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1 de mayo de 2013

Oscuridad en la canchita

Los miércoles era tarde de picado a la vuelta de la estación de servicios. Allí había un baldío con un par de arcos y para dos equipos de siete jugadores era el lugar ideal. La misma gente de la estación lo mantenía en condiciones, cobrando una mínima colaboración. Ellos mismos jugaban sus partidos allí.
El grupo de los miércoles llegaba a veces a veinte personas. La mayoría ex compañeros de secundaria. El resto, amigos de algunos, que se fueron sumando. Aquella tarde éramos trece.
Habíamos armado un equipo de seis y otro de siete (diferencia que en la cancha no se vería, porque se había equilibrado la calidad de los integrantes). Cuando estábamos por arrancar, lo vimos entrar a Manuel. Por un lado, contentos, porque era uno más. Por el otro, fastidio, porque había que armar los equipos de nuevo.
Pero Manuel se sentó a un lado y dijo que largáramos, que no jugaría.
- ¿Qué te pasa? - le grité.
- La pierna, me duele. Jueguen - insistió.
Jugamos. Aunque de vez en cuando miraba para el costado. Allí estaba Manuel, observando sin observar. No tenía cara de "me duele una pierna". Se lo veía distraído, hasta algo pálido. Un par de veces la pelota fue hasta donde estaba y al golpearlo, lo sacaba del ensimismamiento en el que se encontraba. Pero irremediablemente, volvía a su postura.
Cuando terminamos, nos reunimos a un costado, para hacerles lugar a los chicos que jugaban después de nosotros, a los que ya conocíamos de vista de tanto coincidir en la cancha. Compramos unos porrones de cerveza en la estación y nos tiramos bajo unos árboles a tomarlas. Manuel se acercó, pero declinó la botella cuando alguien se la pasó.
Comentamos el partido, nos gastamos algunas bromas y luego cada uno empezó a alistar su bolso para volver a casa. Todos menos Manuel, que no había ido a jugar. Me di cuenta que se quedaba cerca mío y supuse que me iba a pedir que lo llevara.
- ¿Te llevo? - le pregunté mientras metía las medias y los botines dentro del bolsito deportivo.
- ¿A casa? No, hoy ni en pedo.
- Dale, contame. ¿Qué te pasa? No me creo el cuento de la pierna.
- Me echaron Adolfo, me echaron de la oficina.
- ¿Cómo que te echaron, negro?
- Así como lo escuchás. Reducción de personal, persona prescindible, agarre sus cosas y váyase. ¿Vos podés creer? Cinco años Adolfo, cinco putos años ahí adentro, quedándome después de hora para cumplir, yendo a trabajar con fiebre. Y me pagan así...
- Me imagino que todavía tu mujer no sabe nada.
- ¿Con qué cara le digo? Hace cinco meses nos metimos con el crédito hipotecario. Apenas si saca para sus gastos, con esas horas de mierda que hace en el jardín.
- Manuel, pensá que por un tiempo vas a tener la indemnización...
- Una mierda Adolfo, me pagan dos mangos. Ya me hicieron firmar los papeles.
- ¿Ya firmaste?
- Me dijeron que si dejaba pasar el tiempo, me iban a dar menos. Que si llevaba un abogado, iban a demorar el pago. Que si les ponía un juicio, no iba a cobrar ni el día del choto. Firmé, qué otra cosa podía hacer. Ni gremio tenemos.
Nos quedamos en silencio, compartiendo los sonidos de la cancha. Nos llegaban distantes, como si pertenecieran a otra realidad. Sentía bronca e impotencia. Lo veía a Manuel, pensaba en su mujer y al mismo tiempo, me imaginaba en una situación similar y se me revolvía el estómago.
- Te puedo sugerir en la fábrica, no es lo tuyo, pero hasta que encuentres algo...
