Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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16 de abril de 2013

Cobardía

Lo primero que pensé fue que quizá se debía a mi aspecto solitario, sin prisa en el rostro, acodado en la barra del bar frente a un vaso que apenas retenía un dedo de cerveza. O la espantosa tormenta que se avecinaba y que algunos vecinos relacionaban con algún fin del mundo, escuchado o leído por ahí. También creí que podía haber sido por la necesidad de desahogo ante el sofocante peso de un secreto a cuestas. O simplemente, la certeza de la proximidad de la muerte ante la que ese hombre resolvía hacerme su confesión con denuedo.
Pero la realidad era que, cualquiera haya sido la causa, el destino me puso delante de sus ojos celestes casi pálidos, en medio de una noche que recuerdo algo borrosa en sus imágenes, pero cuyos sonidos, desde los truenos hasta las palabras medidas y vertidas con sumo cuidado por el anciano, como si fueran a partirse con el roce del aire, reverberaron mucho después en mi cabeza.
No me di cuenta que estaba a mi lado hasta que pronunció mi nombre. No me asombró. Todos en el pueblo me conocen. Y cuando llegan desconocidos, me los envían a mí. Soy una especie de guía de turismo y en este lugar de mala muerte donde enterramos a los viejos mientras los jóvenes escapan en busca de mejores rumbos, lo único que llama la atención son unas grutas muy altas, entre caminos rocosos, donde voy a diario llevando gente que solo se detiene a mirar el paisaje a través de sus cámaras de fotos.
Este viejo no venía a escalar ninguna roca. Lo supe al ver sus manos artríticas y lo confirmé al escuchar su voz áspera, lastimosa, como si hubiese sido arrollada por un tren una y mil veces.
- Ernesto  - me dijo, y ya no pude escapar de su embrujo. El iris apagado tenía toda mi atención. Los pocos sentidos que aún se mantenían en pie dentro de un cuerpo que ya no lo hacía y que agradecía en silencio la presencia de la barra de madera, se irguieron ante esa mirada extraña, que hablaba más allá de la boca, que aturdía más que el silencio.
Ni siquiera pude balbucear un monosílabo. Pero no fue solamente el hecho que mis labios se sintieran torpes, a causa del alcohol. Su presencia obligaba sumisión y mis acciones se rindieron ante esa sensación. Por un momento me creí otro, olvidando mi carácter fuerte y parco, que comúnmente habría dado por terminada la charla incluso antes de comenzarla.
- El tiempo es oro – prosiguió – Este pueblo es tu tumba. En unos años te mirarás al espejo y no te reconocerás. Mirarás alrededor y no verás nada que aún ames. Llegarás a viejo, solo y sin amigos. Es lo que hagas o lo que el tiempo haga con vos.
Lo escuché, mastiqué cada palabra suya, hasta pude sentirle un sabor distinto a cada una. Pero si allí había un mensaje, no existía para mí. ¿Acaso debía esperar para no reconocerme cada mañana? ¿No ocurría eso cada día, despertando con resaca y el rostro demacrado? ¿El tiempo me quitaría los amigos que no tenía? La única persona que aún me hablaba era el cantinero y lo hacía porque me recordaba que le debía dinero por los tragos.
El hombre estaba loco y solo quería hablar, decir algo, cosas de viejos. Quería comentar con seguridad que el mundo no era como antes, que la juventud estaba perdida, que deseaba morir y quería hacerlo con dignidad. Esos ojos suplicaban atención, la necesidad de ser escuchado…
Y sin embargo no.
El viejo no estaba ahí para decirme una trivialidad. No quería malgastar sus palabras en un borracho que lo mandaría a cagar. Se notaba porque en su mirada había interés y mucha pena. En su voz, un semblante de dureza, de reproche.
Puso una mano sobre la mía y por un instante, una fracción mínima en el universo, sentí repulsión, rechazo ante la textura del horror mismo, una comprensión que podría hacer claudicar incluso a una mente sana.
Su voz, ese trémulo espanto que se confundía con el murmullo constante del bar, hilvanó otras palabras y mis oídos, en lugar de replegarse y huir, se quedaron mustios y atentos.
- Cuando seas este viejo que te habla, comprenderás que es tarde. Recuerdo la vez que estuve en tu lugar, intentado recordar si iba por la quinta o la sexta cerveza y me aparecí de esta manera. Fui soberbio y subestimé a ese extraño que se me presentó. Ahora con seguridad estás haciendo lo mismo. Que la vida no te sumerja en su mar de conformismo, que no te engañe con diamantes fugaces y sueños eternos. Que no haga de tus noches, el calvario de los días. Y que los días no sean el tránsito al descanso. Y que el descanso, no sea la vida misma. Vive, Ernesto. Vive.
El anciano se puso de pie, me palmeó la espalda y se fue. No sonrió ni saludó. No hacía falta. Observe mis espaldas viejas dejar atrás la puerta del bar y no tuve el coraje de levantarme y correr detrás de mí.
Me llevó días armar el rompecabezas, más por miedo que por inteligencia. Lo supe cuando las pieles se tocaron, cuando los dos fuimos la misma persona, en esa porción de universo, espacio y tiempo reservada para ese instante.
Es amargo reconocer que nada he hecho, que el mundo sigue girando cada día de la misma manera. Que por las noches me emborracho, que en los días, cuando puedo y cuando hay trabajo, viajo a una gruta perdida en alguna parte y que más de cien veces he pensado en desviarme del camino, seguir de largo en un barranco y decirle adiós a todo.
Y sin embargo, con un vaso repleto de cerveza delante, comprendo que una noche diré basta y entonces, cuando quiera respirar aire puro, éste ya no existará.
Entonces, al mirarme al espejo, veré a un viejo con el semblante marchito, el cuerpo desgastado y dueño de una voz que me recordará pesadillas y no me dejará dormir de noche.
Será entonces cuando le pida a la vida una oportunidad, una sola chance. Y la misma me será otorgada y podré volver en el tiempo, por solo unos míseros minutos, y en ese lapso, en ese momento de la vida que podré verme cara a cara, con mis ojos moribundos intentaré suplicar clemencia a mi propio veneno. Y sabré, a pesar de las palabras, que ya es tarde. Que no hay marcha atrás.
La vida es un ciclo que se repite, si es que lo permitimos. A veces solo hace falta un paso al costado, en el momento justo, para romper ese vicio. Solo de esa forma, nos permitiremos morir, que es el fin, el objetivo, el triste sentido de todo.
Aquel encuentro no era el destino, no era el azar. Era un milagro. Y no quise verlo, ni tampoco lo haré, durante toda la eternidad.
Fui y seré, siempre, demasiado cobarde.

3 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

No sé si fue cobarde, sólo creo que debe ser difícil encontrarse con uno mismo y con alcohol mediante....

Muy bueno.

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Tan cobarde que ni siquiera algo fuera de que se cree posible puede salvarlo de la nada. O tal vez haya sido eso lo que lo desalentó de querer cambiar.

SIL dijo...

¨Creo haber descubierto la clave.
El encuentro fue real,
pero el otro conversó conmigo en un sueño
y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia
y todavía me atormenta el encuentro.¨ (Jorge Luis Borges)




Todo el tiempo tenemos a nuestro otro advirtiéndonos.
Lástima que no lo podamos escuchar.

Otro abrazo.


SIL