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8 de noviembre de 2012

Historia de un robo

El que rompió el silencio fue Ganzúa. Su voz áspera de cigarrillo barato enhebró una pregunta que más de uno tragó saliva para digerir.
- ¿Nos entregaron, verdad?
Ni Aníbal, ni Pérez y mucho menos Lafarreta contestaron. Se acogieron al derecho de permanecer callados, del que consideraron ser dueños.
Pero de todas formas el nerviosismo estaba instalado. El agitado respirar de cada uno garantizaba que era así. Y la pregunta de Ganzúa no hacía más que confirmar lo que ya sabían interiormente. Alguien les había movido el avispero sin que ellos hubiesen visto venir el cuchillo por la espalda.
Lafarreta, que adormecía las palabras en su mente para evitar pronunciarlas, acomodó sus piernas, un tanto entreveradas en el pequeño reducto.
- ¡Cuidado, boludo! – le recriminó violentamente Aníbal – No ves que me estás apretando contra la pared.
Pérez pidió calma, llevándose un dedo a la boca. La situación era tensa, era obvio, pero lo que no debían hacer era instalar la histeria, porque los condenaría a un final aún mucho peor.
Ganzúa volvió a atacar inocentemente.
- ¿Y? ¿Nos entregaron o no?
A Pérez le pareció que preguntar otra vez lo mismo era lo que faltaba para rebalsar el balde, que ya bastante hasta arriba estaba de mierda. Estiró como pudo el brazo, misión poco probable en teoría en aquel conducto de aire, y atenazó el cuello del pobre Ganzúa.
- Una vez más que preguntes la misma estupidez y juro que te estrangulo acá mismo.
Aníbal le tiró un tacazo, otro movimiento imposible, que terminó impactando a Lafarreta, que como era costumbre, en lugar de quejarse, guardó silencio.
- Pérez y la reputa… ¡perdón Lafa, no era para vos! Mirá lo que me hacés hacer, hijo de puta – Aníbal estaba perdiendo también la compostura, esa que siempre guardaba incluso para los momentos complicados, que lo convertían en el eje del grupo, en el líder por naturaleza, debido a ese don de adueñarse de la calma y proponer las mejores ideas ante un aprieto.
El panorama, por cierto, era cuesta abajo. El estrecho sitio donde se encontraban apenas si les permitía movimientos. Era un conducto de aire en desuso, que Lafarreta había encontrado en un plano bastante antiguo. Pero había sido una alternativa de escape descartada en primera instancia, justamente por las reducidas dimensiones. Y sin embargo, allí estaban.
- Decime Einstein – ironizó Pérez - ¿Acaso estoy en condiciones de estrangularlo? ¿No ves que es un escarmiento? Quiero que se calle nada más, que se deje de repetir la misma pelotudez una y otra vez.
- Vos sabés bien que no es una pelotudez, que tiene razón. Acá nos entregaron.
- Entonces ¿nos entregaron? – volvió a preguntar Ganzúa, siempre lento para entender, acción que le valió un coscorrón por parte de Pérez.
Lafarreta meneó la cabeza, disconforme con el proceder de su compañero, pero mantuvo la boca cerrada, como solía hacer durante todo el tiempo que permanecía despierto. Solo la abría para dormir, entre ronquido y ronquido.
- Lo que haya pasado, poco nos importa ahora – aseguró Aníbal – Si salimos de esta, te prometo que vamos a encontrar al responsable y le vamos a meter plomo hasta que escupa su propio féretro, lo que ahora tenemos que hacer, es rajar de acá.
- Cómo si eso fuese fácil…
- Ves, con esa actitud negativa no vamos a llegar a ninguna parte Pérez.
- Claro, es mi actitud. Nunca tu inteligente decisión de salir por el conducto. El mismo que hace una semana dijimos que ni en pedo íbamos a usar.
- ¿Tenías una mejor idea? Vos estabas ahí cuando aparecieron, pudiste haber sugerido algo.
Su compañero devolvió un chistido como respuesta. Ni Lafarreta ni Ganzúa se metían en la discusión. Nunca lo hacían.
