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22 de abril de 2013

Contingencias

El hombre lustró sus zapatos con esmero, cuidando de no ensuciarse las manos y al mismo tiempo, dejar el cuero brillante, casi como un espejo.
Afuera llovía con saña, pero no se amedrentaba. Tenía preparado un viejo paraguas, de color azul, que le serviría para salir.
Tampoco lo preocupaba el viento, que movía los árboles de un lado a otro como si fueran de papel. De vez en cuando miraba por la ventana, pero el caos exterior no mellaba su espíritu decidido.
Cuando quedó satisfecho con el lustre de su calzado tomó el paraguas. Se cuidó de no abrirlo en el interior de la casa, por ese viejo dicho que decían sus padres, que el hacerlo traía mala suerte. Y no era cuestión de llamarla, menos esa tarde, tan importante y esperada.
Con la mano libre abrió la puerta y antes de dar un paso a la calle, abrió el paraguas. La tela se desplegó oponiéndose a las gotas de la lluvia, que repiqueteaban con violencia. Cerró la puerta y emprendió la marcha.
Los zapatos recién lustrados estaban ahora salpicados y el traje gris, que él mismo había planchado, mostraba zonas mojadas por la lluvia, dado que el paraguas apenas si podía cubrirlo ante tremendo temporal.
Pero el hombre no ahorró esperanzas y sin titubeos, cruzó una decena de calles, cubiertas de agua de punta a punta, para llegar a destino.
Allí tocó timbre y esperó cinco minutos. Sospechó que la energía eléctrica se había cortado y empleó su mano para golpear la puerta.
A los pocos segundos una mujer abrió la puerta. Llevaba un delantal sucio con harina y los ruleros en la cabeza.
- ¡Don Julian, pero que hace por aquí con este temporal! ¡Se va a enfermar, hombre!
Julián le mostró su mejor sonrisa, e hizo un movimiento de hombros, restándole importancia al clima. Y como para afirmar ese gesto, buscó en su bolsillo y extrajo un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, con el detalle de un moño en una esquina.
- Por su cumpleaños, doña Elvira.
La mujer se vio sorprendida y al mismo tiempo halagada.
- Gracias - contestó al tiempo que tomaba el paquete entre sus manos - Pero mi cumpleaños no es hasta en cinco meses, Don Julián.
- Es que para entonces ya no estaré en este mundo y quería verla sonreír, ahora.
- Oh, don Julián, no me diga que el análisis ha...
El le hizo un gesto con la mano, para que se llamara al silencio.
- El regalo doña Elvira, lo demás no tiene importancia. Son las contingencias de la vida, que es efímera. En cambio, una sonrisa, puede ser eterna. ¿Sabe que pienso de las estrellas? Que son sonrisas que el cielo le ha robado a la Tierra. Ahora, cuando usted abra ese paquete, el cielo hará perdurar por siempre su sonrisa. La pondrá bien alto, radiante, para que jamás pueda olvidarse. Y entonces, usted acá y yo en alguna parte, podemos contemplarla y decir: ¡Eso y nada más, el resto no tiene importancia!

4 comentarios:

Willy Tiburcio dijo...

Bellisimo relato.

A ponerle atención a lo que realmente es importante...

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Neto que bello, cuanta ternura en ese hombre. Emocionante la forma en que lo has relatado.

mariarosa

SIL dijo...

Precioso, de una dulzura infinita.



Otro abrazo.



SIL

el oso dijo...

Una dulzura que parece literaria, pero puedo jurar que de esas existen.
Hermoso, Neto.
Abrazo