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2 de agosto de 2013

Ruleta para el "Caballo"

En una ruleta rusa, las probabilidades de perder son proporcionales a la estupidez de la persona que acepta jugar. Claro, no es un axioma que muchos sepan o consideren a la hora de aceptar una invitación. Incluso, es común que quienes jueguen estén en un estado que va de la desesperación o la más inminente borrachera.
Al "Caballo" Gaona, un grandulón de buen corazón pero malas amistades, le hicieron creer que aquello era fácil, cuestión de azar, pero sin demasiadas consecuencias.
Previo a eso, se aseguraron que apostara una buena suma de dinero, que según el "Caballo", eran los ahorros de la vieja, a la que le había prometido que se los devolvía al día siguiente, pero duplicados.
Gaona llegó solo a la dirección que le habían anotado en el reverso de una caja de fósforos. Era un pasillo oscuro, bastante húmedo. La única puerta tenía una ventanilla muy sucia, que no dejaba ver hacia el interior. Golpeó la chapa repetidamente, como le habían dicho que hiciera. Esperó unos segundos y las bisagras oxidadas chirriaron agudamente, para que por el espacio entre la chapa entreabierta y el marco se asomara la cabeza de un enano vestido con ropas de cuero.
- ¿Qué quiere? - preguntó.
El grandote se agachó, para que el enano lo oyera mejor.
- Vengo a jugar a la ruleta.
El enano lo miró fijo, lo estudió de arriba abajo y luego lo hizo entrar.
- Si, ya me avisaron que venía uno como vos - le dijo mientras cerraba la puerta a su espalda.
- ¿Cómo yo?
- Si, ya sabés, grandote, medio... medio alto.
Otro pasillo los condujo hasta una nueva puerta. Tras la puerta, unas rejas. Tras las rejas, una sala con poca iluminación, salvo un lugar en el centro de la mima, donde una lámpara con un único foco, dejaba a la vista una mesa de paño verde, a la cual estaban sentadas cinco personas. Había una sexta silla, que estaba vacía.
Sobre el paño aguardaba un revólver. Gaona se sobresaltó. ¿Qué hacía el arma ahí? ¿Dónde, la ruleta?
Alguien corrió la silla libre hacia atrás, invitando al "Caballo" a ocuparla.
- ¿Trajo el dinero? - preguntó otro, a quién la poca luz le ocultaba el rostro.
- Si, pero... - el "Caballo" trató de hablar, pero sintió una mano sobre el hombro que lo empujaba hacia el asiento. El culo le rebotó en la madera, apenas mullida por un almohadón.
Se sorprendió del trato. Los que le habían pasado la información del lugar, eran conocidos. Le dijeron que era un buen lugar para ganar plata de manera rápida y veloz. Que a lo sumo en cuatro o seis tiros, duplicaba lo que apostaba.
Él era un apostador nato. Sabía que si la suerte estaba de su lado, podía darle la sorpresa a su madre. Pero el lugar distaba de cualquier otro que hubiera pisado en su vida. Sin mesa, con pocas luces.
- ¿Qué clase de ruleta clandestina es esta? - preguntó a la brevedad, recuperando la compostura.
- La que muchos mueren por jugar - respondió una voz, que no creyó reconocer.
- Saque el dinero - ordenó otro.
Gaona tanteó debajo del saco y buscó el sobre con la plata. Veinte grandes, chirola más, chirola menos. Lo dejó sobre la mesa, con desconfianza.
- ¿Esta es la mesa de apuestas? ¿Cómo carajo jugamos? - ahora comenzaba a perder la paciencia.
- Es fácil, agarre ese revólver, apúntelo a su cabeza y dispare. Si el tambor está vacío, gana. Si tiene una bala, poco le va a importar lo que suceda después.
Todos ríeron de buena gana. El "Caballo" se puso de pie, pero una vez más sintió la presión sobre el hombro y el cuerpo que se aceleró contra la silla.
- Usted se queda quieto. Ya cruzó la puerta, de aquí sale si la fortuna lo quiere. No antes.
- Nadie me dijo nada de esto, es un suicidio. No pienso jugar a esta mierda.
- Aceptó a venir y vino, llegó hasta acá, no tiene escapatoria. Hay otro revólver además del que está viendo y lo tiene Lucchiano. Ya conoce su mano y su fuerza, si se resiste o se niega a participar, conocerá lo bien que dispara.
