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6 de julio de 2013

Pantalla encendida

Con mucho cuidado, Juan instaló la cámara justo frente a la cuna. El vendedor le había dicho "esto es lo último que viene" y para él fue suficiente. No le importó el precio. Su mujer insistía en conseguir un sistema de monitoreo para llevar al bebé a la habitación que le tenían preparada desde hacía meses. Mientras tanto, seguiría en el cuarto con ellos.
Si la idea era que el pequeño se habituara a dormir en su propia cuna, debía afrontar ese gasto. De lo contrario su esposa no accedería a dejarlo solo. Con la cámara instalada, volvió a su habitación.
Un monitor de escasas dimensiones reposaba sobre una mesa de madera, que durante años no tuvo otro uso que el de sostener una maceta en la que crecían malvones. Juan conectó los cables que veían en la caja y luego de leer el manual por undécima vez, encendió el equipo.
La imagen tardó en aparecer, pero cuando lo hizo, mostró la cuna tal como la había dejado, a cinco metros de distancia, pared de por medio. Otra ventaja del sistema de monitoreo era que podía usar su teléfono celular para observar la cámara.
Para eso había configurado el software en su smartphone tal como indicaban las instrucciones. El equipo brindaba conexión a internet y de esa manera, él podía acceder desde donde estuviera. Aquello le parecía novedoso. Lo probó con resultado satisfactorio.
- ¿Tiene que estar siempre encendida? - preguntó su mujer acostada en la cama, con el bebé en brazos.
- ¿La cámara? Y claro, de lo contrario no veríamos nada.
Juan quedó conforme con la instalación. Era la primera vez que algo que armaba, funcionaba a la perfección.
- Y eso que era chino - dijo.
- ¿Qué cosa? - preguntó su mujer.
- El aparato, que otra cosa va a ser - respondió mientras guardaba las herramientas en la caja de metal - Ahora lo apago, después lo volvemos a encender.
La mujer ahogó un grito y asustada gritó:
- ¡Juan! ¡Qué fue eso!
Su marido pegó un salto y miró alrededor. Pensó que el monitor había hecho algún cortocircuito o algo por el estilo cuando lo apagó.
- ¿Qué cosa? ¿Viste algún chispazo?
- No, en la pantalla, cuando lo apagaste. Alcancé a ver algo que enfocaba la cámara.
- ¿Qué viste? No vi nada.
- No se lo que era, una sombra, como una mano o algo así.
Estaba asustada, se había incorporado en la cama y apoyado la espalda en el respaldar. Sostenía con fuerza al bebé, como si temiera que alguien quisiera quitárselo de las manos. Juan observó la pantalla apagada.
- Querida, cuando estos monitores se apagan, el negro de los bordes se va hacia el centro. Eso seguramente es lo que viste.
- No, te digo que era como una mano.
Juan encendió la cámara. Se veía la cuna, tal como la había visto por última vez.
- ¿Dónde la viste?
- Ahí mismo, justo antes que lo apagaras.
- Vamos a apagarlo de nuevo entonces.
Accionó el botón de apagado y la pantalla quedó negra. Se volvió hacia su mujer.
- ¿Ahora te pareció ver lo mismo?
- No Juan, ahora se apagó y punto. Te digo que vi algo. Encendelo de nuevo.
Su marido así lo hizo.
- Ana, no veo nada raro. Tiene que haber sido lo que te dije. Ahora voy a la pieza y me asomo por la cámara. Pegame el grito si notás algo raro. Puede ser que haya dejado algo suelto cuando la instalé o que tenga alguna mancha el lente.
- Se notaría si hubiese una mancha.
- Ya lo sé, pero por las dudas me fijo. Avisame si la imagen se distorsiona. Quizá sea eso, que esté suelto un cable.
- Tené cuidado, Juan.
- ¿Cuidado? Amor, voy a la habitación de al lado.
