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29 de noviembre de 2012

S.M.M.

Mi nombre es Sara Margaret Mendelson, dijo a viva voz aquel día en la plaza. Acto seguido, la mujer se despojó de sus ropas, alzó un cuchillo del suelo y se realizó un tajo en el vientre, de abajo hacia arriba.
Estupefactos e inmóviles, vimos como un hilo de sangre primero, y un borbollón después, tiñeron de rojo el cuerpo pálido de la desconocida.
Oímos algunos gritos de horror, vimos gente que miró hacia otra parte y otras que corrió en dirección contraria, escapando de aquel espectáculo. Pero nadie atinó a acercarse, a socorrerla. Es que a Sara Margaret Mendelson no la conocía nadie. Y además, tenía un cuchillo.
Su rostro no perdió el semblante, que de lejos apenas podría definirse como de aceptación. Cuando las piernas se debilitaron y sus rodillas flaquearon, el torso se desplomó sobre las mismas. Quedó a la mitad de su altura, perdiendo sangre de manera atroz y aún sosteniendo en lo alto el objeto con que se había cortado.
Finalmente la cabeza se fue hacia delante y la frente golpeó contra el suelo de piedra sobre el que estaba dejando la vida. Quedó tendida boca abajo, en un charco rojo, ante miradas perplejas.
Un hombre vestido de policía se acercó y le tomó el pulso. En realidad, ese fue el gesto. Pero ni bien tomó el brazo de la mujer, lo soltó y dio un salto hacia atrás, asustado. Luego, conciente que todos posaban la vista en él, se arrimó otra vez al cuerpo. Asombrados observamos como sacudía el brazo inerte de la mujer y luego, tras ponerse de pie, le arrojaba un puntapié a la cabeza.
Luego, antes que la consternación de todos se convirtiera en una turba, sonrió y dijo en voz alta.
- ¡Es solo un muñeco!
Miró en torno de él, esperando encontrar al gracioso que lo había hecho, pero al no encontrar a nadie y considerar que estaba perdiendo su preciado tiempo, se alejó del lugar parsimoniosamente.
Nosotros, los que atestiguamos aquel instante, aquella mañana en la plaza, permanecimos en silencio durante varios minutos. Incluso algunos se acercaron a constatar que el policía tuviera razón. Y así era. Sin embargo, para todos nosotros aquello no era solo un muñeco. Era Sara Margaret Mendelson, una desconocida que de pronto se nos hizo carne y vive en nuestras pesadillas.

4 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

¡¡A la flauta...!!

Que historia. Una mujer que se convierte en muñeca... ¿fue ilusión de los presentes?
o la realidad superó la imaginación?
Muy bueno Neto.


mariarosa

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

O tal vez siempre lo fue. O tal vez haya sido una androide. ¿Pero que razón habra tenido?

SIL dijo...

Quizás los señores sufrieron una alucinación macabra...



Otro abrazo, Netito.


SIL

Herminioli dijo...

Las camaras ocultas han arruinado muchas vidas...ja!