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5 de noviembre de 2012

A la hora de la siesta

Dudó de lo que había escuchado. Parecía el sonido de golpes en la puerta, pero era la hora de la siesta, ningún vendedor ambulante estaría dando vueltas por la calle. Y si no era una persona ofreciendo un producto o una rifa, era difícil que alguien se acercara a su casa. Tenía fama de ermitaño y hosco, quizá como todo escritor.
Se había refugiado en aquel pueblo agobiado por la prensa, debido a sus polémicas novelas. Lo criticaban por el negativismo impreso en cada párrafo, que refutaba los valores esenciales de la sociedad actual. Estaba cansado de tener que responder las mismas preguntas. Al fin y al cabo, lo suyo era literatura, ficción, imaginación pura. Pero parecía que intelectualmente, su obra era nefasta.
El pueblo era un colchón confortable donde descansar sus ideas. Nadie lo molestaba ni le quitaba la paz que arropaba su estadía en ese lugar. Ese llamado a la puerta (ya no dudaba que de eso se trataba) era sin embargo una sombra que se proyectaba sobre su tranquilidad.
Aguardó en silencio, esperando que el ruido cesara, pero la mano fue insistente y no claudicó, golpeando acompasadamente la madera, una y otra vez. Impaciente, se dirigió hasta la ventana, para espiar entre las hendijas de la persiana. Por más que buscó ángulos imposibles, no pudo distinguir quién llamaba con tanta vehemencia.
Al borde de la histeria, abrió la puerta. Se sorprendió al ver tan solo a un niño de pantalones cortos, remera color verde y zapatillas con los cordones desatados. Instintivamente buscó con la vista a otra persona en los alrededores. No podía imaginarse al pequeño golpeando a su puerta, por más que fuera el único sospechoso en toda la cuadra.
Una vez convencido de que había sido el culpable de perturbar su armonía en soledad, no demoró en reprenderlo, aprovechando a su vez que el niño no había pronunciado palabra alguna.
- ¡Qué es eso de estar molestando a la hora de la siesta! – dijo -. Vuelva a su casa m’ijo, antes que haga llamar a sus padres.
El chico se mostró inconmovible. La ausencia de reacción en el pequeño lo desorientó, poniéndole los nervios de punta. La idea era que se espantara, saliera corriendo. Pero muy por el contrario, el niño se mantuvo sereno y paciente.
Repitió en vano dos veces que se fuera a su casa. Intentaba no levantar mucho la voz, porque los vecinos deberían estar durmiendo. Y no era tanto el hecho de no molestarlos, sino el que no saliera nadie a la calle a observar lo que sucedía.
Al percibir que el niño le haría caso, buscó calmarse. Los nervios no le harían nada bien. Estaba grande y debía cuidar su salud.
Fue entonces que el chico habló.
- Quiero que me enseñe a escribir.
El escritor detuvo la mano en el aire, en el momento que la llevaba hacia su frente, para quitarse el sudor.
- ¿Qué cosa? – preguntó consternado.
- Que me enseñe a escribir.
- ¿Cómo en la escuela? ¿Las vocales, las consonantes, todo eso?
- No, le estoy diciendo que me enseñe a escribir ficción.
- Nene, disculpame, pero… ¿Qué edad tenés?
- Ocho años.
- Digo… ¿no deberían enseñarte eso en el colegio? – miraba a un lado y otro de la vereda, confiando en que pronto aparecía el padre o la madre del niño y lo sacarían de esa situación, en la que se veía desbordado.
- Quiero que me enseñe usted que es un escritor famoso.
- No voy a ser grosero, pero tus padres deberían darte una buena patada en la cola, por estar molestando a los vecinos y en la hora de la siesta. Decime donde vivís que te acompaño y dejo bien en claro esto con tu mamá o tu papá.
- No soy de acá.
- ¿Cómo que no sos de acá? ¿Estás de visita con alguien, con una escuela?
- Vengo de muy lejos, de otra galaxia. Y quiero aprender a escribir ficción con usted.
- Nene, me estás cargando. ¿Acaso me están filmando? Mirá que soy viejo, pero no boludo.
- Usted escribió “no es la sociedad la que sufre a diario la violencia, sino quién la estimula, la alimenta, la preserva a lo largo del tiempo, casi como una necesidad, con cierta complicidad fraternal que debería espantarnos, en el caso que pudiéramos darnos cuenta”.
El hombre se quedó en silencio. Claro que había escrito eso. En la boca de un niño, la sonoridad de dichas palabras, causaba tanto impacto como ver a un anciano usando biberón.
- ¿Y que hay con eso? He escrito muchas cosas.
- Si, lo sabemos. La lectura de sus textos nos está ayudando a comprender mejor este planeta. También ha escrito “el cinismo se viste de fiesta en cada pensamiento humano, desde que se empieza a pensar, desde que el raciocinio se convierte en la hipocresía de cada existencia”. Queremos que venga con nosotros. Necesitamos analizar con mayor profundidad sus libros.
Rió con ganas. ¿Qué era esa broma? Seguía pesquisando con la mirada la calle, con el afán de detectar al cómplice de tremenda burla.
- Nene, en serio, que quiero dormir la siesta. ¿Por qué no vas a jugar a los videos juegos a tu casa?
- Usted no comprende, don Wilfredo. Le estoy diciendo la verdad. No juzgue por mi cuerpo. Al fin de cuentas la apariencia no significa nada, o acaso no lo afirma usted al señalar en su último libro que “es la suma de prejuicios los que nos forma como humanos y nos distingue de otros seres vivos, como los animales”.
- Salvo la dicción, muy buena para un niño de su edad, y el hecho de citar tan bien mis textos, usted no es más que un infante y todas las patrañas que expone, no me quedan dudas que forman parte de un guión elaborado por algún adulto gracioso.
- Se equivoca señor y puedo demostrarlo. Cierre los ojos y acompáñeme. Vamos, ciérrelos.
No había terminado de hacerlo que sintió una presión leve alrededor de su cuerpo. Cuando los abrió, temió por su vida. Pegó un alarido. El niño, que flotaba a su lado, lo tranquilizó apoyándole una mano en el hombro.
- Tranquilo Wilfredo, ni usted ni yo estamos en este lugar, a casi veinte mil metros terrestres, observando el planeta en llamas. Esto es un “lo que podría pasar”, una visión probable del futuro. Tenemos la tecnología para lograrlo, ustedes aún no y quizá, si esto que contemplamos llegara a ocurrir, jamás la alcanzarían.
- ¿Por qué me muestra esto?
- Para que crea. Nosotros hemos visto en su literatura todo lo necesario para poder ayudar a esta raza. Creemos que analizando sus textos, podemos evitar que un desastre futuro acabe con la humanidad. Nos interesa preservar planetas, razas inteligentes. Usted ha indagado en las sociedades como pocos lo han hecho. Necesitamos de su ayuda.
- Es paradójico, escribo así porque odio la humanidad, con qué fin querría yo salvarla.
Si el destino es la destrucción, es porque así está escrito en su naturaleza.
- ¿No le interesa salvar a sus prójimos?
- No me interesa salvar a nadie, como no me interesa colaborar con colectas para pobres, ni reciclar la basura, ni pagar los impuestos a tiempos ni nada de eso. Solo anhelo poder estar en paz y que no me molesten. Ni los periodistas, ni la gente ni marcianos del culo del universo. Así que si pueden bajarme de donde sea que esté, se los agradeceré.
A los pocos segundos, estaban nuevamente en la puerta de la casa. El niño aún estaba allí.
- ¿Qué hay de usted, don Wilfredo? ¿No le gustaría salvarse?
- Nadie se salva en este mundo, nene. Tarde o temprano algo nos sucederá y dejaremos de ser. Yo dejaré mis escritos. Otros no dejarán nada y sus recuerdos se esparcirán como cenizas en la misma nada. Y puede que de un tiempo a otro, mis escritos ya nadie los lea y de esa manera, dejar de ser por segunda vez, en forma definitiva. Estamos destinados a desaparecer, con fuego o sin. ¿Por qué preocuparse por nosotros?
- ¿Ni siquiera sabiendo que hay una posibilidad de cambiar el futuro? ¿Ni siquiera por el simple deseo de intentar cambiarlo?
- Ni siquiera. Mirá nene, el futuro aún no es real. Es un supuesto. Lo real ahora es la siesta y  mis ganas de dormir. Y la verdad, entre la humanidad y mis horas de sueño, me quedo con éstas últimas.
- Cómo usted quiera. Intentaremos analizar sus obras por nuestra cuenta.
- Les deseo toda la suerte del universo. Y por las dudas, busquen otra raza en algún otro planeta, como para tener una changa extra, en caso de fallarles ésta.
El niño se fue cabizbajo hasta la esquina, donde dobló para perderse para siempre de la vista del escritor.
- La pucha, que la tienen jodida. Perder el tiempo con nosotros. Al menos no me quiso vender un bono contribución o algo por el estilo. En fin, dichoso aquel que encuentra en una simple siesta, el misterio de la vida.
Cerró la puerta y se encaminó hasta la habitación. Por la ventana alcanzó a ver una luz ascendiendo al cielo, que luego se disolvió a la distancia. 

