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2 de diciembre de 2012

Silencios que hablan

Érica vive con nosotros desde mucho antes que ocurriera lo de Lucas. No fue una imposición, pero tampoco un deseo. La desgracia, en realidad, se encargó del asunto.
Lucas en cambio, fue un capricho.
Mi esposa tenía una hermana. Ella era la mamá de Érica. Hace ocho años no tuvo mejor idea que hacer un bautismo en parapente. El aparato se vino abajo en medio del vuelo. Su marido, es decir, mi cuñado, estaba observando desde abajo. Algunos creen que su corazón colapsó incluso antes que su mujer se estrellara contra el suelo.
Dejaron a una pequeña que entonces tenía nueve años y muchos más problemas de comunicación que hoy. Porque en este tiempo, hemos intentado de todo para superar las limitaciones que le depara su carencia del habla. Le resulta fácil comunicarse ahora con el lenguaje de señas. Costó, pero dio sus frutos.
Lucas llegó al barrio un verano. Nunca me voy a olvidar lo cómico de sus ropas. En pleno sol, con más de treinta grados de temperatura, enfundado con una bufanda y ropa de invierno. Fue gracioso hasta conocer a sus padres. Ellos eran normales. En cambio él, vivía en su propio mundo. Si creía sentir frío, entonces hacía algo para remediarlo. Pero ese algo no equivalía a interpretar si en la realidad, el frío estaba o no.
A pesar de eso, le daban bastante libertad. Lo dejaban andar por el barrio, con el fin de que hiciera amigos. Pero como era de prever, no resultaba bienvenido en los grupos de chicos ya armados en la zona. Quizá fue eso lo que llevó a mi mujer prácticamente a adoptarlo. Así fue como Lucas, de repente entró en nuestras vidas, algunas veces ayudándola a ella a arreglar el jardín y otras, en la casa misma, donde solía compartir el silencio con Érica, sentados en el living, delante del televisor.
Debo confesar que he llegado a sentir escalofríos al observarlos en total silencio, mirándose uno al otro, con expresiones vacías sin el menor apuro, como si la existencia misma se condensara en esos momentos de extraña compañía.
Lucas jamás se interesó en aprender el lenguaje de señas y a Érica tampoco le importaba que lo supiera o no. Podían entenderse con las miradas. Bastaba un leve gesto de ella, para que él supiera que traerle, que hacer, dónde ir. Y ella, tras cualquier movimiento de él, comprendía lo que quería transmitirle.
A pesar de no gustarme Lucas, veía con buenos ojos que esa chica, que prácticamente era como una hija, tuviera alguien que la acompañara.
Hace pocos días los padres de Lucas llegaron a casa desesperados. El joven no había vuelto el día anterior. Le preguntamos a Érica, pero se refugió en su silencio. Ni siquiera con señas quiso decirnos algo. Era evidente que algo sabía, pero mi mujer al notar que se ponía nerviosa e incómoda, decidió suspender todo interrogatorio. Entendí el enojo de los padres de Lucas, hubiese reaccionado de la misma forma, a pesar de no tener hijos propios.
Sabía también que la siguiente vez que los viera, sería acompañados por la policía. Pero sucedió lo mismo. Érica no quiso contestar ninguna pregunta. Los agentes nos dijeron que si ocultaba información, sería perjudicial para ella. Lo sabíamos, pero no podíamos hacer nada.  
Durante una semana la policía nos estuvo visitando. No había noticias de Lucas. En esos días, le recriminé a mi mujer el hecho de haberle abierto las puertas de casa a ese chico. Fue un capricho de ella, algo innecesario. Bastante teníamos con Érica como para cargar con otro joven. Y ahora esto...
Estuve mal, lo sé. No nos hablamos durante dos días. Hasta que le pedí perdón. De todos modos, por más que cicatricen, ciertas heridas que abren las palabras, jamás cierran del todo.
Anoche se cumplieron dos semanas de la desaparición de Lucas. Fui hasta la habitación de Érica, me senté en su cama mientras ella leía un libro sentada al lado de la ventana y le pedí que me dijera la verdad.
Sacó la vista por un segundo de la lectura y me dirigió la mirada, luego la regresó al papel. Insistí. Le dije que quería saber la verdad, que no podía disimular, al menos ante mí. Siguió leyendo, pero al cabo de una página, cerró el libro.
Con fastidio, se puso de pie y me invitó a seguirla. Salimos a la vereda y caminamos hasta el sendero que lleva al arroyo. Estando en la orilla me señaló el agua. Le pregunté si acaso Lucas se había escapado por el arroyo. Negó con la cabeza. Luego quise saber si se había ahogado. Dudó. Volvió a negar.
- ¿Vos lo arrojaste al agua?
La respuesta fue afirmativa. Me debe haber cambiado el color del rostro, o quizá me haya tambaleado, porque sin que le preguntara la razón, me la hizo saber. Le bastó señalarse la vagina para que comprendiera lo que había ocurrido. A pesar de la confesión, jamás bajó la vista. La mantuvo firme, en mis ojos. Quise abrazarla, pero retrocedió un paso. Le hice saber que no le haría daño y le tendí la mano.
Cuando la tomó, emprendimos el regreso. Algo había cambiado en ella. Y también en mi. La sentía por primera vez como propia, como si fuese una hija. Compartía su dolor y también su venganza. Lo compartía volviendo del arroyo y lo comparto aún, en esta tranquilidad aparente, mientras estoy sentado a la mesa.
Pero lo que más nos une, ahora, es el silencio.


4 comentarios:

Juanito dijo...

Dramático, duro...
Transmitís las sensaciones de los protagonistas de manera perfecta, y la narración, cuando da ese vuelco llegando al final, te deja sorprendido, disfrutando como siempre de la magia de tus letras.
Me encantó.
¡Saludos!

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Que buena historia. Neto este relato tiene un tono diferente a los que acostumbras a escribir, muy real, sin fantasía, humano.
Como siempre tu narrativa es buenísima, te dejo mi aplauso y te deseo una nueva semana.

mariarosa

José A. García dijo...

Los silencios también son parte de la propia voz, aunque nos parezca una contradicción.

Saludos

J.

SIL dijo...

Qué magnífica la historia, Neto.
Despojada de estridencias. No falta ni sobra nada.

Muy buena.


Otro abrazo grande-


SIL