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3 de junio de 2013

De galera y bastón

Golpeó con el bastón repetidamente sobre el mostrador. Por una puerta que tenía colocada una cortina de plástico apareció una señora de avanzada edad, caminando muy despacio. La mujer, de aspecto oriental, sonrió, pero no pronunció palabra alguna.
- Estoy buscando a Yap Fu Yao - se anunció el hombre, quitándose la galera.
La anciana se retiró por donde había entrado, con la misma parsimonia con la que había llegado. Arrastraba los pies al caminar y sus pasos eran lo único que se escuchaba en aquel local comercial.
Por los ventanales que daban al exterior, apenas si entraba claridad. Estaba situado en una calle muy angosta, en los suburbios de la ciudad. La vereda del otro lado parecía estar a un paso y era improbable que pudieran pasar por el asfalto un coche y una moto al mismo tiempo.
La espera pareció una eternidad, pero al hombre apostado sobre el mostrador poco le importaba. No mostraba signos de impaciencia, tan solo aguardaba.
Cuando la mujer volvió a emerger entre los flecos de la cortina de plástico, el visitante parecía tener diez años más. Ella, en cambio, parecía más joven. A sus espaldas, venía una hombre de mediana edad, calvo en su totalidad, con aros en las orejas y un bigote largo y fino, cuyas puntas terminaban en un rulo gigante hacia arriba.
Al ver a la persona que lo había mandado a llamar, se detuvo en seco. Le pidió a la mujer que se fuera y con recelo, se acercó al mostrador.
- ¿Qué es lo que quiere, Collins?
Collins no respondió de inmediato. Puso la galera sobre la mesa y sacó de su bolsillo una pipa. La encendió con tranquilidad y tras la primera bocanada, dejó escapar el humo hacia el rostro de Yap Fu Yao.
- ¿Le han comido la lengua los ratones, Collins? Sabe muy bien que no quiero ver esa galera en mi tienda.
- Usted me engañó y lo sabe - retrucó el otro mientras le mostraba también el bastón.
Los ojos de Yap Fu Yao se agigantaron como dos monedas antiguas.
- ¿Cómo es posible? ¡Usted sabe el peligro de tener ambas cosas!
- No quiera engañarme otra vez. Ni el bastón ni la galera tienen poderes.
- ¡Qué está diciendo! ¿Acaso no se da cuenta que los está empleando en estos momentos? ¿O cómo me puede explicar que esté aquí, en esta tienda, luego de lo que le pasó?
Por primera vez, Collins perdió el semblante seguro que mostraba desde que había llegado al lugar.
- No entiendo ¿Qué me pasó?
- ¡Yo lo maté Collins!
- ¿Usted me mató...?
- Si y usted de alguna manera juntó los dos objetos en el más allá.
- No me engañe Collins, deje de hacerlo. La última vez que lo vi me vendió esta galera por cinco piezas de oro y me convenció que viajaría en el tiempo.
- Y le advertí que no intentara conseguir el bastón que hacía juego. ¿O no lo recuerda?
- Claro que me acuerdo. Lo he conseguido y ahora ya no puedo viajar en el tiempo, ni deshacerme de él. Lo olvido, lo pierdo, hago que me lo roben, pero siempre lo encuentro nuevamente. ¿Ese era el temible poder que podían tener juntos? Vengo a devolverle la galera y pedirle que me compre el bastón.
- No puede negarme que viaja en el tiempo. Lo hace a cada instante. Mire sus ropas, sin que usted se de cuenta están cambiando. Mire sus zapatos. Cambian cada cinco segundos. Usted está viajando en el tiempo continuamente.
Collins se asombró al notarlo.
- Espere... esto no sucedía antes. ¿Qué está haciendo Yap Fu Yao?
- ¡Hombre! Nada, usted lo está haciendo. El bastón lo ha resucitado y por eso no puede perderlo, por más que quiera. Si el bastón lo abandonara, usted moriría de inmediato. ¡Míreme bien! ¿Qué nota?
- Oh, es cierto. Por momentos tiene cabello, por momentos no. Su bigote crece, se achica, deja de tener rulo, luego lo vuelve a tener... y su piel, envejece y luego, es otra vez joven.
- El tema es que no recuerda Collins, ese es el problema.
- ¿Por qué hubiera usted de matarme? ¿Acaso ya le hice este reclamo antes?
- Usted vino a robarme el bastón Collins. Por eso lo maté.
- ¿Pero no me había dicho que el bastón lo encontré en el más allá?
- Es que allí lo llevé cuando morí. ¿No recuerda? Me ha matado muchas veces, y vuelto en el tiempo, hasta dar con el momento de mi vida en el que poseía el bastón. Una de esas veces, yo lo maté. Pero lo maté en un tiempo en el que yo también lo había matado. Supongo que allí me robó el bastón, en el más allá. Pero yo no soy como los demás, Collins. Ahora ha vuelto, porque las divinidades quieren que me cobre venganza y de paso ponga fin a su mísera vida.
- ¿Entonces, he de morir?
- Es lo que nos toca, tarde o temprano.
Collins tomó el bastón y la galera y trató de regresar en el tiempo, pero lo único que sucedió fue lo mismo que hasta entonces: solo cambiaba la fisonomía de Yap Fu Yao. Agotado, arrojó los elementos contra su interlocutor.
- Me rindo - anunció.
- Tome - le dijo Yap Fu Yao y le entregó diez piezas de oro.
- ¿Y esto por qué? - preguntó al tiempo que se guardaba ávidamente el oro en los bolsillos.
- Le compré el bastón, como usted quería. De otra manera, al matarlo, no ganaría nada. El bastón lo resucitaría. Ahora es mío.
- ¿Y usted por qué no resucitó la última vez que lo maté?
Yap Fu Yao sonrió.
- ¿Para qué? Vivimos varias vidas al mismo tiempo, solo que no lo sabemos. A diferencia de los demás, tengo conciencia de ello. Una, dos, cinco o siete muertes. Es lo mismo. El tema es estar vivo en la que nos importa. Hasta luego, Collins. No puedo decir que haberlo conocido, haya sido un placer.
El oriental sacó un revólver de su bolsillo y disparó sin titubear. Otra vez estaba calvo y sus bigotes con punta parecían bailotear burlonamente.

6 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Complicada historia, es una historia circular donde todo vuelve a comenzar.
¡¡Muy bueno Neto!!


mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

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