- Ves, ni hiciste nada. Ahora tenemos que manejar esta situación en la que estamos. Sabemos que este conducto de mierda nos lleva hasta el estacionamiento, que con seguridad está repleto de canas. Ahora bien, ellos no alcanzaron a ver por donde nos fuimos, Pueden estar buscando por las vías de escape alternativas que teníamos.
- A mi se me cayó el plano, seguro lo encontraron – aportó Ganzúa con timidez, a sabiendas que se venía otra reprimenda.
- En el plano no estaba marcado este conducto. Lafa lo encontró en un plano más viejo, no en el que trajimos. Además, lo habíamos descartado, por ende, no hay marca alguna allí. Si lo encontraron, están siguiendo pistas falsas – Aníbal pensaba en voz alta.
- Una bien al menos, demasiado pedir – le dijo Pérez a Ganzúa, mientras acomodaba los brazos, que comenzaban a hormiguearle debido a al posición en la que estaba.
- Imaginemos – prosiguió diciendo Aníbal – que no saben que estamos acá, que es lo más seguro, entonces, si hacemos las cosas bien, podemos llegar al estacionamiento e ingeniar la manera de pasar entre ellos sin que sospechen.
- Creo que me olvidé la capa de invisibilidad en el ropero.
- Basta Pérez, me cansaste. Es mucho más fácil. Tenemos que arrastrarnos al menos veinte metros más, ubicada la salida y asomarnos. Si están, esperamos. Si no están, salimos.
- ¿Así de fácil? Vamos.
- Probemos.
- ¿Probemos?
- Si, probemos.
- ¿Y cómo se que no nos entregaste vos y ahora nos estás llevando directo a una celda?
- ¡Pero…! ¿Te escuchás cuando hablás? ¿Te das cuenta lo que estás diciendo? ¡Nos conocemos hace más de diez años! ¿Cómo vas a dudar de mí?
- Esto lo planeaste vos y los tipos nos estaban esperando dentro.
- Claro y ustedes no estaban al tanto del plan.
- ¿Qué insinúas, que uno de nosotros sopló?
- ¡No insinúo nada! El que insinuó fuiste vos, que dudaste de mí.
- Yo no voy. Punto. Me quedo acá y en dos o tres días, veo.
- Pero si serás…
Aníbal miró a los otros dos. Ganzúa seguía el hilo de la conversación panza arriba, con claro signo de no entender que estaba ocurriendo, mientras que Lafarreta se entretenía hurgándose la nariz con un dedo, que desaparecía mágicamente tres centímetros dentro del canal nasal derecho.
- ¿Vamos? – les preguntó.
- ¿Dónde? – Ganzúa abrió grande los ojos, alternando su mirada entre Aníbal y Pérez.
- Hasta el final de este conducto. Pérez se queda. Si querés, hacele compañía. ¿Vos Lafa?
El grandote movió los hombros, haciendo saber que le daba lo mismo. Aníbal entonces volvió a preguntarle a Ganzúa.
- No se, si van todos, voy. Pero si ellos dos se quedan, me quedo.
- ¿Voy a ir solo entonces? – Aníbal refunfuñaba - ¿Cómo me voy a ir solo, dónde se vio eso? Son veinte metros, vemos, si hay policías, nos quedamos adentro. ¿Qué dicen?
Ninguno contestó. Pérez con semblante enojado, Ganzúa confundido y Lafarreta distraído.
- ¡Muy bien, quieren quedarse, se quedan! Me importa un choto. Yo me voy. Chau.
Aníbal se movió unos veinte centímetros y volvió a preguntar si alguien iba con él. No hubo respuesta alguna. Sus chistidos llegaron a oídos de todos. Se quedó allí, puteando en voz baja.
A la media hora preguntó:
- ¿Cuánto querés esperar Pérez?
- Dos días. Tres a lo sumo.
- Mirá que nos vamos a cagar de hambre.
- No importa. Antes eso, que la cárcel.
Ganzúa no pudo con su genio.
- ¿Che, entonces nos entregaron, cierto?
- Andate a la puta que te parió – la voz de Lafarreta, aflautada y afeminada, confortó sus corazones.

3 comentarios:

SIL dijo...

Jaja, hay gente ¨dura de entender¨diría mi nona Antonia.


Pero... Netito, al final...
¿los entregaron?

:D

:PPPPP


Buenísimo, nene, los diálogos parecen ¨escucharse¨.

Abrazo grande.



SIL

Con tinta violeta dijo...

Me gustan los finales abiertos!
Ganzúa todo un personaje.
Muy bueno!
Besos!

Juanito dijo...

Genial...
El armado de los diálogos nos mantiene enganchados hasta ese final abierto.
Muy bueno, Netomancia.
¡Saludos!