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11 de diciembre de 2012

La mala suerte de Alvaro Quintana

Ya se lo había dicho un profesor en el colegio secundario, harto quizá de reprenderlo:
- Quintana, usted no es descuidado, es un pelotudo.
Sucedía que Alvarito, que con los años se convirtió en Alvaro, era propenso a los accidentes. Ya sea a sufrirlos como provocarlos. El destino no hacía distinción al respecto.
En el barrio se había ganado su fama y por esa razón las mujeres se persignaban cuando Alvaro Quinta les pasaba cerca. Los hombres decían no creer en esas cosas, pero se llevaban imperceptiblemente la mano al testículo izquierdo ni bien lo veían.
Era popular la vez que estando en la casa de su novia, aprovechando que los padres de ella no estaban, se cayó por el balcón a la vereda. Según decían las malas lenguas, se había querido hacer el gracioso y hacerle creer a la chica que tomaría carrera para arrojarse encima de ella, que lo esperaba desnuda en la cama. Tuvo la mala suerte de retroceder tanto, que no vio la baranda y pasó para el otro lado.
Se recuerda también la tarde que en el club se apoyó en un poste de madera, que sostenía el toldo que cubría un improvisado salón de ventas, armado en ocasión de un importante partido de futbol. El poste se vino abajo y dejó atrapadas cerca de treinta personas debajo de la lona.
Pero el caso que lo coloca en el umbral de las personas mufas tuvo lugar un fin de año, cuando ya orillaba los treinta años de edad.
La vecinal había preparado un gran festejo, algo nunca visto, para que los vecinos no olvidaran jamás esa jornada. Se había invertido el dinero de una rifa en la compra de pirotecnia potente y de buena calidad. Había costado lo suyo, pero valía la pena. Al menos, eso pensaban los organizadores.
Las calles principales del barrio se vistieron con guirnaldas plateadas y doradas y las restantes, con cintas de colores. Algunos vecinos colaboraron pintando los frentes, para que esa despedida de año y bienvenida del siguiente, fuera un éxito.
Los niños no solo estaban entusiasmados con la promesa de fuegos artificiales: habría sorteos y regalos para todos. Sería una fiesta total, en la que nada quedaría librado al azar. Por lo menos, eso deseaban los organizadores.
Faltaba un detalle crucial. Y era enviar a Alvaro Quintana a otra parte. Se habían iniciado conversaciones con la familia, pero ellos ya se habían encargado de garantizar la tranquilidad para esas fiestas. Se irían a celebrar el fin de año a la casa de unos parientes, a más de trescientos kilómetros de distancia.
El detalle era que no se llevaban a Alvaro. Lo habían convencido que con la casa sola, iba poder organizar algo con los amigos o alguna chica. Y al menor de los Quintana, la idea lo subyagó.
Se armó una comisión, en la que estaban algunos conocidos de Alvaro, para idear la forma de alejarlo del barrio el día del festejo. Si él se quedaba y permanecía cerca, algo ocurriría. Era algo tan seguro como que después del 31 de diciembre, llegaba el 1 de enero.
Entre todos juntaron dinero y compraron una cena y estadía en un hotel de Rosario, y la mañana del 30 se llegaron a la casa para ofrecérsela.
- ¿En serio me gané esto en la rifa de la vecinal? - preguntó ingenuamente.
Vaya suerte, pensaba. Ahora no solo tendría la casa para él, sino también la comida y la noche en Rosario. Esto último resultaba más tentador a la hora de convencer a una chica para que lo acompañara en la celebración.
En el patio de la panadería de Bernardez varios de los que lograron el propósito de sacarlo no solo del barrio, sino de la ciudad, se abrazaban repletos de algarabía.
Pero no sosprechaban que a Quintana, antes de tomarse el ómnibus, se le ocurriría pasar a buscar por el depósito de la vecinal un par de cohetitos para llevarse a Rosario. Si le habían regalado tremendo premio, suponía que nadie se ofendería si sacaba alguna que otra cañita voladora. Ya se imaginaba tirándolas desde la terraza del hotel.
