Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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16 de enero de 2013

La cola

Las tardes de verano empañaban de nostalgia el viejo bar de la esquina. Los bebedores de siempre llegaban agobiados por el calor y cambiaban el vaso de vino por la cerveza, y apesadumbrados, se dejaban caer en sus sillas, con las miradas perdidas en los ventanales, esos que a pesar de la suciedad aún permitían divisar el mundo que se movía afuera, donde otras personas, valientes de estar al sol, iban de un lado a otro, con la premisa de llegar a alguna parte.
Edmundo Arrabal no solo poseía un apellido descomunal, sino que era el dueño de aquel tugurio, que desde hacía cuarenta años tenía un nombre obligado: El Arrabal. Se vestía a la antigua, con camisa color marrón, bolsillos con bordes más oscuros y llevaba una lapicera detrás de la oreja. Sus zapatos hacía rato habían dejado de irradiar brillo, a pesar de la insistencia de don Manuel, el último lustrabotas de la ciudad, que iba cada noche por un vermouth sin dejar pasar la oportunidad de lanzar esa invitación tan esquiva, que prometía una nueva vida a ese cuero desgastado.
Otrora las mesas se llenaban, ahora apenas si le alcanzaba para cubrir los gastos y llegar a fin de mes. En épocas de estío, la cerveza le repuntaba un poco la caja al final del día. Esa tarde en particular, siete de las veinte mesas estaban ocupadas. Al menos en el momento que por la puerta que daba a la avenida (y no por la ochava) entró una rubia despampanante, cubierta apenas por unos shorts que parecían trepar sus muslos y querer reptar hasta el ombligo acompañados por la parte superior de un bikini color naranja.
- ¿Puedo usar el baño? – le preguntó casi en un gemido a Edmundo, al que su llegada a la barra había tomado por sorpresa, no por el hecho de no verla, porque verla, la vieron todos, sino por la falta de costumbre de ver a una mujer en aquel lugar y menos, tan joven, tan hermosa, tan…
Solo pudo mover el dedo índice de su mano derecha, señalando la puerta de madera que conducía a los baños. No le salieron palabras, ni siquiera un suspiro. Al menos, pensó, el baño de mujeres se usaba tan poco, que con seguridad estaría limpio. Ella salió disparada hacia donde le había señalado y fue entonces que todas las miradas se dirigieron hacia un mismo sitio, que bamboleante, sugestivo, voluminoso, se movía al compás de los deseos más perversos. La puerta de madera se interpuso entre la imaginación y la realidad, casi como una madre mal llevada.
Nadie quitó los ojos de esa barrera visual,  sabiendas que tarde o temprano la joven saldría. Solo el viejo Soreyra, sordo y casi ciego, que había entrado en ese momento por la esquina, se movía en el bar. Fue tanteando hasta la barra, pidió un Cinzano, le dejó los billetes en la mano a Edmundo, y con cierto esfuerzo y nuevos tanteos, se acomodó en la mesa más cercana.
Entonces, se abrió otra vez la puerta y por la misma, cuál ángel de novela, salió ella, radiante, pulposa, de glúteos infernales. El mundo dejó de existir. O más bien, fue limitado a una sola mujer. En realidad, a una parte específica, la que todos salvo Soreyra, casi ciego, seguían con la vista en un estado de éxtasis paranormal. La cola descomunal pasó por delante de todos y cruzó frente a la barra. La muchacha murmuró un agradecimiento, que se perdió en los rincones sin ser escuchado. Su paso era lento, majestuoso, marcando en cada movimiento las formas perfectas de su culo fotográfico, definido con precisión por los pliegues de la tela de un short tan pequeño que parecía grande, porque dejaba tanto para ver que era innecesario no mostrar el resto.
Edmundo se imaginó la tersura de la piel, las dos colinas perfectas, la hondonada caprichosa. Si el mundo iba a acabarse, el ya sabía donde le gustaría estar. Se trasladó mentalmente a ese paraíso, que poco a poco se alejaba hacia el anonimato de la calle.
En cada mesa, el vaso a medio camino de la boca, los hombres se habían congelado por fuera, pero sentían el calor por dentro. Un ardor que la mayoría había creído extinto, de pasiones de antaño, que parecían reflotar como por arte de magia, hinchando el pecho, enervando las venas y endureciendo las partes más fláccidas.
La cola abrió la puerta de la ochava, se detuvo unos instantes, como dudando para que lado de la vereda tomar y luego, cerrando muy despacio, dejó atrás el lugar. Los de las mesas más cercanas rompieron su estado místico para correr a la ventana más próxima y poder contemplar, aunque sea durante un instante más, esa belleza sin igual, ese culo maravilloso, que invitaba a su encuentro, a su abrazo, caricia y mil cosas más.
Edmundo bajó entonces su mirada, buscando en su mano los billetes que Soreyra le había dejado, pero se encontró con el puño cerrado en torno a la nada misma. Observó con mayor detenimiento y tampoco vio la caja registradora en su lugar habitual sobre la barra. En las mesas lindantes a la puerta que daba a la avenida, tres de sus parroquianos buscaban infructuosamente sus billeteras. También faltaba el televisor de la pared opuesta y tres porta servilletas de las mesas vacías.
La puerta aún se movía con parsimonia, atestiguando la salida apurada de quienes, en complicidad con aquel culo que los había obnubilado, habían hecho el trabajo de limpieza.
Entre la vergüenza y la bronca, Edmundo resopló con desgano y se sirvió un vaso de vino. Soreyra, con cierta pereza, batió desde su mesa:
- Con esta calor, las minas deben estar casi en bolas ¿no Edmundo? ¡No tener vista, me cago!
Edmundo ni siquiera le contestó. Afuera el verano seguía agobiando los cuerpos.

4 comentarios:

el oso dijo...

Ja! Ventajas y desventajas del estado contemplativo!!
Abrazo

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Interesante reacción de aquellos que no esperaban semejante mujer en ese lugar. Que frustracion del que no puede verla ni a otras mujeres así.

SIL dijo...

Jaja, estar en el Edén por un rato, siempre se pagó caro, desde el principio de los tiempos.




Abrazo, Netito.



SIL

Juanito dijo...

¡Jajaja!
Brillante, Netomancia.
La descripción del boliche donde van los parroquianos, de primera. Toda la expectación de los mismos sobre la belleza ante sus ojos, genial (muy buenas las comparaciones, fantásticas).
El final, inesperado, le de un cierre buenísimo a la historia.
Me encantó...
¡Saludos!