo permita que se le corte la llamada.
Jadeaba. El corazón parecía escaparse de mi pecho. Y al mismo tiempo, sufría. No tanto por los demás, sino por mi propia vida. Sospechaba que si se cortaba la comunicación, la siguiente víctima sería yo.
- ¿Qué quieren?
- Que nos haga caso.
- No, pregunto qué quieren con todo esto, es una locura, no entiendo por qué...
- ¿Por qué se metió en el bar, Martín?
- Ya le dije, necesitaba...
- Le habíamos pedido que se alejara de la zona. ¿Por qué lo hizo?
- Lo siento, ¿si? lo siento.
- No es una respuesta. Queremos una respuesta Martín.
El teléfono se quedó sin señal. Algo muy común en el microcentro. Me percaté de inmediato, porque la línea quedó en silencio. Agité el aparato, esperando que por un milagro la comunicación volviera a la vida. Pero en cambio, la vida de un kiosquero se apagó a dos metros. Primero fue el disparo, luego el hombre se desplomó sobre el puesto de revistas que tenía en la vereda.
Vi las rayitas de la señal recuperarse y enseguida volvió a sonar el timbre del celular.
- ¡Maldición! ¡Fue un accidente! ¡El teléfono perdió la señal!
- Nadie le echa la culpa esta vez Martín, pero las reglas son las reglas. Y la llamada se cortó.
- Por Dios, por Dios...
- Dios no lo va a ayudar. Estamos esperando su respuesta.
Mientras caminaba, trataba de ordenar las ideas, tarea nada fácil dadas las circunstancias. Querían una respuesta y no la tenía. Dije entonces lo primero que me vino a la mente.
- Pensé que podía escapar. Lo siento.
Otra vez la mujer se silenció. No me quedaban dudas que tomaba nota. Aproveché para preguntar.
- ¿Cuándo va a terminar esto?
- ¿Esto? Esto recién empieza, estimado Martín.

Continuará...

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Se necesita dex ex machina. Alguien o un factor exterior que intervenga en su favor.

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Ay Neto en que historia de terror me estoy metiendo, voy a ir despacio...

mariarosa