- Lo que sea Adolfo, lo que sea. ¿Sabés algo? Te lo íbamos a decir el sábado, que es tu cumpleaños. Mariel está embarazada. Vamos a ser padres. ¿Podés creerlo? Vamos a tener un bebé. Justo ahora, vamos a tener un bebé.
Manuel comenzó a reír.
- Es irónico Adolfo. Comenzamos a soñar con nuestra casa propia, con nuestro primer hijo y me quedo sin laburo.
- Es injusto, más que irónico.
- No quiero importunarte más. Quería que te enteraras por mí.
- Te llevo a tu casa, dale.
- No, dejá. Me voy caminando. Así tengo más tiempo para pensar. No sé aún como voy a enfrentar a Mariel.
- Si querés, te acompaño y...
- Andá tranquilo a tu casa. Mañana te cuento como me fue.
- Mañana mismo hablo de vos en el trabajo.
- Te agradezco Adolfo. Andá ahora, andá con tu gente.
Y me fui. Subí al coche, lo puse en marcha y tomé la calle. Manuel aún estaba de pie, a lado de un árbol. Miraba hacia la cancha, como buscando en ese picado de extraños conocidos las palabras justas para decirle a su mujer. Un solo pensamiento me asaltó en el viaje: "Menos mal que no me pasó a mí". Me aborrecí el resto del camino, pero en el fondo lo creí acertado. De todas maneras, al contarle a mi esposa, mientras comíamos, tuve ganas de llorar, aunque no lo hice.
Sabía que no era el fin del mundo, pero si, un sismo bajo los pies de Manuel y su familia. Una brecha enorme, que lo distanciaba de la tranquilidad habitual, de los días rutinarios, del dinero a principio de mes para pagar las cuentas, del sentarse y reír, del cerrar los ojos y proyectar. 
Cuando me acosté, supe que no podría dormir. Mi pensamiento egoísta se instalaba sin pedir permiso y por más que lo rechazara, allí estaba, espiando desde alguna parte. A medianoche sonó el teléfono. Intuí la voz que escucharía. Le dije a Mariel antes de cortar que no se preocupara, que saldría a buscarlo.
Fui con el auto directamente a la canchita de fútbol. Las luminarias estaban apagadas, pero ni bien bajé del coche, sentí el ruido de la pelota golpeando un poste. Caminé en la penumbra, mientras mis ojos se acostumbraban. Para cuando lo tuve a pocos metros, distinguía su figura nítidamente.
- Llamó a casa Manuel, está preocupada.
- No sé cómo Adolfo, no tengo la más puta idea... - y allí se quebró. Ni siquiera pudo patear la pelota; intentó hacerlo, pero se tambaleó y se abrazó a mi cuerpo para no caer. Quedó aferrado, como una parte de mí, llorando sobre mi hombro. Lo dejé que se desahogara, en silencio. Tampoco encontraría las palabras si me tocara estar en su lugar.
Cuando se calmó, solo atiné a decir unas pocas palabras.
- Ella más que nadie, va a estar a tu lado. Y juntos, van a salir adelante.
Me miró, sin poder discernir si aquello era cierto o no. Dejó escapar el aire contenido y respiró profundamente.
- ¿Me llevás? - preguntó finalmente.
Le palmeé la espalda y le dije "vamos". Miré de reojo la cancha vacía.
- Manuel... ¿unos penales a oscuras, como cuando éramos chicos?
Esta vez me observó con otros ojos, iluminados. Sonrió genuinamente y abrió los brazos.
- Y dale...
De inmediato se pasó la mano por la cara y se adelantó al trote.
- Al arco primero - me ventajeó.
No dije nada, no valía la pena. No iba a reclamar por un "pan y queso" esa noche. Lo dejé ser y juntos fuimos, aunque sea por diez minutos, libres otras vez de este maldito mundo.

2 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Que bien has relatado ese maldito momento que significa quedarse sin trabajo y dejar rotos los sueños forjados.
Muy buen relato, especial para hoy; Feliz día del trabajador.

mariarosa

SIL dijo...

Más que hermoso.

Una postal de tango futbolero.



Otro abrazo.



SIL