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18 de febrero de 2013

Casa quinta con pileta (1era parte)

La casa quinta quedaba a cinco kilómetros al oeste de la ciudad, pero ese es un dato que no viene a la historia. Pudo haber estado en cualquier parte del mundo. Aunque si tuviese que darle una ubicación, le daría sin dudarlo el mismísimo infierno.
En aquel entonces frecuentaba a la salida del trabajo una cancha de squash. No era un deporte de mi predilección, pero tenía una pequeña cafetería donde preparaban el mejor capuchino que había probado en mi vida. El dueño de aquel lugar era al mismo tiempo, socio de la compañía en la que trabajaba. Este, en cambio, no es un detalle menor.
Gracias a esa conexión, nuestros diálogos eran fluidos y al término de cierto espacio de tiempo, nos hicimos amigos. Un viernes por la tarde me invitó a comer un asado a la quinta que tenía en las afueras, lugar que por cierto despertaba mi curiosidad, dado que era epicentro de muchos de sus relatos. La invitación era para el domingo; según me había dicho, haría un costillar como para veinte personas, que era la cantidad que habitualmente se juntaban en aquel paraje.
El sábado discutimos con mi novia, porque no iba a estar el domingo con ella y no accedí a llevarla. En realidad, no la habían invitado y no podía ser tan caradura de caer con alguien. Está bien que tampoco pregunté cuando pude, si podía llevarla, pero lo considero un detalle menor. No es la historia que estoy contando, una historia de celos o engaños.
Fui en auto, con el sol de frente, filtrándose por el parabrisas con la rabia que suele tener en época estival. Fui el primero de los invitados en llegar. Lo hice adrede. Quería disfrutar de aquel lugar en solitario, al menos por una o dos horas.
Mi amigo me recibió con una copa de vino. Un malbec de un viñedo muy pequeño, que según me confío, era de un primo. Bebimos y salimos por una puerta que daba a la parte de atrás. Difícil resultaría llamarlo patio, porque la quinta estaba rodeada de verde, pero la extensión que nacía en aquel punto, parecía no tener fin. Árboles de todo tipo, césped prolijamente cortado, flores, huerta… aquello parecía un paraíso. El viento corría con libertad y el aire nos traía el sonido de los pájaros.
Entonces, mi amigo, señaló con su dedo índice:
- Allá la tiene, vaya a verla: la pileta de la que tanto le hablé.
Quedé maravillado a la distancia. Una pileta olímpica en medio del verde. Estaba rodeada de reposeras y mesas de plástico, y en algunos lugares, enormes sombrillas prometían sombra y protección del calcinante sol.
Aproveché que mi amigo se excusó para llevar las copas a la casa, para acercarme a la piscina. Nunca había visto una de esas dimensiones tan de cerca. Hasta me daban ganas de sacarme la ropa y tirarme. Parecía un gran estanque traslucido, que permitía ver el fondo y las paredes celestes con una nitidez sorprendente.
Me puse en cuclillas al borde del agua. Extendí una mano y la hundí sintiendo la frescura en todo el cuerpo. La saqué con algo de líquido y la llevé a la cara. ¡Qué placer! Volví a repetir la operación, pero ahora acercando al mismo tiempo la cabeza, con la idea de meterla al agua.
Metí el rostro primero y luego de a poco, con cuidado para no caerme, cubrí el cabello. Entonces, al sentir el agua en cada minúscula parte de mi cabeza, abrí los ojos. Y grité.
Saqué la cabeza casi ahogándome.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Allí abajo había una mujer. O el cuerpo de una mujer. Pero tenía los ojos abiertos y me miraba fijamente, con angustia.
Me alejé de la pileta, casi arrastrándome. Aún no había podido incorporarme cuando sentí que dos brazos me levantaban por las axilas.
- ¿Qué le pasa hombre? – me preguntó mi amigo asustado, que había venido corriendo.
Había escuchado los gritos y salió disparado. Me encontró a mitad de camino entre la pileta y la vivienda. Le conté como pude lo que había visto. Me acercó otra copa de vino y me preguntó si prefería algo más fuerte. Se lo agradecí.
Me pidió que le repita lo que había visto y así lo hice. Luego me pidió que lo acompañara. Debo confesar que me resistí a volver al borde de la pileta, me quedé a cinco metros, mientras él recorría todo el perímetro. Volvió a mi lado preocupado, no con la situación, porque no había encontrado nada, sino por mi estado.
- ¿Seguro que va a estar bien? Allí no hay nada. ¿No se habrá quedado dormido? – me preguntó.
Le dije que no y al mismo tiempo, que lo olvidara. Volvimos a la casa y nos quedamos en la sala más grande, bebiendo y esperando al resto de los invitados. No dijimos ni una sola palabra sobre el incidente y supuse que ninguno tampoco lo haría a lo largo de la jornada.
Luego comenzaron a llegar otras personas y mi mente, gracias a las conversaciones, fue dejando de lado lo sucedido. Hasta que dos horas después, sonó el timbre.
Era el que más cerca estaba de la puerta de entrada. Mi amigo, que estaba yendo hacia el asador a controlar el costillar, me pidió que por favor abriera. No me detuve para decirle que la venía abriendo desde hacía media hora, porque no era algo relevante, a él no le importaba y a mi no me molestaba.
Sin embargo, al girar el picaporte y abrir la puerta, la volví a ver. A la mujer que había visto en el agua. La misma que me había observado con ojos extrañados. Estaba frente a mí, sujeta del brazo de un hombre alto, elegante y de bigotes.

Continuará...

3 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Me recuerda algo a la saga de Destino final.
El personaje ve algo que le da terror, ver una mujer muerta en la pileta, con los ojos abiertos de angustia, que está seguro que lo mira.
Luego esa mujer llega a ese lugar. Está viva. La visión no ha sucedido, podría llegar a evitarse. Lo que tal vez aterrice al protagonista es la sensación de no poder evitarlo, de no estar a la altura de las extrañas circunstancias.

Con tinta violeta dijo...

Aaaaaaaahhhhhhhhhh, como buen guionista cortaste en el momento adecuado!
Misterioso relato...volveré: necesito conocer el final!
Abrazos!

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Bueno, me parece que no va a ser una historia menor.

Me voy a la otra parte...


mariarosa