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25 de septiembre de 2013

Esperando a Eugenio

Cada domingo sus hermanas lo esperaban para almorzar. Se juntaban desde hacía años, alternando la casa. Ellas iban con sus maridos e hijos. Él, si hubiese ido alguna vez, lo habría hecho solo. Porque Eugenio era un solitario empedernido, mal llevado y poco compañero.
La invitación surgía en forma espontánea, entre semana. Eugenio no decía ni si ni no. Refunfuñaba, como si la invitación fuese un castigo. Y llegado el domingo, brillaba por su ausencia.
En más de una oportunidad, se ofrecieron a ir a buscarlo. Otras, incluso, se cansaron de hacer sonar la bocina del coche delante de la casa donde vivía. Eugenio eligió siempre la distancia.
Un domingo sacaron cuentas. No lo veían desde hacía quince años. ¿Seguiría viviendo el único hermano varón que tenía? ¿Sería él quien contestaba las llamadas telefónicas cada semana? ¿Aquella seguiría siendo la casa donde residía?
Las conversaciones de los domingos giraban en torno a él, a pesar del mal humor de los maridos, que terminaban hablando entre si de temas más triviales y amenos. Ellos consideraban que una persona que ni siquiera se preocupaba en conocer a sus sobrinos no merecía la mínima contemplación. Pero sus hermanas hacían caso omiso a dichas sugerencias.
Aquel domingo de septiembre, lluvioso y opaco, el timbre principal sonó en casa de Julieta justo en el momento que se servían las pastas. Atendió Pedro, su esposo. En el umbral de la puerta había un hombre alto, bien vestido, con saco oscuro. Le entregó una caja y una nota.
La caja apenas si tenía peso. La nota era escueta y escrita a mano. Decía lo siguiente:
"Queridas hermanas, espero llegar a horario. Si reciben esta carta es que me suicidé el viernes y si mi abogado trabaja con celeridad, estaré en casa de Julieta este domingo al mediodía. Ya pueden dejar de quejarse. A partir de ahora, me pueden llevar a cada uno de sus almuerzos".
Pedro calló luego de leer la nota en voz alta. Las hermanas de Eugenio lloraron desconsoladamente. Luego de unos minutos, secaron sus lágrimas. Fue Matilde la que rompió el silencio.
- Que bueno que Eugenio fuera tan considerado. Ahora estará con nosotros por siempre.
Las hermanas se fundieron en un abrazo.
Sus maridos perdieron el apetito.

3 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Una manga de locos los hermanos, todos y todas.....

Muy buen texto, felicitaciones.

marairosa

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Truculento. Me gustó, Netomancia.
¡Saludos!

SIL dijo...

Era siniestramente chistoso, Eugenio...


Otro abrazo.



SIL