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9 de octubre de 2012

Lagashx, de Lougarex (2da parte)



La mañana en la que la Orden atacó el primer poblado del reinado de Cerceña, el asesino de Grujio estaba en su choza. Los Carrarios recordaban la muerte del lider de jarush en el desierto pero jamás supieron la identidad del agresor. En Lougarex, en algunos poblados, se hablaba de un guerrero gigante que había logrado vengarse en nombre de ellos, pero tampoco ellos sabían quién había sido. Ese desconocimiento fue quizá el peor error de la Orden en doscientos años. Porque aquel asesino se había transformado con los años en algo mucho peor. Era la esperanza de Lougarex, por más que Lougarex tampoco lo supiera.
Madriñan lo despertó, asustada. Los pequeños críos lloraban desconsolados. En las calles del pueblo se escuchaban gritos de horror y el sonido de los cascos de cientos de caballos. El olor a humo y heno quemándose presagiaban un desastre. El gemido de mujeres era lacerante. Algunas eran violadas a la vista de todos. Sus ropas arrancadas dejaban al desnudo los cuerpos apetecibles por los salvajes del reino oscuro.
Lagashx se vistió sin prisa. Tomó la espada en el mismo momento que un jarush, al que reconoció por la franja de sangre en el rostro, penetró en la choza. Fue más rápido que un relámpago, el atacante jamás supo que le sucedió. El otrora niño, que supo matar con una honda, blandió la espada con destreza y rebanó de una sola vez la cabeza del jarush en dos.  Madriñan gritó, más de sorpresa que de miedo. El niño que había acogido bajo su tutela no solo había estado jugando con su espada.
Sus miradas se cruzaron. No hicieron faltas palabras. Ambos comprendieron que era la última vez que se veían a los ojos. Ella, la madre que le habían quitado; el, ese hijo que entonces no tenía. Esa no era su tierra, Madriñan lo entendió al ver el fulgor en sus pupilas, dilatadas por la sed de sangre. Lagashx entornó los párpados tan solo un segundo y salió a la batalla. La mujer abrazó a sus críos y lloró en soledad. Temía la muerte del ahora joven, pero sus lágrimas en realidad eran de felicidad. Había visto en esos ojos la esperanza que creía imposible. Aquel no era su niño. Aquel era la muerte vestida de hombre.

La masacre de Cerceña. Así llegó el rumor a Lougarex. Todo un batallón jarush había sido destrozado en el pequeño reino del este. Los pobladores esbozaron silenciosas sonrisas, en la penumbra de sus chozas. A pesar que ello implicaría represalias de los Carrarios, una nueva luz se vislumbraba en el horizonte. ¿Un nuevo ejército del otro lado de las fronteras? Nadie tenía respuestas. El boca a boca traía sin embargo buenas nuevas y se agradecían, como se agradece el calor del fuego en invierno.
En las filas de la Orden la confusión era mayor. La noticia había sido muy mal recibida. En las Tierras Morhas la noche en la que se recibió la noticia los gritos de furia aterrorizaron incluso a los moradores de la región, que siempre se sintieron protegidos de servir a los Carrarios. Los pocos sobrevivientes de la contienda, que llegaron a duras penas sin sus caballos hasta Lougarex hablaban de un ejército de un solo hombre.
- ¡Era una bestia! ¡De dientes filosos y enormes garras!
Las voces exageraban, infundadas en la mismísima incomprensión. Por primera vez en doscientos años, habían tenido que retroceder. Los líderes no toleraron la derrota. Los sobrevivientes fueron masacrados y sus cabezas colgadas en los árboles del bosque de Halixar.
Los Kirosh querían vengarse esa misma noche, con sus propios ejércitos. No querían la ayuda de los Jarush, que a su entender ya habían demostrado su ineptitud. Aquello fue una provocación. Pero los líderes Hauritas evitaron la confrontación. Aquello era inadmisible. La Orden no podía desintegrarse, debían mantener la calma.
Ellos sabían que el conjuro de la noche eterna podía expandirse. Para ello necesitaban avanzar hasta los territorios de los otros reinados y hacerse de varios poblados. No creían que sucediera otro desastre como en Cerceña, no podía ocurrir, se dijeron. La invasión debía ser de inmediato, aprovechando que los reinados estarían celebrando esa primera victoria. No se esperarían un avance tan rápido. Correría más sangre, serían más brutales, no dejarían sobrevivientes. La oscuridad envolvería cada reino y se harían con el continente.
La noche estaba en su punto más álgido. La Orden había terminado de decidir la suerte de la gran comarca. Entonces fue que llegaron jinetes jarush desde el lado del desierto, con fantasmas en los ojos.
- ¡La bestia! ¡La bestia está viniendo!

