Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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15 de febrero de 2013

El día después

Miró sus manos y las vio vacías. Las colocó en los bolsillos. Puso en marcha una pierna y luego la otra, alejándose al fin. Había sido un día largo, casi eterno.
Veinticuatro horas antes, intentaba cerrar los ojos para poder dormir. No pudo hacerlo en toda la noche. Pensó en el momento una y mil veces. Repasó las palabras hasta el cansancio. Pero agotado y todo, no pudo conciliar el sueño. Parecía una maldición. Y quizá así lo era. La maldición del enamorado.
Estaba duchado y desayunado para antes de las siete de la mañana. Tenía el reloj en hora, controlado más de veinte veces con los canales de televisión. Buscó el paquete envuelto en papel de diario y salió a la calle. Una hermosa brisa cruzaba la calle de lado a lado. El sol repuntaba como para brillar con fuerza el resto del día. El celeste del cielo parecía sacado de un cuadro, pintado con óleo y pinceles.
Caminó las cinco cuadras que lo separaban de su destino. Y aguardó en la esquina, como lo había imaginado. Le quitó el papel de diario al paquete, que de pronto se transformó en un ramo de rosas rojas. Olían bien, como la mañana.
Puntualmente, ella apareció en la esquina. Sonriente, elegante, vistiendo el atuendo azul que usaban todas las empleadas de la perfumería. Se apresuró entonces a poner su cuerpo firme y derecho, como un caballero. Preparó su garganta para disparar esas palabras que había hilvanado horas tras horas, pensando solo en ella, únicamente en ella, exclusivamente en ella.
No había mejor día que ese, el día de los enamorados. Nada podía salir mal. Nada.

Se estaba alejando, pero detuvo su andar. Sacó las manos de los bolsillos y una imagen cruzó su mente. ¿Dónde lo había dejado? ¿Podía haber sido tan distraído? Volvió sus pasos, ya no lentamente, sino con prisa, con cierta angustia creciendo en su pecho.
Doce horas antes apretaba los puños con mustio desagrado, instándola a contestar. ¡Dilo! ¡Dilo! le gritaba con furia. El rostro magullado por el espanto, apenas sin respondía con más y más sollozos. La joven era un solo manantial de lágrimas. Quería que lo dijera, que confesara su error. Porque lo de esa mañana no era más que eso, un error. El hecho de haber aparecido ese muchacho tan apuesto, con jazmines en la mano, justo en la puerta de la perfumería, había sido un error. Y mayor aún la equivocación de ella, de aceptarlos, de olerlos, de llevarlos a su pecho. Pero peor todavía, haber celebrado ese gesto con un beso, todo delante de sus ojos, de sus manos aferrando el ramo de rosas rojas, elegidas una por una, para ese día, único, especial, de los dos, tan esperado.

¿Dónde lo había dejado? Si sus manos estaban vacías, era que... El coche de policía estaba estacionado a un lado del andén. Dos uniformados recogían un revólver abandonado sobre el asiento de madera situado bajo el alero. Apretó los dientes. Nunca debió olvidarlo allí. Quiso emprender la marcha en dirección opuesta, pero escuchó el silbato en el aire. Miró por sobre su hombro y los vio acercarse, a los dos. Aún sostenían el revólver. Podía sentir el olor a pólvora. Y también el de la carne. El de la carne al quemarse con la pólvora.
Corrió.

Cuatro horas antes había terminado de arrojar la tierra sobre los cuerpos, pero aún sentía que algo faltaba en ese día eterno. Sus manos sucias, su ropa oscurecida, su mente siniestra. Desde allí se escuchaba el tren. Lo había escuchado mientras cavaba, también mientras cortaba los cuerpos. Ahora entendía la fascinación. Se iría en el próximo que pasara. Lo esperaría en el asiento de madera y cuando llegara, desaparecería para siempre.
Creyó escuchar algo y despertó bruscamente. Era un auto, del otro lado de las vías. Un patrullero. Se puso de pie y se alejó del andén. Se ocultó entre unos árboles. Estaba todavía somnoliento. Miró sus manos y las vio vacías. Las colocó en los bolsillos. Puso en marcha una pierna y luego la otra, alejándose al fin. Había sido un día largo, casi eterno.

3 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Loquito de amor, pero loco de verdad. Interesante historia, hay muchos enamorados que creen que un balazo los libera del sufrir....

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿No tiene castigo? ¿No lo atrapan?
No merece escaparse.

SIL dijo...

El amor es la perdición absoluta de las personas.
No hay locura más grande.
No hay laberinto más perverso.


Y sin embargo...


=)



Abrazo, Netito.



SIL