La puerta estaba sin llaves y la pirotecnia a la vista. Quedó sorprendido por la cantidad.
- ¡Quieren hacer volar el barrio este año! - dijo en voz alta.
Buscó entre las cajas y tomó dos bolsas de petardos, tres cañitas voladoras chicas y dos grandes. Estaba por irse, conforme, cuando vio un paquete rojo justo en un rincón. Se acercó para leer: "1000 Luces Infernales".
- ¡Guau! ¡Qué buen nombre! ¿Y cómo funcionará?
Abrió la bolsa y sacó un enorme compartimiento de cartón, en el que se notaban pequeñas divisiones, donde seguramente estaba la polvora y todo lo necesario para que funcionara. Las instrucciones estaban escritas en la parte posterior del mismo cartón, pero las letras eran muy pequeñas y dado que no había encendido la luz, para que no vieran que estaba dentro, apenas si podía leer. No tuvo mejor idea, entonces, que revolver en los bolsillos hasta dar con un encendedor... y acercar la llama a la caja para leer lo que allí decía.
La explosión hizo temblar los cimientos en cuatro cuadras a la redonda. Las guirnaldas doradas y plateadas volaron por los aires, espantadas por el estruendo. Las cintas de colores cayeron como serpentinas asustadas.
El barrio completo salió a la calle. Los que sabían de la pirotecnia acumulada, estaban seguro de lo que había sido. Los demás, es decir, la mayoría, pensó al menos en un bombardeo. Otra cosa no podía explicar el ensordecedor ¡pum! que habían escuchado. Vidrios rotos, paredes que temblaban y oídos aturdidos, algunas de las consecuencias de la inesperada explosión a horas de año nuevo.
- ¿Qué pasó?
- ¡La pirotecnia!
- ¿Qué pirotecnia?
- ¡La que habíamos comprado para esta noche!
Las voces se confundían, entre la desesperación y la resignación. Los bomberos arribaron a los pocos minutos e iniciaron sus tareas recién después de apartar a los vecinos, que se acercaban para ver lo sucedido.
Las llamas se habían devorado el depósito. No había quedado a salvo ni siquiera un petardo. Los bomberos terminaron de sofocar el siniestro para antes del atardecer. Se retiraron ante el silencio general que gobernaba el lugar.
Miradas tristes, rostros opacos. ¿Qué había pasado? ¿Cómo podía haber ocurrido tremendo desastre? Nadie podía explicarlo.
De repente escucharon un pedido de auxilio. ¿Alguna víctima de la explosión? Los gritos provenían de lo alto. Al levantar las miradas, lo vieron. En lo más alto de la copa de un árbol muy cercano, estaba Alvaro Quintana. Agitaba los brazos, y clamaba por ayuda.
No necesitaron saber nada más. Con verlo era suficiente. Aquel desastre tenía nombre y apellido. Lo dejaron gritando en las alturas y cada uno enfiló para su casa. Comer en familia serviría, de momento, para aplacar los ánimos. A la medianoche se las ingeniarían para conseguir pirotecnia y apuntarle al culpable de las mayores desgracias.
De alguna forma, tendría que haber fiesta.





5 comentarios:

Con tinta violeta dijo...

Que buen humor (menos para el gafe, claro)...me veo a toda la barra apuntando al trasero del pobre desgraciado!!!!
Besos!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Era un poco molesto. ¿que le costaba irse directamente? También podrian haber convencido a una chica, si es que alguna estuviera dispuesta a correr riesgo con la mala suerte del personaje.

mariarosa dijo...

Hay neto, que tipo imposible. Muy buena la historia, creo que personajes así; existen, lo mejor es no encontrarlos en nuestro camino.


mariarosa

Unknown dijo...

Pues la mala suerte no era suya sino de los vecinos que ni así se libraron. Me gustó. El título me enganchó sin remedio.

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Fantástico, Netomancia.
Disfrutadísimo...
¡Saludos!