Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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19 de enero de 2013

Estadía en la noche

Cuento ilustrado por Felipe Ricardo Ávila, publicado originalmente en el sitio Olvidados en el Espacio (www.olvidados.com.ar)

Es la muerte, es el fin. A duras penas escapamos por el monte luego de interminables planicies de llanura amarilla y desolada. Éramos cinco la última vez que vimos los altos paredones de la penitenciaría.
Corrimos a más no poder, sabiendo que a pesar del miedo, teníamos la ventaja a nuestro favor. Tardarían el encontrar el conducto hacia las cloacas. Pero cuando nos creímos en libertad, fue que comenzó el calvario.
La noche se ha cerrado sobre mi solitaria existencia. Me quedo quieto, escuchando los sonidos de la naturaleza. Las últimas lunas me enseñaron que hay cosas que uno desconoce, sonidos impensados, movimientos que el viento no puede provocar. Pueden ser espíritus o demonios, pero merodean bajo las estrellas, creyendo que nadie los percibe.
El frío cala los huesos. Me lamento por las vestimentas de mis compañeros, por no haberlas tomado en la medida que fueron quedando en el camino. Ahora me darían un cobijo.
Intento no pensar en ellos, en la fatídica sucesión de horas que anteceden este momento. La pesadilla que comenzó al cruzar el río, al caer la primera noche tras el escape.
Ahora que lo pienso, es como que la noche no se haya ido del todo, como que desde que nos metimos en ese hueco bajo la tierra y hundimos nuestras piernas en las cloacas, la misma se instaló para no irse.
Recuerdo haber visto el sol esta tarde, pero creo que no es otra cosa que un engaño, falsas esperanzas.
El sonido del río aún retumba en mis oídos. Furioso, profundo. A Pascual se lo llevó la corriente. Quisimos sujetarlo, pero se nos fue. Golpeó contra unas rocas metros más adelante. Es curioso como el color de la sangre se convierte en plata con la luz de la luna.
Pudimos pensar que solo se trató de un accidente, pero tras el mortal choque contra las piedras, la corriente se frenó. El río pareció convertirse en un estanque, carente de vida. Un tapir cruzó de orilla a orilla, ante nuestras pasmadas miradas. Aves negras como un demonio picoteaban su pelaje.
Avanzamos lo más rápido que nos daban las piernas. Nos internamos en un bosque, creyendo que estábamos a salvo. Nuestra fortuna parecía vedada. Aullidos espectrales nos mantuvieron despiertos. Enrique comenzó a balbucear tonterías, pasajes de la biblia, diciendo que era el castigo por habernos escapado. Intentamos calmarlo y creímos que lo habíamos conseguido.
Por la mañana, al despertar, lo encontramos ahorcado en un árbol cercano. Ninguno de nosotros pudo explicar de dónde había sacado la soga.
Espantados de horror, llegamos a la llanura despoblada. Estábamos perdiendo la fe, nuestros cálculos no habían sido correctos. Los pueblos que esperábamos encontrar, yacían ocultos de nuestra vista. Parecía que avanzábamos a ciegas, hambrientos y sintiéndonos enfermos.

Todavía veo los ojos de Ricardo. Los veo al cerrar los míos. Había caído el sol y el había ido a buscar leña, para que no nos sorprendiera el frío. Con Oscar nos quedamos ideando la forma de encender el fuego. Sus gritos nos alertaron que algo pasaba. Lo vimos correr hacia nosotros, totalmente fuera de si. Una lechuza enorme volaba a sus espaldas. Pasó rasante sobre nuestras cabezas. Ricardo cayó desplomado a nuestros pies. Cuando nos agachamos a socorrerlo, su corazón ya no latía.
Esa noche tuvimos que sepultarlo bajo un manto de hojas secas, para evitar tener que verlo. No pudimos descansar. Cada ruido nos sobresaltaba. Temíamos ver aquello que había asustado a nuestro compañero.
Antes que amaneciera, nos pusimos en marcha. Eso fue esta mañana. A Oscar lo perdí cerca del mediodía. Todo sucedió muy rápido, casi como salido de un mal sueño. Orillábamos un arroyo, buscando peces o algo para comer.
Ninguno de los dos vió la víbora. El alarido de dolor de Oscar me hizo voltear hacia el. Una sombra negra se deslizó entre los yuyos. Solo alcancé a escuchar el tintineo del cascabel.
Oscar había sido mi compañero de celda, el ideólogo de la fuga. Era un tipo práctico, que no tenía nada por perder. Se declaraba culpable de sus actos, de las razones que lo habían llevado a estar encerrado. Pero como todos, odiaba estar privado de la libertad.
Nunca imaginó que moriría al lado de un arroyo, en medio de la nada. Lo dejé allí, presa fácil de los cuervos. No había mucho por hacer, más que caminar y esperar la suerte propia.
La noche ha caído otra vez. Una laguna se extiende ante mis ojos. Todo parece apacible, pero ya conozco el secreto de lo que veo. La naturaleza esconde una piel áspera, unas garras enormes y ojos salpicados en sangre.

Nos fue llevando de la mano, haciéndonos creer que estaríamos a salvo y de a poco nos fue matando. Y tuvo como aliada a la noche, casi eterna, siempre con sus ojos en nuestras espaldas, esperando el momento oportuno para dar el zarpazo.
El hambre debilitó mis facultades, mis pensamientos. Siento que los demonios que están sueltos, se aproximan cada vez más. Quiero reírme de una idea que me retumba en la cabeza, pero no tengo fuerzas. Justicia divina, dice esa idea.
Seguramente nos merecíamos este final. Si cierro los ojos, es probable que no los vuelva a abrir. ¿Cuál será mi destino? ¿Un lobo? ¿Otra serpiente? ¿El demonio en persona? Mientras el frío penetra cada vez más en mi cuerpo, llevo la mirada a las estrellas. Es una noche despejada, limpia. E increíblemente, estoy seguro, cada astro se ríe de mi.

2 comentarios:

SIL dijo...

Neto, muy bueno, me trajo reminiscencias de Quiroja en sus Cuentos de amor locura y muerte.


Abrazo.



SIL

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Lúgubre, intenso.
Me gustó, y también me recordó a Quiroga. Muy buenas ilustraciones, además.
Saludos...