Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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12 de octubre de 2012

La sala de ensayo

No era demasiado grande, el escenario de madera tenía algunos tablones flojos, era común encontrar el piso repleto de polvo y la acústica era de lo peor, pero cumplía con el propósito por la cual la habían alquilado. El módico precio los había terminado de convencer y dada las circunstancias, los detalles quedaron en un segundo plano.
La sala de ensayo estaba a disposición del grupo dos días a la semana. En total eran siete horas. Tres los martes y cuatro los viernes. Hacía cinco semanas que acudían con entusiasmo. No era para menos. En ese lapso habían avanzado con la obra de teatro mucho más que en los meses previos, durante los cuales vagaban de casa en casa, en horarios dispares y disparatados, sin obtener resultados positivos.
Hasta entonces no se habían puesto a pensar en fecha de estreno, porque no podían establecer una continuidad en los ensayos, sin embargo, gracias a la sala, no solo habían logrado constancia sino también amalgamar al grupo, acelerando de esa forma el trabajo en conjunto. Por ese motivo, habían iniciado el diálogo con un pequeño teatro centrico para poder presentar la obra a lo largo de cuatro semanas.
Alexia había vuelto aquella tarde con la noticia y todo el grupo había expresado su alegría. Fue ella misma la que tocó el tema.
- Si nos va medianamente bien, podríamos incluso pensar de cambiar de lugar de ensayos ¿Les parece buena idea?
A Fermín la pregunta no le pareció atinada, ya que antes ninguno había planteado objeción alguna sobre la sala.
- ¿Por qué ahora no te gusta la sala? - le preguntó.
- No es que ahora no me gusta, en realidad siempre estuve incómoda acá. Seamos sinceros, es de medio pelo. Estaría bueno poder ir a un lugar más iluminado, limpio, grande...
- No creo que consigamos a este precio algo parecido...
- Por eso mismo les digo que podríamos pensarlo en caso que nos fuera bien con las funciones.
- Si nos va bien - objetó Sandra - lo primero que deberíamos hacer es juntar dinero para una buena escenografía, no gastarlo en algo que ya tenemos.
- A mi la idea de ir a otro lugar no me desagrada - opinó Mercedes, que estaba recostada sobre las piernas de Cristian.
- ¿Tampoco te gusta el lugar? - la interrogó Fermín, que estaba perdiendo la paciencia.
- Y... mucho no - dijo con sinceridad Mercedes, a la que todos llamaban por el sobrenombre "Mecha" - Además, no me agrada que tengamos que soportar curiosos en los ensayos.
Fermín cruzó una mirada con Alexia y también con Sandra. Incluso Cristian salió de su ensimismamiento para escuchar a su colega. Mecha se dio cuenta que lo que había dicho provocó en el grupo cierta sorpresa.
- ¿Qué? ¿A ustedes no les molesta? - preguntó en general.
- Es que al menos yo no te entendí - le respondió Alexia.
- ¿Qué no entendiste?
- Lo de los curiosos.
- ¡Los curiosos Alex! Los que vienen siempre al ensayo: el viejito que se sienta cerca de Germán, como si fuera el asistente de dirección; la mujer de bucles oscuros, que se queda cerca de la puerta y el grandote que se nos observa desde abajo del escenario. Ese sobre todo, que se queda mirándonos como hipnotizado, me da miedo.
- Nena, ¿hablás en serio? - la interrogó Fermín.
- Si, claro que hablo en serio. Me imagino que si nunca dijeron nada, es porque a ustedes no les molesta, pero a mi me hacen sentir incómoda. Sobre todo el grandote.
Cristian, que la tenía encima de sus piernas, le habló con amabilidad.
- ¿De qué curiosos estás hablando? 
- Los... ¡lo acabo de explicar! Ves que nunca me prestás atención.
- No te alteres, justamente, si te estoy preguntando es porque te presté atención. ¿De qué carajos estás hablando? ¿Dónde mierda ves curiosos?
Recién entonces Mecha comprendió que algo estaba mal en aquella conversación. Miró hacia las butacas de madera, enfrentadas al escenario, y vio al anciano.
- Allí - señaló con el dedo índice.
