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9 de febrero de 2013

El billete de cien

La mañana no había comenzado de la mejor manera. Se había despertado tarde y casi dormido se fue a trabajar sin haber desayunado. Ni bien salió a la calle notó que estaba fresco y en el afán de no seguir perdiendo tiempo, porque no llegaba a horario, volvió a la casa, manoteó la campera que estaba colgada en el perchero de la pared y corrió hasta la parada del colectivo.
Recién cuando estaba ascendiendo, se dio cuenta que la campera que había agarrado era la de su mujer. El rosa no le quedaba bien. Bufó por lo bajo y buscó un asiento, a sabiendas que tomaría frío, porque de ninguna manera se la pondría.
Hasta allí, una mañana para el olvido.
Fue minutos después, al mirar hacia sus zapatos, que vio el billete de cien. Primero lo embargó una sensación de incredulidad, luego de entusiasmo. Sin perder más tiempo lo agarró y lo metió en el bolsillo, mirando de reojo a los lados, con un sabor de regocijo y al mismo tiempo, temor de lo que lo hubiesen visto.
¿Por qué temor? se dijo mentalmente, en un diálogo donde quería imponer la lógica. No se lo había robado a nadie, la fortuna de haberlo encontrado contrastaba sin dudas con la mala suerte del que lo perdió, pero hasta allí no llegaba su ingerencia.
Está bien que podía ponerse de pie y preguntar si alguien, involuntariamente, había dejado caer un billete de cien, pero eso iba en contra de su voluntad, primero, porque no creía que la persona que lo hubiese perdido aún estuviese en el vehículo y segundo, porque existía la posibilidad que cualquier vivo lo reclamase como suyo.
Se lo había encontrado y punto. Como alguien en algún momento se había topado con los lentes de sol que perdió en la costa, la última vez que veraneó con su señora y los chicos. La dicha va y viene, y a cada cual le toca su parte. Así decía su abuelo y como nunca, estuvo de acuerdo. Cien, nada más y nada menos. Cien que llegaban en un momento justo, porque aún debía pagar un par de impuestos.
Aunque a medida que las calles por la ventanilla del colectivo lo transportaban a su lugar de trabajo, en ese recorrido rutinario que casi siempre realizaba en silencio, sin otro pensamiento que el de querer seguir durmiendo un poco más, la idea de utilizarlo para pagar deudas no lo convencía.
¿Por qué debía privarse también con ese dinero, provisto por el destino, de darse un gusto? ¿Acaso no era suficiente evitar gastar en trivialidades lo que recibía como paga por su trabajo? O bien, como siempre sucedía, que si compraba un regalo para su mujer, debía hacer otro para equilibrar la relación odio amor entre sus hijos, dejando de lado toda posibilidad de comprarse algo para su propio disfrute.
Ahora era dueño de un billete de ciente, que pedía a gritos que lo gastase. ¿No había una canción que decía algo parecido? Miró el reloj y supo que no podría impedir llegar tarde, pero eso no lo alarmó. Estaba feliz con el dinero encontrado y ya sabía como destinar la hora del almuerzo.
Ni siquiera se molestó con el reproche de su jefe y el trabajo atrasado que le derivaron en forma de castigo tácito. Cumplió con sus funciones como cada día, aunque deseando una sola cosa.
Y cuando la hora de comer llegó, fue el primero en abandonar su oficina y ganar la calle. Trabajar en el microcentro era también un punto a favor, que pocas veces valoraba.
Todos los negocios estaban abiertos y muchos se ganaban su atención. Una camisa parecía buena opción, pero un hombre no se compra ropa por placer. Distinto sucedía con las vidriedas de electrónica. Las ofertas eran variadas y atractivas, pero no podía decidirse. Estuvo a punto de comprar unos auriculares con bluetooth, pero entonces vio en otro local un juego de video portátil. Con ese billete solamente no llegaba, pero no veía mal poner un poco más para poder adquirirlo. Pero luego pensó y con razón que con seguridad terminaría en poder de sus hijos, así que lo desechó.
Los minutos iban pasando y se estaba poniendo nervioso. Hacía tiempo que no disponía de un dinero para él y no encontraba que era lo que quería hacer con el mismo. Si tomaba una decisión apurada, terminaría comprando algo que luego se arrepentiría, inviertiendo mal esa plata.
Miraba el reloj, las vidrieras y sentía como el billete le ardía en el bolsillo. El reloj, las vidrieras, el billete. El reloj, la vidriera, el billete. Tomó la decisión. Un libro. Había sido una de las cosas que le habían interesado, pero lo había relegado mentalmente en su lista de deseos. Era un libro de historietas, con una tapa muy sugestiva. Entró, lo hojeó, se convenció y lo compró, con el tiempo justo como para hacer las siete cuadras que tenía hasta el edificio donde trabajaba.
Volvió feliz, aunque algo agitado. ¡No recordaba la última vez que se había comprado un libro! ¡Y mucho menos, de historietas!
En el regreso a su casa, también en colectivo, comenzó a hojearlo. Le gustaba. No le importaba haberse salteado el desayuno, cargar todo el día con una campera rosa o haber tenido que trabajar de más como castigo de su jefe. Cuando entró a su casa, era un hombre rejuvenecido, contento y todo, gracias a la fortuna y ese bendito billetes arrojado a sus pies.
Saludó a su mujer con un beso en la mejilla, mientras ella hacía un crucigrama en la mesa.
- ¿Querido, vos te llevaste por error mi campera? La busqué por todos lados.
El hombre la dejó caer sobre el sillón, riéndose.
- Si mi amor, me quedé dormido y salí cagando, no me di cuenta y agarré la tuya.
- Me imagino que te moriste de frío entonces, porque con seguridad no te la pusiste.
El marido volvió a reír. Vaya si lo conocía. La vio acercarse al sillón mientras subía las escaleras para cambiarse la ropa.
- ¿Amor? - dijo ella dubitativa.
- Si mi cielo, qué pasa- le respondió él casi en la planta alta.
- ¿Qué hiciste con el billete de cien que guardaba en el bolsillo para pagar la peluquería?

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Vous pourriez certainement voir votre enthousiasme dans le travail que vous écrivez sur netomancia.blogspot.ru. Le monde espère encore plus passionnée des écrivains comme vous qui n'ont pas peur de dire comment ils croient. Toujours suivre votre cœur.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Cual es la historieta que compró? Me gustaría saberlo.
Está idea de que algunas oportunidades implican tener que decidir.
Podías sospecharse que el dinero era de la mujer.

José A. García dijo...

Ni que la peluquería fuera tan importante como una buena lectura...

Saludos

J.

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

¡¡Sonó!!

Que buena historia, con el misterio en cuota justa y necesaria. ¿Y ahora que va a hacer....?
Regalarle le peluqueria...

SIL dijo...

Uhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh...

Poniendo estaba la gansa.



Abrazo, Netito.



SIL

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

¡Jajaja! Genial, Netomancia. La que se le viene al protagonista ahora, je.
Excelente la diagramación de la trama y la descripción de la personalidad del fulano, y sus cambios de humor...
Muy bueno, che.
¡Saludos!