La figura solitaria avanzaba en la penumbra, sin caballo, ni paso errante. En su mano derecha, una espada. No portaba escudo y tampoco lo necesitaba. Sus cabellos se movían con el andar. Los jarush por primera vez en dos siglos, se sentían atemorizados. No veían las garras ni los dientes afilados, pero aquella seguridad, esa firmeza al sostener la espada eran quizá más intimidantes que todo lo que habían oído.
Avanzaron en contra de aquel solitario hombre y fueron pereciendo de a uno. El movimiento letal, el corte preciso y la sangre dibujando en la noche formas dolosas. 
Lagashx no parpadeó y miró a los ojos a cada una de sus víctimas. Primero decenas, luego miles. Aquello no parecía posible. Uno solo hombre contra todo un reino. Pero cada golpe de espada era un juramento hecho en el pasado. Por Alix, por Fartán, por cada mujer violada, por cada hombre castigado, por cada niña abusada, por cada niño mutilado, por cada injusticia, dolor y crimen, por cada minuto de terror dentro de la choza, por el sonido de aquellas estampidas nocturnas, por cada lágrima que no había podido derramar...
Un río de sangre corría a sus pies. El desierto se había teñido de rojo. Avanzó con un mar de enemigos y a todos fue derrotando. A medida que fue llegando a poblados, los moradores se fueron sumando a sus espaldas, con palos afilados a modo de lanzas. Y luego, en el camino, se fueron haciendo de las armas de los derrotados Carrarios. 
El grito de libertad se fue haciendo eco en cada rincón de Lougarex. Los Kirosh y Hauritas unieron sus fuerzas con los Jarush en un intento desesperado. El poder de la magia de los Hauritas, en tanto, fue perdiendo el temple y se fue derrumbando. La oscuridad comenzó a disiparse. El júbilo en los poblados fue mayor y muchos de ellos no esperaron la llegada de la Bestia. Atacaron como pudieron a los ejércitos de la Orden, sin importar si perecían en el intento.
La batalla por Lougarex duró siete días. En ese breve lapso el calvario de los últimos doscientos años se marchitó como un cuerpo putrefacto. Con Lagashx al mando, cayeron las tres dinastías de los Carrarios. Ni el salvajismo, ni el canibalismo ni la magia pudieron con el niño malherido que vivía dentro del ahora joven vigoroso. Su espada cercenó toda maldad sobre el reino y acabó con la tiranía.
En siete días, el sol volvió a salir en Lougarex. Lo celebró su gente y la gran comarca, mientras nuevos ríos de un color rojizo trazaban sus cauces con paciencia y empeño, vertientes de sangre para no olvidar el pasado y mucho menos, repetirlo.

El cielo cae sobre Lougarex, con el color de antaño. Ha recuperado la forma y la paz. Los prados de a poco comienzan a recuperar el verdor y los habitantes se animan a sembrar sus tierras, sin temor a ser arrasadas. Los poblados han construido nuevas chozas, pero se han despojado de las grandes piedras y maderos que utilizaban para protejerlas.
Los tiempos han cambiado, vaya que lo han hecho.
Otros aires se respiran, por más que los rumores que provienen de otros reinados hablan de enfrentamientos. En estas tierras eso ya no les importa. Saben lo que es el sufrimiento, el dolor. Las lágrimas contenidas se vertieron en la victoria y fueron de felicidad. Allí, el pasado no regresará.
Porque nadie lo quiere y porque está el, el protector, la bestia.
Lagashx, el guerrero.
Lagashx, de Lougarex. 




Relato publicado en junio del 2011 en "Némesis: Sangre y Acero", antología de fantasía épica coordinada por el español Alexis Brito. 

4 comentarios:

mariarosa dijo...

Excelente relato. Neto ya no me asombras con tu capacidad de escritor. Este cuento tiene un estilo diferente a tus otras historias, sin embargo su argumento y su desarrollo, en el primero y en el de hoy: atrapan. Felicitaciones. Como siempre un abrazo fuerte.

mariarosa

Juanito dijo...

Qué hallazgo la frase "Aquel no era su niño. Aquel era la muerte vestida de hombre", monumental.
Genial, Netomancia, de principio a fin.
Todo un mundo nuevo en tus letras, imposible no ser transportado hasta aquellas tierras y aquellos tiempos lejanos.
La violencia redactada como debe ser, con los adjetivos calificativos justos (ni más ni menos). Los neologismos (¿así se dice?) para señalar lugares, personajes, hordas, de primera.
Te felicito. Un placer de lectura.
¡Saludos!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que buena historia. Reconozco o creo reconocer una manipulacion de escritor, para que el lector casi se identifique con La Orden, parece estar contado de un punto de vista cercano. Hasta que aparece el heroe, legendario, que no necesita escudo. Y que termina con las injusticias. Cambió el punto de vista. El lector esta con el heroe. Esa manipulacion es de un escritor con talento.

SIL dijo...

Me ha encantado.

También me evoca aquellas hazañas de Nippur de Lagash que leía cuando era joven, jaja.

Hay una doble lectura preciosa, nadie hiere impunemente, sin que en alguna de sus víctimas se geste la venganza que lo destruirá.


Abrazo grande.



SIL