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27 de febrero de 2013

Fe de erratas

Gertrudis recibió el sobre por debajo de la puerta. Blanco, con el membrete de una casa de electrodomésticos sobresaliendo en el frente. Lo abrió con curiosidad, como sucede con las cosas que llegan sin previo aviso.
"Estimada cliente, le pedimos disculpas por la información que le llegara el día de ayer con respecto a nuestras ofertas. Por un error de tipeo, todos los precios publicados son erróneos. Queremos subsanar este inconveniente invitándola a adquirir alguno de nuestros productos, con un descuento del veinte por ciento, que le será aplicado mencionando a la hora de realizar el pago el siguiente código de descuento: FEDEERRATAS".
La mujer se sorprendió, porque no había recibido ningún folleto el día anterior. Aunque creía no estar equivocada, revisó en el cajón donde guardaba la correspondencia y también sobre el televisor, que era el sitio donde terminaban todos las publicidades que llegaban a la casa.
De todas formas, pensó, el código de descuento lo tenía. Podía hacer la compra igual y tener el descuento. Era una buena oportunidad para la juguera que había visto en casa de una amiga o de cambiar la cocina, que tantos años venía postergando.
También era cierto que no estaba en sus planes ninguno de esos gastos. Su lado prudente le decía que omitiera la oferta, pero otra voz le decía que debía aprovechar el descuento. Lo mejor, decidió, sería reflexionarlo por la noche, antes de acostarse. Como siempre le sucedía en esos casos, se durmió sin haber tomado una decisión.
Por la mañana, mientras desayunaba, otro sobre se deslizó por debajo de la puerta, deteniéndose al hacer tope con la alfombra. Era también blanco y tenía el mismo logo.
"Estimada cliente, le pedimos disculpas por la información que le llegara en el día de ayer con respecto a nuestras ofertas. Por un error interno, se la invitó a disfrutar de un descuento del veinte por ciento, cuando en realidad esa promoción había terminado. Queremos resarcir los inconvenientes causados otorgándole un voucher por valor de cien pesos, que usted podrá utilizar en compras mayores a cuatrocientos pesos. La invitamos a que visite nuestro local".
Gertrudis se rió. Cien pesos no era lo mismo que el veinte por ciento. Si bien era un buen aliciente para una compra, los productos que tenía en mente costaban bastante. El descuento era un buen negocio, pero el voucher... de todas maneras podía utilizarlo, claro que si. Tendría que llegarse al comercio, observar los productos y analizar que le faltaba en la casa. Pero tenía tiempo, no era una cuestión de vida o muerte. Sujetó el voucher en la heladera con un imán y se olvidó del asunto, al menos durante dos días.
Esta vez no vio llegar el sobre, porque estaba en la verdulería. Pero al abrir la puerta lo vio, esta vez a medio camino entre la entrada y la alfombra. Blanco y con membrete, se dejó abrir fácilmente.
"Estimada clienta, le informamos que debido a un problema de reparto, no se le hizo entrega del folleto que contenía precios erróneos a causa de un tipeo. Considerando que usted no lo recibió, dejamos sin efecto la invitación a comprar productos con un descuento del veinte por ciento, promoción que por otra parte ya se le informó, no tiene vigencia. Le pedimos, en tanto, que por favor nos devuelva el voucher que le enviáramos para subsanar el error de ofrecerle un descuento que ya no se aplicaba, debido a que técnicamente jamás se lo tendríamos que haber otorgado, dado que no recibió nunca el folleto mencionado con anterioridad".
¿Cómo podían saber que no había recibido el folleto con los precios mal publicados? Gertrudis se sentía desorientada. Buscó el voucher y lo guardó en la cartera. Cuando estuviera en la zona céntrica, dejaría el bono de cien pesos en el local comercial. La situación comenzaba a fastidiarla.
Al día siguiente llegó un nuevo sobre, con las mismas características.
"Estimada cliente, nos vemos en la obligación de reiterarle el pedido para que nos devuelva el voucher que con equívoco le hicimos entrega esta semana. En caso de entregarlo en las próximas veinticuatro horas, accederá a una promoción especial, con un cinco por ciento de descuento en compras al contado. En caso de no hacerlo, procederemos a enviarle una carta documento y aplicarle una recarga del diez por ciento en cualquier compra futura que usted realice en nuestro comercio".
Aquello parecía una broma. La empresa cometía errores y ella era quién debía estar apurada por solucionar las cosas. Era injusto, absurdo, hasta se podía decir, autoritario. Se sentía furiosa. Había pensado en llamarlos por teléfono, pero luego consideró mejor denunciarlos en Defensa al Consumidor. Estaba buscando el número en la guía cuando sonó el timbre. Atendió, era Adelma, su vecina.
- Gertrudis, como está. Le devuelvo este folleto, se lo dejaron hace unos días en la puerta. Lo tomé prestado para verlo. Fíjese, hay muy buenos precios. Algunos parecen un chiste. ¡Mientras no sea una cuestión de marketing, de esas que se usan ahora!
Adelma se fue, con paso lento e inseguro. Gertrudis se quedó en la puerta, de pie, hojeando el folleto con los precios erróneos. Ahora se sentía confusa, era era la palabra. Se metió dentro de la casa y se dejó caer en el sofá. Había cerrado los ojos justo en el preciso momento que escuchó el sonido del papel deslizándose por el piso.
Se puso de pie de un salto. Un sobre blanco, con el membrete de la casa de electrodomésticos.
"Estimada clienta, considerando que acaba de recibir el folleto con los precios erróneos que no había recibido en su momento, descartamos las acciones legales mencionadas en una misiva anterior, como así también futuros recargos en sus compras. No obstante, le informamos que el voucher carece ahora de valor, por lo que puede romperlo o bien, devolverlo en nuestro local. Para hacer las paces con usted, nuestra junta directiva ha decidido beneficiarla con un secador de cabellos, de manera totalmente gratuita. Puede presentarse a retirarlo cuando guste".
Volvió a sentarse en el sofá. Tomó el sobre y lo partió en dos. Miró hacia todos lados y gritó:
- ¡Métanse el secador en el culo, mal paridos!
Un sobre entró desde la calle, por debajo de la puerta. No necesitó abrirlo para saber lo que decía ni necesitó hacer mucha memoria para estar segura que jamás en su vida, se había sentido tan asustada.

5 comentarios:

Fernanda Suzawa dijo...

Wow ¡Lo amo!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Parece de Stephen King o de L dimensión desconocida.
No por criticar, pero donde dice pases creo debería decir paces, hacer las paces.

Anónimo dijo...

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SIL dijo...

Buenísimo, Neto.
Hacés de la situación más trivial un acto de terror ¨neto¨, ja.




Abrazo.



SIL

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Neto tienes una imaginación de locos. Muy buena historia.

mariarosa