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4 de enero de 2013

¿Te acordás, Malena?

Días atrás subí al colectivo para viajar hasta una ciudad cercana a realizar trámites y me senté al lado de una chica. Estaba muy dormido y no la reconocí. Ella me tocó el hombro, divirtiéndose con mi sorpresa. Una vieja amiga, que hacía tiempo no veía. Estaba de visitas por unos días.
Me contó que vivía en un país europeo, que esperaba poder terminar los estudios allá y ejercer su profesión. Le pregunté si acaso la situación económica en el viejo continente era propicia como para pensar en radicarse en forma definitiva y no tuvo dudas en su respuesta: "No me vuelvo ni loca".
La hora de viaje se pasó volando. Recordamos nombres y fuimos intercambiando datos de conocidos. Como si fuéramos una especie de GPS, los íbamos situando en un mapa mental, en la misma medida que los nombrábamos. Nos dimos cuenta que no solo el tiempo pasa, sino que el mundo parece moverse debajo de nuestros pies. Nos pareció increíble que gente con la que antes coincidíamos en un mismo colegio, en un mismo patio de juegos, ahora estuviera tan dispersa en el país y afuera.
Cuando quise despedirme para bajar, ella iba a hacer lo propio. Nos reímos de esa nueva coincidencia. Descendimos juntos y la acompañé hasta el lugar donde se dirigía, que quedaba de paso en el trayecto que debía realizar.
- Malena - le pregunté - ¿Sabés de quién no se nada?
- Me imagino - respondió ella.
- No te quise preguntar antes, pero ignoro si nos veremos otra vez antes que te vuelvas, así que te lo pregunto igual. ¿Qué es de la vida de Marcelo?
Me arriesgué, sin dudas. Marcelo había sido un gran amigo, pero al mismo tiempo, el eterno novio de Malena. Supe hace años que se habían peleado y que él se había ido a España. Malena con el tiempo, también se fue. No recuerdo quién, me había mencionado que estaban juntos del otro lado del oceáno. Pero me parecía más un rumor que un hecho.
Se hizo un silencio incómodo. Escuchaba sus pasos sobre la vereda. Usaba tacos bajos, pero de madera y repiqueteaban con empeño.
- Está en España - me dijo al cabo de unos minutos.
- Si, eso lo sabía. Pero pensé que...
- ¿Que yo había viajado para buscarlo?
- No. Bueno, si. Eso me dijeron al menos.
- No te mintieron. Pero eso fue hace mucho.
Malena se detuvo, me tomó del brazo y casi suplicando con la mirada, me preguntó si tenía diez minutos para tomar un café.
Cruzamos la calle y en absoluto silencio, elegimos una mesa apartada de un local en una esquina. Pedimos dos lágrimas y quedamos contemplando la mesa. Esperaba que ella empezara a contar la historia, pero mantenía el hermetismo. En realidad, no se animaba a comenzar. Entonces, la ayudé.
- ¿Seguís en contacto?
Se mordió los labios.
- En cierta forma. Pero en realidad no lo veo. 
- No quería preguntar para incomodar, pensé que estarían bien. Como te dije, eso había escuchado...
- Tito - el apodo me llegó por sorpresa, porque hacía tiempo que alguien no me llamaba así - vos lo querías mucho a Marcelo, vos te acordás bien cómo era.
No era una pregunta, era una afirmación. Asentí con la cabeza. Cómo no recordarlo. Mujeriego por completo, toda conversación indefectiblemente giraba en torno a una mina. Pero amaba a Malena, aunque eso no frenaba sus impulsos con el género opuesto. Por eso, ella lo celaba. Para nosotros, demasiado. Pero qué sabíamos entonces de la vida.
- Recuerdo que la pelea que los separó fue por eso. Al menos eso dijo Marcelo en aquel entonces.