Se hizo el silencio. Intentaba divisar entre sombras los rostros ajenos, pero le era imposible. La luz era nula y algunos fumaban. El humo enviciaba lo poco que se dejaba ver.
- ¿Cuántas balas hay? - preguntó el "Caballo", algo resignado.
- Tres.
- Tres se dividen el premio.
- Así es.
- ¿Debo empezar?
El brazo de Lucchiano, supuso, pasó a su lado hacia el centro de la mesa.
- Empieza el que elija el revólver - explicó otra voz, que hasta entonces no había oído.
La mano pesada del brazo cuyo dueño no podía distinguir, giró con fuerza el revólver de lado. Cañón y culata comenzaron a bailar en círculos en medio de la mesa. Se sucedían uno a otro, pareciendo en algún punto, que eran la misma cosa. De a poco, fue deteniéndose y con ese movimiento aterido, los corazones palpitaron uno a uno más rápido.
El "Caballo" había entrecerrado los ojos, no quería ver. Los abrió para observar que el cañón apuntaba hacia el hombre sentado en dirección opuesta a él. Suspiró.
Una mano se adelantó y tomó el arma. Luego, desaparecieron en la oscuridad, como si nunca hubiesen existido. Un estruendo poderoso las volvió a la vida, y al mismo tiempo, trajo muerte. El cuerpo se desplomó hacia atrás, cayendo pesadamente. El revólver cayó sobre la mesa, manchado en el cañón con sangre.
El brazo de Lucchiano se acercó con un trapo. Lo pasó rápido sobre las manchas y sin dar respiro, volvió a impulsar el arma en su danza macabra. Giró más que la vez anterior, haciendo la espera aún más angustiante.
Esta vez Gaona no cerró los ojos. De alguna manera, aquello comenzaba a gustarle. Al fin de cuentas, se trataba de azar.
El cañón apuntó a la persona que tenía a su derecha. El "Caballo" sonrió. El revólver volvió a desaparecer y él esperó el segundo estallido. Pero en cambio, solo hubo un "click". El arma volvió a su lugar y el brazo retornó para volver a poner en juego la calesita mortal.
¿Cuántas veces podía tocarle a uno? el pensamiento lo distrajo. Cuando el revólver se detuvo, creyó que apuntaba hacia su dirección. Pero no, lo hacía hacia su izquierda. El hombre a su lado lo tomó entre jadeos y disparó. Ahora si, el estruendo le llegó desde mucho más cerca y sintió que algo salpicaba su mejilla izquierda. Esta vez el revólver repiqueteó en el suelo.
Dos balas, quedaba una. La idea crecía en su mente. Podía lograrlo. El revólver giraba una vez más. Las posibilidades aumentaban, solo debía confiar en su suerte. El cañón frenó mirándolo acusadoramente. Sintió que el corazón se detenía, que la respiración caía en un abismo. Tragó saliva. Sintió que la mano de Lucchiano se posaba sobre su hombro, sin hacer presión, pero obligándolo a tomar el revólver.
No pudo vacilar más tiempo, se vio obligado a hacerlo. Adelantó la mano, tomó el revólver y lo llevó hacia las sombras. Apuntó hacia su frente y en el último momento, levantó el cañón y disparó. Lucchiano cayó hacia atrás, sin tiempo a darse cuenta de lo que había sucedido. El "Caballo" se puso de pie y tirando la silla al diablo, corrió hacia la puerta por donde había entrado.
Pero encontró las rejas con llave. Detrás suyo, las sillas se habían movido. Se giró sobre los talones y los vio. Eran rostros de muerte, espectros, calaveras andantes. Sus contrincantes, no tenían nada para perder. Y todos iban en pos de él. Su suerte había estado sellada desde mucho, pero mucho antes.

6 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Tal vez se sume un participante sin nada que perder, para atrapar a otro incauto.

Carlos de la Parra dijo...

Intenso y capturante relato.
BRAVO.

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Que manera de hacerme sufrir. Esperaba que en algún momento algo sucediera y Caballo se salvara, al menos por tonto, pero no hubo salvación....

mariarosa

SIL dijo...

Una verdadera trampa mortal, en las que se entra fácil y se sale jamás.



Abrazo, Netito.




SIL

José A. García dijo...

¿Hay verdaderas posibilidades de ganar...?

Suerte

J.

Anónimo dijo...

Sil quiero que seas mi trampa mortal ❤