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7 de mayo de 2013

El reloj del abuelo

Su madre le había contado cientos de veces la historia del reloj de su abuelo. Cada vez que la escuchaba, se imaginaba cerca de aquello que transcurría tan distante en el tiempo.
Era un relato breve, pero con la suficiente fuerza como para marcarlo de por vida. Por eso, cuando terminó la carrera y se recibió de ingeniero, antes de cualquier intento de conseguir trabajo o aceptar alguna de las becas que le habían ofrecido, decidió hacer ese viaje que venía postergando desde niño.
Se puso la mochila en la espalda, el casco en la cabeza, se montó en la moto y recorrió caminos desolados, cubriéndose de tierra bajo el rayo del sol, fuerte, calcinante.
Atardecía cuando vio las formas del pueblo. Apenas si lo recordaba. De pronto eran recuerdos borrosos, asaltados por el paso de los años, desvalijado de colores y aromas, de nitidez y certeza. Pero allí estaba la calle principal, las casas bajas, los pocos comercios, los vecinos del pueblo en sus quehaceres diarios.
Aminoró la marcha y comprendió que las miradas se posaban en él, en el forastero que llegaba con su moto. Lo observaban con recelo, como a todo visitante. No recordaba ningún rostro, habían pasado muchos años de la última vez.
Con esfuerzo, recordó que debía doblar en la última calle. De repente, al hacerlo, la casa de su abuelo apareció recortada en el paisaje. ¿Quién viviría ahora allí? ¿Le permitirían entrar?
Detuvo la moto y caminó hacia la puerta. Golpeó las manos, como cuando era pequeño. Allí no había timbres, eran las palmas o los gritos. Una mujer robusta se asomó a la puerta. Lo miró con desconfianza.
El se presentó y no demoró en hacerle saber la razón de su visita. La mujer en primera instancia dudó, pero luego permitió su paso.
Fue directo hacia el patio, aunque antes aceptó un vaso de agua, tanto por cortesía como por sed. El viaje lo había extenuado. Los árboles no eran los mismos, el verde ya no brillaba como en su memoria y hasta el cantar de los pájaros parecía diferente. El mundo pierde su brillo a medida que se lo vive, se lo camina. Es como un zapato nuevo, que se desgasta. Pero en definitiva, era aquel patio, era el lugar aquella historia.
Se dirigió hasta la higuera casi centenaria, se apoyó en el tronco y buscó el norte. Su abuelo le había enseñado como. Caminó diez pasos y giró cuarenta y cinco grados. Contó otros veinte pasos y frenó su marcha.
Sacó de su mochila una palita de jardinería y se puso a cavar. Estaría allí, a menos de medio metro. A los pocos minutos, sintió como la herramienta golpeaba algo metálico. Demoró un poco más es desenterrar el objeto con el que se había topado. Una caja metálica, que en algún momento tuvo pintada una escena escolar.
La abrió. Dentro estaba el reloj. El mismo de la historia. Aquella que su madre le contaba desde pequeño, pero que su abuelo jamás le quiso confirmar. El reloj de oro puro, con el que su abuelo se había pagado el viaje desde España, tras vendérselo al capitán de un barco. Ese objeto de valor cuantioso que luego recuperó matando a traición a su comprador, en el mismísimo puerto de Buenos Aires.
Lo apretó fuerte y comprendió la mirada siempre ausente, melancólica, arrepentida, de aquel viejo. Y esos ojos vacíos, dolidos por la vida. Y también el odio visceral de su madre, que le repetía una y mil veces la historia, para que odiara tanto como ella a su abuelo.
Pero en cambio, siempre sintió pena y al mismo tiempo, incredulidad. Su abuelo no podía haber hecho algo así, no podía. Y sin embargo, jamás respondió a su inquietud de saber. Solo aquel extraño mandato: "Cuando muera, de la higuera diez pasos, cuarenta y cinco grados norte, veinte pasos otra vez. He ahí mi respuesta".
Aquella historia, aquel reloj, aquel pasado.
El tiempo todo lo desgasta, incluso lo que nos avergüenza y condena.

3 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Muy buena historia Neto. Ese abuelo, no es la ilusión que uno tiene de los viejos querido, pero era su realidad.

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Una concluccion que podría ser interpretada como optimista o pesimista.

SIL dijo...

Magnífico Neto.


El renglón último es sublime.



Abrazo.



SIL