4 comentarios:

Maria Rosa Giovanazzi dijo...

Era un renegado de sí mismo. Escritor, ¿Y para qué escribía sino creía ni quería a nadie...?

Muy buena historia Neto, tu imaginación crea cada vez mejores cuentos.

Un abrazo.

mariarosa

Anónimo dijo...

Noto cierto tema recurrente, lo cual puede ser un indicio de estilo. Eso está bien. El tema seria elegir al incorrecto, el amigo equivocado, el kiosko equivocado donde comprar.
Y en este caso, el escritor equivocado para salvar al mundo. El escritor rechazó una posible inspiracion para sus escritos. Ya desconfie cuando trato al vistante de m'ijo. ¿Es posible que los extraterrestres hayan elegido tan mal? Entonces, no serian tan confiables.

Juanito dijo...

La sensación que me dejó la historia (excelente, como siempre -habitual en vos, Netomancia-) una vez terminada su lectura fue de profunda tristeza por el niño extraterrestre y el no poder haber cumplido su cometido: te juro que me lo imaginé, lo ví gráficamente, cabizbajo doblando la esquina. Mérito absoluto tuyo como escritor el haberme logrado vivir eso.
Muy bueno, Netomancia.
¡Saludos!

SIL dijo...

Fue una forma moderna de rechazar a un ¨Mesías¨.


Me hizo acordar a la magia de Erich Von Däniken. ¿te acordás? de Recuerdos del Futuro y otros...


Abrazo (otro)