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21 de febrero de 2013

Casa quinta con pileta (2da parte)

Si no me desmayé o salí dando alaridos fue porque otros invitados se me adelantaron y se estrecharon en un abrazo con los recién llegados. Me hice a un lado y busqué un lugar donde sentarme. El mundo se me había puesto de color negro y comenzaba a moverse.
No se el tiempo que estuve allí. El anfitrión me preguntó en un momento si me sentía bien. No encontraba la manera de explicarle. Finalmente lo acompañé hasta la parrilla y mientras él removía las brasas, le dije que la última invitada en llegar, era la misma mujer que había visto en el agua.
- ¿Se da cuenta? – le dije - ¿Cómo voy a imaginar algo así, si es la primera vez que la veo?
No me contestó. Seguramente pensaba que algo no funcionaba bien en mi cabeza. Y no podía culparlo. Ni siquiera podía dar una explicación a lo que había visto. ¿Acaso pensaba, antes de que me sucediera, que algo así era posible?
Me tocó sentarme justo enfrente de la mujer. Evitaba mirarla, porque al hacerlo, un escalofrío recorría mi espalda. Supe allí que era una productora de televisión y que la acompañaba su marido.
La comida transcurrió sin inconvenientes. Pensé que mi amigo al final tendría razón y quizá me había quedado dormido al borde de la pileta. Pero no fue así. Luego del postre, que consistió en helado y ensalada de frutas, todos nos levantamos y copa de champagne en mano, anduvimos de grupo en grupo, charlando.
Todos menos ella, la mujer. No la pude divisar por ninguna parte. Algo me empujó a caminar hacia la pileta y la lógica a llamar a mi amigo. Le pedí que me acompañara, porque estaba seguro de lo que encontraría.
A regañadientes me siguió, cortando camino por el césped. Nos acercamos a la pileta y observamos el interior. En el centro mismo, flotaba una gran manta roja.
- ¡No! – gritó el hombre que me acompañaba, llevándose las manos a la cabeza – Ayúdeme, no se quede parado. Es la sábana preferida de mi madre, no entiendo que hace en el agua.
Mientras socorría el pedazo de tela, toda empapada, pude ver a la mujer caminando muy cerca de la casa. Miraba hacia donde estábamos y a pesar de la distancia, podía jurar que estaba sonriendo.
- Esa mujer me trae mala espina – dije en voz alta.
Fue la gota de agua que colmó la paciencia de mi anfitrión. Estalló en cólera y me pidió que dejara de hablar de ese tema o me fuera a mi casa. Estaba alterado, más que nada, por lo que le había sucedido a la sábana roja.
Pedí disculpas y decidí que lo mejor era marcharme. Estaba saliendo cuando su brazo firme y su mano suave y blanca me detuvieron. Entonces, la observé por primera vez con detenimiento.
Era hermosa, con facciones provocativas. En sus ojos se notaba un brillo particular y las comisuras de sus labios invitaban a un impulso salvaje de querer besarlos.
- ¿Ya se va? – me preguntó.
No me salieron las palabras. Quedé inmóvil, petrificado. Había algo en esa mirada, en la forma de tomarme del brazo…
- Pensaba ir a nadar, ¿no le gusta la idea?
Temblé. Quizá se haya notado en el rostro, o en la forma en que mis brazos se erizaron, pero al escucharla sentí terror.
- Debo irme – contesté y soltándome, corrí hacia la entrada. Miré por encima del hombro y allí estaba ella, de pie, imponente, con sus ojos negros apuntándome, sonriendo ante mi huida.
Prácticamente arranqué la puerta del auto, me subí y lo arranqué. Creí tomar el camino hacia la salida, pero al girar en una curva me encontré conduciendo en el césped recién cortado. Iba a gran velocidad y no tuve los reflejos de siempre, principalmente por la sorpresa. Con la mirada atónica, de pie y sosteniendo la sábana roja, estaba mi amigo, justo en el trayecto de mi coche.
Lo golpeé de lleno, lanzándolo contra la pileta. El auto terminó también adentro. El último indicio de vida de la persona que atropellé, fue el manotazo que arrojó, aferrándose por un segundo de mi pierna, que intentaba impulsarse hacia arriba, para encontrar la superficie. Salí justo que la falta de aire parecía ganar la partida.
De a poco se fueron acercando los invitados. Algunos gritaban, otros hacían ademanes ampulosos. Mi mente ya no estaba allí. Había cruzado lo real de lo imposible y no sabía como volver. En esos segundos fatídicos al sumergirme en la pileta dentro del auto, mientras el agua penetraba con bravura por el parabrisas roto, la había visto a ella, de pie en el fondo, con los brazos cruzados y guiñando un ojo.
Me acostaron sobre el pasto y me sugirieron calma. Perdí la conciencia. Cuando desperté, había una ambulancia y vehículos de la policía. Lo que sucedió después no vale la pena, no hace a esta historia.
Lo único que persiste, es esa imagen de ella bajo el agua. No importa el juicio, la condena, la locura. Solo importa ella y su sonrisa diabólica, y la certeza de un mundo paralelo cercano, tan cercano como la muerte, cuyas puertas pueden abrirse de un momento a otro para ya nunca volver a cerrarse. Porque no hace falta, no hay escapatoria.

3 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Waww...!!

Neto, que impresionante. ¿Quién era en realidad esa mujer...?

El mismo demonio o nuestro personaje había cruzado la línea de lo real...


Me gustó.

mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Interesante, pero esa es la interpretación del personaje. La visión la tuvo alguien asustadizo, alguien que no estaba a la altura de las circunstancias. Y además tenía una amigo, un supuesto amigo que reaccionó con ira, sin la menor comprensión. No lo tranquilizó, ni trato de entenderlo. Si dependiera de ellos la mujer habría muerto. Pero paradojicamente, la salvaron, aunque costó la muerte del anfitrión. La mujer tal vez sólo era seductora, no tenía esa maldad que el protagonista terminó atribuyendole.

Con tinta violeta dijo...

apabullante!. No puedes dejar de leer hasta el final. Pensar en ese mundo paralelo que intersecciona con este...si que produce escalofríos!
Abrazos!