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15 de octubre de 2012

A veces, a domicilio

Le gustaba su trabajo. Desde pequeño reparaba computadoras e impresoras. Tras terminar el colegio secundario no dudó en presentarse en una casa de venta de equipos informáticos para ofrecer sus servicios. Le tomaron algunas pruebas que superó con facilidad y desde entonces pagaba sus estudios con el modesto sueldo que ganaba en su jornada laboral.
Prefiere hacer los arreglos en el depósito del local, pero no siempre tiene esa suerte. El lugar ofrece un servicio técnico a domicilio, lo que obliga a que varias veces al día se movilice hasta algún punto de la ciudad. No es el trajín lo que lo incomoda, sino el trato con la gente. No soporta las preguntas tontas que suelen hacerle o cuando intentan sugerirle la solución al problema. Si tuviera que elegir, no dudaría en permanecer en el comercio, pero no cuenta con esa posibilidad.
La primera vez que realizó un servicio de reparación en la casa de los Pereyra, fue un mes atrás. La familia tenía tres computadoras, una de ellas portátil. La que presentaba problemas era una de escritorio, más precisamente la que utilizaba la hija del matrimonio.
El equipo ocupaba un amplio espacio contra la ventana de la habitación de la joven. Las paredes rosas le brindaban un peculiar matiz al sitio, que no le permitían sentirse del todo cómodo. Situación que se agravó cuando, mientras él realizaba una limpieza general en el sistema operativo, entró al cuarto Marcia, nombre con el que ella se presentó.
Marcia vestía unas calzas ajustadas y una remera blanca, apretada al cuerpo. Se quitó las zapatillas y las medias y se arrojó en la cama, situada a medio metro de la computadora. Se colocó de tal forma que pudiera observar lo que él estaba haciendo, apoyando sus codos en el colchón y sosteniendo con sus manos su hermoso rostro.
Pensó que ella se iría a los pocos minutos, pero permaneció todo el tiempo que él estuvo sentado delante de la computadora. Durante ese lapso inició varias veces el diálogo, pero sin suerte. De reojo la había visto acostada observándolo y no quiso saber nada con charlar con ella. Le parecía muy atractiva, pero no quería distraerse de lo que estaba haciendo.
Tras esa visita, los Pereyra lo llamaron cinco veces más. Siempre el equipo con problemas era el de Marcia. Le llamaba la atención, ya que en cada ocasión se había asegurado que funcionaba bien. Pero al llegar, detectaba que la máquina otra vez fallaba a causa de virus o algún programa mal desinstalado. ¿Cómo podía ser tan descuidada esa chica?
En cada una de las visitas, Marcia se quedó con él en la pieza, observándolo e intentando charlar. Su forma de vestir era cada vez más osada. Pantaloncitos demasiados cortos, remeras que dejaban al aire el ombligo e incluso, en dos ocasiones, que transparentaban sus pechos (era visible la ausencia de corpiño) y en la última visita, tan solo musculosa y bombacha.
Se recostaba en la cama y jugueteaba con el mouse, mientras le hacía preguntas sugerentes, o indagaba sobre si tenía novia, si le gustaba alguien, si salía, dónde iba. Pero él sabía donde quería llegar ella y por eso la evitaba. Aunque cada vez le costaba más. La joven era muy absorbente, por lo que le resultaba difícil, casi imposible aislarse en lo que estaba haciendo. Su voz dulce y melodiosa, que a veces reducía hasta un jadeo que le erizaba la piel, sus movimientos sensuales sobre la cama, su escasa ropa y los roces para nada involuntarios con sus manos o piernas al pasar por al lado, convertían sus estadías en esa habitación en un juego peligroso.
En su última visita a la casa de los Pereyra, él no resistió más. Había algo que debía decirle, porque la situación se le estaba yendo de las manos. ¿Cuánto más podría seguir esa parodia? ¿En qué momento se despertaría la fiera que dormía en su interior? Creía que no tardaría mucho más. Por eso, mientras desinstalaba la aplicación que esta vez había motivado su asistencia técnica, y escuchaba como ella, recostada en la cama, con tan solo una bombacha color crema y una musculosa celeste, murmuraba su nombre, se puso de pie y la enfrentó.
- Marcia, esto no puede seguir así. Sé lo que buscás, lo que estás haciendo y tengo que ponerle un freno.
Ella puso cara de niña inocente, entornando los párpados. Sin dudas que esperaba que eso sucediera, que finalmente la llama del deseo explotara en él, que las intenciones de su cuerpo joven y fogoso encendieran a su visitante, que en definitiva lo que debía pasar, pasara...
Él se acercó a la cama y la miró a los ojos. Su pecho galopaba salvajemente, el sudor le recorría la frente.
- ¿Te creés que soy tonto? Hacés estupideces adrede en la máquina para que tengan que llamarme, te pasás un montón de tiempo mirándome, no parás de hablarme, de hacerme preguntas... ¿te creés que no me doy cuenta? Y sin embargo te aviso, no vas a usarme Marcia. Si querés saber como se arregla una máquina, vas a tener que ir a aprender algún lado, porque de mí no vas a sacar información alguna. ¿Entendiste? No te vas a aprovechar de mi, ponele la firma.
Se fue dando un portazo. Ella quedó tendida sobre la cama, sola, sin comprender.

5 comentarios:

SIL dijo...

Esteeeeeeeeeeeeeeeeeee...


Pero a ese chico hay que resetearle el cerebro...



¿Era, o se hacía el pavo,
diría mi nona? jaja


Un abrazo


SIL

Juanito dijo...

¡Excelente!
Iba leyendo hacia la conclusión inevitable, y me encontré con ese estupendo giro sobre el cierre.
Me encantó.
¡Saludos!

Horacio Beascochea dijo...

En mi barrio le dirían una salida elegante, supongo.

Saludos

Horacio Beascochea dijo...

Perdón: yo de nuevo, digo a la del protagonista. El relato: excelente, como siempre.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Empieza bien, el fastidio del personaje a ir a otras casas. Cuando se dice que Marcial usaba calzas, para ponerse mas audaz y su PC siempre funcionaba mas, estaba claro de la seduccion. Que buscaba su atencion. Pero no se entiende la razón del protagonista, como pudo entender tan mal. Y no tenia que ofenderse. Pobre Marcia, se fijo en alguien equivocado.