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13 de septiembre de 2013

Clichés

Todas las pistas llevaban al mayordomo. Aquello le parecía muy cómico, un chiste. Sin embargo, no podía avalar esa idea. Sencillamente porque el mayordomo era el asesino solo en las películas. Estaba seguro que algún detalle había quedado librado al azar.
Revisó nuevamente la biblioteca, como lo había hecho decena de veces desde el día del crimen. Una fina capa de polvo se suspendía sobre los interminables volúmenes, los cuales, sospechaba, muy pocos habían sido leídos.
El dueño de la mansión, la víctima fatal del caso, había tenido la desdicha de quedar ciego a los cinco años. Y se opuso terminantemente a aprender a leer en sistema braille. Ninguno de los libros exhibidos en los estantes, a lo largo de las cuatro paredes de la habitación, estaba en ese lenguaje.
Los libros, en realidad, no eran suyos. Se los había ido comprando a su mujer, varios años más grande que él, que había sido en su momento la joven que lo cuidó de niño. Con los años y luego que la familia de Foreman, tal como se apellidaba la víctima, amasara una fortuna con la edificación de casinos, contrajeron matrimonio.
Al poco tiempo los Foreman emprendedores perecieron en un accidente de avión, quedando la fortuna y los negocios en manos del hijo ciego. Fue ella, su esposa, la que se hizo cargo de los casinos y a pesar de los vaticinios en contra, salió airosa en la empresa, aumentando el capital de la familia. Sin embargo, el dinero siempre estuvo a nombre de él.
Cuando ella murió, ya avejentada y sin haber podido darle hijos a la pareja, el mayordomo se transformó en la única familia de Foreman. Perkins, como inauditamente se llamaba el empleado, casi como si se tratase de una ironía, había servido a la familia desde pequeño, cuando correteaba detrás de los pasos de su padre, que oficiara en el mismo puesto casi a lo largo de cincuenta años.
Era adolescente cuando el hijo de los Foreman sufrió el accidente que lo dejó ciego. Al menos eso le había relatado al detective, que recordaba los pormenores de la charla mientras revisaba los estantes más altos, subido a una escalera.
Para entonces, la joven Isabella ya era parte de la servidumbre, cuidando al pequeño de la familia. Según Perkins, hacía solo un mes que ella trabajaba cuando ocurrió el infortunio. El accidente fue en el patio, donde había un establo con dos caballos. Purasangre, un ejemplar de carrera, se asustó de una laucha y salió en estampida, castigando con sus herraduras el rostro del niño. Luego de muchas intervenciones, salvó su vida, pero ya no pudo ver.
Isabella asumió la culpa y lo cuidó día y noche. Perkins le confesó al detective que entonces sintió celos del pequeño, pues Isabella era hermosa y cualquier muchacho de su edad la hubiese cortejado. Con el tiempo, el niño creció y la niñera pasó a ser su amante y luego su esposa.
El detective cesó su búsqueda. Era tarde, el ocaso se veía por la ventana y aquel lugar estaba atestado de clichés. Cada arista del caso le resultaba una mala broma. Sin querer golpeó un libro con el codo y cierto mecanismo se activó en alguna parte. Pudo escuchar el chasquido proveniente detrás de los libros. Observó con cautela la puerta. No creía que Perkins pudiera aparecer en ese momento. Casi con fruición comenzó la tarea de quitar los libros de sus respectivos lugares. Fue despejando los estantes, esperando la revelación. Se estaba por dar por vencido, cuando descubrió la caja fuerte. La puerta estaba semi abierta. Contuvo la respiración unos segundos. Luego la abrió por completo.
En su interior había un pergamino enrollado. El pulso le temblaba al tomarlo entre sus manos. Aquello parecía el desenlace de una película de misterio. Cierto escozor le recorrió el cuerpo. Nada en el caso estaba bien. Supo lo que iba a encontrar antes de abrirlo. Entonces, lo arrojó hacia un costado y echó a correr.
Perkins salió al cruce en el pasillo.
- ¡Deténgase detective, usted no puede irse!
- Váyase Perkins, esto es una pesadilla.
- Usted sabe que no lo es, detective.
El sobretodo largo y marrón parecía flotar por el aire, detrás del cuerpo del detective que corría velozmente a través del jardín. Dejó atrás los cables, las luces, las cámaras, los decorados, el set completo... al menos fue astuto para no desenrollar ese pergamino. La palabra Fin quedaría apresado en su interior y él sería para siempre un fugitivo dentro de una mala historia. 

4 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

No sé por que, pero sospecho que hay un demiurgo metido en esto. Yo no.

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

¡Qué final, Netomancia! Me gustó, muy bueno.
Saludos...

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Todo el argumento para una película de misterio. felicitaciones Neto.

mariarosa

SIL dijo...

Surrealista, me encantó.
Cuando el relato tiene esos visos de superposición de planos, se vuelven geniales.