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4 de mayo de 2013

Carletti, el obsesivo

Carletti era buen escritor, pero muy obsesivo. Sus páginas debían tener número par de caracteres y líneas, no podía permitir que hubiese menos de sesenta letras por renglón y los párrafos debían tener el punto en el final mismo de la hoja.
Pero eso no era todo. Debía haber la misma cantidad de vocales A y E, en tanto que permitía menos de las restantes siempre y cuando el orden fuese el siguiente: más O que I, más I que U.
El total de palabras debía coincidir página a página o bien, tener una diferencia entre si expresada en una cantidad "redonda", es decir, diez, veinte, treinta.
Los títulos debían valerse de doce letras, el total de páginas debía ser múltiplo de cuatro y los capítulos debían ser en total seis. En el contrato con su editorial exigía que las tiradas fueran de diez mil ejemplares. En las presentaciones hablaba exactamente veinte minutos y solo firmaba ochenta libros por vez.
Odiaba los reportes de venta, porque pocas veces los resultados coincidian con su obsesión. No le importaba si vendía más o vendía menos. Lo que realmente valía, era la cifra.
Cierta vez un reportero insistió con una séptima pregunta. Carletti se puso loco, hasta quiso tomarse a golpes de puño al grito de ¡nunca impar, nunca impar".
Al fallecer repentinamente en el día de ayer, su abogado dio a conocer su última voluntad. Dos ataúdes. En uno, la mitad de su cuerpo y en el otro, el resto.
El caos se desató no con ese pedido extraño y hasta de mal gusto, sino luego, cuando alguien preguntó en voz alta por su mujer, con el fin de darle el pésame. En ese instante, dos mujeres se adelantaron al mismo tiempo, para acercarse a la persona que había preguntado.
Las mujeres se miraron y comprendieron de inmediato. ¡Carletti se había casado dos veces! Los presentes en el velatorio no lo podían creer.
- ¿Quién sos vos? - preguntó una a la otra.
- ¡Analía, la esposa de Carletti!
- ¡Yo soy Analía!
La incredulidad había tomado por sorpresa la sala velatoria. Se escucharon algunas voces que decían algo así como "el hijo de puta se las buscó con el mismo nombre" y otras barbaridades, que no parecían acertadas para el acontecimiento. Las mujeres se trenzaron de los pelos. Las demás personas empezaron a mirarse con desconfianza. El abogado buscó con ojo clínico la presencia de algún colega, con el que Carletti lo estuviera engañando.
El desorden se hizo general y lo que debía ser un momento de reflexión, terminó siendo una escena de violencia injustificada. El corolario fue la llegada de patrulleros policiales y más de una veintena de detenidos.
El único beneficiado fue Carletti, que debido al caos, su apoderado determinó que el velatorio no había sido el ideal y por lo tanto, programaron otro más para mañana, con el fin de hacer justicia al recuerdo de sus letras. Obsesivo, hasta en la muerte.

5 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Era un piantado el tal Carletti...

Original y muy buena historia, como siempre. Espero alguna vez decirte: "Neto está historia no me gustó" pero no lo he logrado aún. Ya llegará.

Buen fin de semana.

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Al leer tu relato, pensé que te ibas a referir a Eduardo Carletti, escritor de ciencia ficción. Pero resultó que no.
No es extraño que un escritor sea obsesivo, suele ser algo que tiene la gente con talento creativo. Puede ser muy util.

SIL dijo...

La muerte no siempre nos enmienda.


Abrazo


SIL

SIL dijo...

La muerte no siempre nos enmienda.



Abrazo



SIL



- dejé otro, para no faltarle el respeto al finadito -


:P

Wílliam Venegas Segura (DW) dijo...

Netomancia: Muy buena historia y original.

Me apunte, como seguidor de su blog y me gustaria que usted visite mi blog, e, igual se apunte como seguidor en el mio. Lo espero.