El resto del elenco llevó las miradas hasta el sitio señalado. Ninguno vio al anciano, que para entonces Mercedes describía con lujos de detalles.
Frustrada al notar como los demás la miraban con pena, como si ella estuviera viendo alucinaciones, se dirigió hasta la figura del hombre de edad avanzada, decidida a demostrarle a todos que no estaba mintiendo.
Llegó a su lado y le habló.
- Señor, usted, señor, a usted le hablo.
El anciano levantó la mirada y luego se evaporó en el aire. Mecha se asustó y pegó un salto hacia atrás. Giró para preguntar si habían visto lo mismo que ella y se encontró con la sala vacía, repleta de polvo y una vieja escenografía sobre el escenario.
- Pero...
A lo lejos, en la puerta, vio al anciano, la mujer de bucles y al grandote. Desaparecieron con tristeza, de un momento a otro. La puerta rechinó y se abrió. Vio entrar a Fermín, Alexia, Cristian y Sandra. Sus semblantes no eran los que conocía. Se los veía enojados, impacientes.
- No veo el sentido de venir acá Cristian, sinceramente es una pérdida de tiempo.
- Fermín, te digo que el sueño fue muy intenso. ¿Te creés que a mi me agrada la idea?
- Dale, no pierdas el tiempo. Decile a ellas que te ayuden, me voy a fumar afuera.
- No, tenés que quedarte. En el sueño estábamos todos. Y ella hablaba sobre gente que venía a vernos...
- Si, ya se, me contaste el sueño toda la semana. Dale, apurate entonces.
Mecha se acercó al grupo, con el fin de hablarles. Comprendió con angustia que por más esfuerzo que hiciera, las palabras no salían. En cambio, veía con incredulidad como sus compañeros colocaban una foto suya en el suelo y luego encendían velas que colocaban a su alrededor.
- ¿En el sueño que ocurría cuando hacíamos esto? - preguntó Sandra.
- No se, nunca llegué a esta parte. Desperté siempre en el mismo momento, cuando ella se alejaba de nosotros para hablar con los curiosos.
- Pobre Mecha, no deberíamos jugar con su recuerdo - señaló con culpa Alexia.
- ¿Listo? ¿Conformes? Bueno, dale, apuren, apaguen esas velas y vámonos - dijo Fermín, cada vez de peor humor.
- Vos no apures, haceme el favor. Justamente vos deberías quedarte callado. Si me hubieses escuchado cuando te decía que me sentía incómoda, quizá hoy Mecha...
- Hoy nada, me entendés. Hoy nada.
- Chicos - interrumpió Sandra - ¿Quién es la mujer que está sentada al lado del escenario?
- ¿Qué mujer? - preguntó Cristian, alarmado.
- Sandra, no vayas, quedate acá - intentó advertirle Fermín, pero ya era tarde, Sandra se encaminaba al escenario, con paso sigiloso, cuidando de no tropezar en la oscuridad.
- Solo me voy a acercar, puede que sea una sombra o un muñeco... - Sandra se quedó en silencio, ahora ya no veía a nadie. Giró en redondo y encontró la sala vacía. Se le heló la sangre y a pesar de saber que no la encontraría, llamó a Mercedes a los gritos.
En alguna parte, la fragilidad del mundo había vuelto a resquebrajarse.

4 comentarios:

mariarosa dijo...

Wawwww... qué barrera habían traspasado Mecha y Sandra...? Un misterio, los teatros dan mucha tela para cortar, verdad.

Muy buen cuento, con los condimentos necesarios para dejar al lector meditando y aplaudiendo, todo junto.


mariarosa

Juanito dijo...

¡Qué buena historia de fantasmas!
Se te hiela la sangre en varios tramos de su lectura, uhhh... Creo que esto deviene de las locaciones y los personajes tan reconocibles: el pánico a que de las cosas simples, las de todos los días, aparezca el miedo más profundo.
Genial, Netomancia, disfrutado a pleno.
¡Saludos!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Otra vez la tecnica de empezar por un lado y desviar por el otro. Parecia que la protagonista era Alexia -buen nombre- y que la historia era sobre un grupo que está por dar el gran paso. Luego vira a Mercedes viendo gente que ella no ve, para virar a que a ella tampoco no la ven. Luego hay un sueño y alguien parece ver a Mecha. Era un fantasma sin saberlo.

SIL dijo...

Me encantó. Me hizo acordar a Sexto Sentido y ese juego de misterioso espanto.


Un abrazo grande, Netito.


SIL