Ana volvió a gritar. Juan la estaba mirando en el preciso momento que ocurrió. Pudo ver la transformación en el rostro, los ojos agigantados por el miedo, la tensión en sus músculos y las facciones del rostro contraerse ante el miedo. Y el grito, por supuesto, que surcó el aire de la habitación.
- ¡Ana, que te pasa!
- ¡La pantalla! ¡Hay alguien en ese cuarto! ¡Vi la sombra de alguien moverse!
Juan estaba observando la pantalla, con cierto rechazo a la idea de su mujer. La imagen seguía mostrando la cuna vacía. La cuna donde dormiría su hijo.
- Voy a ver - anunció.
Ana estiró el brazo, para detenerlo, pero estaba muy lejos. Arrimó contra su cuerpo aún más al pequeño, que había despertado con el último grito y puesto a llorar. También en ella, brotaron lágrimas de sus ojos.
Escuchó los pasos de su marido en el cuarto vecino y de inmediato vio parte de su cuerpo, al lado de la cuna. Se movía lentamente, con sigilo. De repente vio una sombra y el cuerpo de su esposo tambaleó. Pudo escuchar un sonido seco proveniente del otro lado de la pared y ver, a través de la pantalla, caer a Juan contra la cuna. La baranda se quebró en mil partes y la manta se tinó de un color espeso. Algunas salpicaduras alcanzaron al lente de la cámara.
La sombra se tendió sobre el cuerpo de Juan, que había quedado fuera de cuadro.
Ana quedó petrificada en la cama. El bebé había dejado de llorar. Apenas si podía respirar e incluso, temía hacerlo, para evitar ser escuchada por quién estuviese en el cuarto de al lado.
- Te dije, no era nada.
La voz de Juan la sorprendió. Como si nada, entró por la puerta y caminó hasta el monitor.
- Ahora si, lo voy a apagar.
Ana aún seguía viendo en la pantalla las manchas de sangre. Pero aún más la aterrorizaba la imagen de su esposo, allí de pie, delante de ella, cuando segundos antes lo había visto caer a través del sistema de monitoreo. No le salía palabra alguna, estaba muda a causa del pánico.
El monitor se fundió a negro.
- Querida, te vendría bien dormir, dame al bebé que lo llevo a otra parte, así descansás tranquila.
Juan estiró los brazos hacia su hijo. Ana interpuso su cuerpo, alejándose hacia el otro lado de la cama.
- ¿Qué te pasa?
- Vos no sos Juan, alejate.
- Ana... ¿te volviste loca?
- Mirate la ropa, está llena de sangre. ¿Acaso no sentís el cuchillo que tenés clavado en la cabeza?
Juan se observó. Llevó una mano a la sangre, la palpó con sus dedos y luego los miró un buen rato, como si le costara comprender lo que significaba. Finalmente tanteó el cuchillo. Lo arrancó de un tirón.
Ana salió de la cama.
- ¿Dónde vas? - le preguntó Juan.
- Alejate, dejame en paz.
Buscó la puerta, de espaldas contra la pared, siempre sujetando al bebé.
- Ana... ¿qué pensás hacer?
- ¡Salir de acá! ¡Poner a salvo al bebé! - dijo llorando.
- ¿Qué bebé, Ana?
Al mirar entonces el manto que llevaba en brazos, se encontró allí con la sombra.
Bebé y cordura desaparecieron al mismo tiempo y el mundo que conocía se fundió a negro, como una pantalla.


3 comentarios:

SIL dijo...

Ja! Digno de alguna versión de ALIEN...

¿Te acordás de V- Invasión Extraterrestre...? También me recordó a esas sensaciones.

MUY BUENO, Netito.


ABRAZO.


SIL

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Uhhh, terror en estado puro. A esto llamo yo miedo del más profundo.
Genial, Netomancia, de lo mejor que he leído por la web en el género terror en el último tiempo.
Creo que lo cotidiano de la trama hace que impacte ese miedo aún más en el lector.
Te felicito, che, me encantó.
¡Saludos!

Elliott Nimoy dijo...

Llego a este cuento navegando por intrincadísimos mares de menciones y re menciones.

Vertiginoso, onírico, genial.
No queda ninguna duda, después de leerlo, que el "Vos no sos mariana" de Juan haya nacido de este cuento.

Sublime Neto.
Un abrazo.