- Fue por eso. Y cuando se fue a España, estaba segura que lo perdía para siempre. Pero nos mantuvimos en contacto. Por iniciativa de él. Empezó a escribirme correos electrónicos, quizá para no sentirse tan solo de entrada. Sin embargo pasaba el tiempo y el intercambio seguía. Un día me dijo si no me animaba a irme. Que podía quedarme con él, que había buenas universidades... - entornó los párpados - Y pensé que quizá podíamos empezar de nuevo.
- Y fuiste.
- Y fui.
- ¿Qué pasó?
- No lo vas a creer.
- ¿Se había casado y nunca te lo dijo?
- Peor. Se había vuelto puto. Lo pasaba a buscar todas las noches un marroquí de casi dos metros de alto.
El pocillo quedó a medio camino. La escruté con la mirada esperando el momento en el que ella reiría y me diría que era una broma. Pero en lugar de esa escena, me topé con sus lágrimas.
- Malena, no se que decirte. Lo siento mucho. Me imagino que fuiste con muchas esperanzas y de pronto...
- No te preocupes, ya pasó bastante tiempo desde entonces.
- Perdón que te pregunte, pero... ¿qué pasó después? ¿Aguantaste vivir así con él? ¿Te mudaste?
Se llevó una mano a la boca. Movió la cabeza de un lado a otro, como negando el recuerdo. Esquivó mis ojos y noté en sus manos cierto temblor.
- Perdón - me dijo intempestivamente - No me siento bien.
Se puso de pie y se alejó por la puerta del bar. Pensé que para siempre. Quedé solo y tuve que pagar. Era lo de menos. El dolor de ella no tenía precio.
Esta mañana me llegó un correo electrónico de Malena. Ni siquiera sabía que tenía mi dirección. Aunque hoy en día se puede encontrar todo en internet. Lo quise leer de un tirón, pero tuve que detenerme en varios pasajes. Se me revolvió el estómago en más de una oportunidad y aún siento un nudo en la garganta.
Hice lo que me pidió y una vez que finalicé la lectura, lo eliminé. Quisiera hacer lo mismo con el conocimiento que me dieron esas líneas. Pero no existe papelera alguna para estas cosas. Viven con uno hasta que los días se apaguen.
Está en España me había dicho. Y era cierto. Sigue allí y lo hará por un buen tiempo. Se encuentra entre los bloques de ladrillos que Malena colocó en las reformas que le hizo al departamento. Supe entonces que los estudios que está terminando son los de arquitectura. Que los celos habían vuelto. Que jamás pudo aceptar que Marcelo la relegara por un hombre. Que una tarde lo mató y le dijo luego al marroquí que había regresado a Argentina y ya no volvería.
Cada tanto le tocaba volver, arreglar los papeles de Marcelo en el país y traerle algún que otro regalo a sus familiares en nombre de él. Se las ingeniaba y hasta ahora seguía engañando a todos.
En estos momentos debe estar en pleno vuelo, camino a su casa. Irónicamente, el lugar donde está su gran amor. El secreto está a salvo conmigo. No tengo motivos para delatarla. El mundo está muy raro en la actualidad. Supongo que en algún momento uno purga sus penas, sino es acaso, en el día a día.
Es difícil afirmarlo.Porque a pesar de los años, ni siquiera hoy podemos afirmar que sabemos algo sobre la vida.

4 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Espero que el corazón delator de Marcelo no la haga descubrirse algún día.

tremenda historia.

mariarosa

Con tinta violeta dijo...

¡ Y pensar que esto se da en la vida real...! Vaya con Malena!
Abrazos!

SIL dijo...

Terrible.

Ella se amuralló junto con él.


Muy bueno, Netito.


Abrazo grande.



SIL

Juanito dijo...

Muy, muy bueno, Netomancia...
Genial ese giro macabro, inesperado, a mitad de relato.
El comentario de María Rosa incluyendo el recuerdo de Poe con "El corazón delator", me hizo recordar a otros dos cuentos del gran escritor que, de alguna manera, se relacionan con "¿Te acordás, Malena?": "El tonel de Amontillado" y, claro, "El gato negro".
Genial, me encantó.
¡Saludos!