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24 de junio de 2013

En tu propio patio

La primera vez que lo vi fue suficiente. Y eso lo transformó en la última. Recuerdo bien el momento. Eran horas de la madrugada. No podía dormir y encendí la computadora. En realidad solo la pantalla, porque el equipo estaba descargando un par de películas. Leí algunos diarios en línea y finalmente caí donde caen todos: Facebook.
Miré actualizaciones durante diez minutos, riéndome con algunas ocurrencias y enojándome con ciertos comentarios intolerantes. Pero no fue nada de aquello lo que me impactó. De un momento a otro, en el muro de un joven que no conocía personalmente, pero que solía leer lo que colocaba en su perfil, comenzaron a aparecer sentidas frases repletas de angustia, dolor, pesar.
Leí una por una, completando el rompecabezas en mi mente. Algo le había ocurrido a cientos de kilómetros, en el lugar donde vivía. Y esa gente cercana, conocedora de los acontecimientos, iba agregando de a poco su despedida en el muro.
Si, porque todos los comentarios y publicaciones apuntaban a lo mismo: el joven había fallecido. Me quedé tenso frente a la computadora y con morbosa paciencia, dejé transcurrir los minutos mientras iba desglosando mensajes de dolor, algunos de los cuales arrojaban más luz a los hechos.
Para las cinco de la mañana, mi conocimiento estaba a la par de los que comentaban acongojados. De todos modos, me faltaba el contacto, la certeza de que esa persona era real. O que había sido real. Estaba asistiendo a un velorio virtual, de una persona de la que solo conocía su nombre y apellido y una foto de perfil. Pero era mucho más que un velatorio, era el repaso acelerado de su vida, viendo sus fotos, sus amistades, estableciendo lazos entre los firmantes y el infortunado. Aquello era una necrológica en tiempo real, pero al mismo tiempo, me parecía lejano, un hecho distante, que no podía afectarme.
Solo cuando el sol despuntaba por la ventana, indicando el inicio de un nuevo día, me aborrecí por la innecesaria curiosidad. Y lo peor de todo, es que comprendí que estaba asistiendo a un duelo verdadero, pero a puertas abiertas. Eso, no podía concebirlo. Era como asomarse a la ventana y encontrarse con que están enterrando a alguien, con cortejo incluído, en el patio de tu casa.
No estaba preparado para eso. La tecnología no solo me estaba acercando opiniones, comentarios, gente que publicaba cosas. Me estaba invitando a sus vidas, a sus miserias, a sus felicidades, a su muerte. Mi mundo virtual se había convertido en un gran conventillo, de pasillos amplios y departamentos de puertas y ventanas abiertas, donde todos y cada uno, podía observar al otro.
Me asusté. Aquello había dejado de gustarme. Odio que toquen timbre en mi casa para traerme malas noticias, odio el llamado del teléfono en horas de la madrugada que solo indica desgracia. No podía soportar ser espectador de aquello. Fue suficiente. Ni ahí, ni en ningún otro lugar. En ese preciso instante, borré mi cuenta.
Preferí el egoísmo de la soledad, al conventillero teatro del siglo XXI.

4 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Es lo malo de estar conectado, conectarse a lo negativo de los emociones.

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Interesante reflexión, acompañada de tu gran calidad literaria.
Genial, Netomancia.
¡Saludos!

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Es que Facebóok es eso, un conventillo virtual, donde algunos cuentan si fueron al doctor, otras te muestran fotos de su mejor torta y así sucesivamente... un conventillo...

mariarosa

SIL dijo...

Me pasó hace una semana con una blogera que se suicidó.

Es terrible.

De cualquier manera, no prefiero la soledad.


Abrazo grande, Netito.



SIL